Obama en México


Liébano Sáenz

Aprincipios de mayo, el presidente Obama visitará México. La relación bilateral siempre es importante; las particularidades ahora están determinadas por el momento y la dinámica de cada uno de los dos gobiernos. Hay una coincidencia fundamental: el cambio que también cada uno de los presidentes está promoviendo. Esta coyuntura representa una singular oportunidad para mejorar la relación entre los países y también para edificar un nuevo vínculo para el presente y el futuro de ambas sociedades.

El presidente Obama se ubica en su segundo periodo. Sin la pretensión de reelegirse, su programa de gobierno se ha dirigido más hacia las transformaciones que a las tradicionales concesiones al electorado. Por ejemplo, su posición respecto al tráfico y comercio de armas es radicalmente distinta y ha adquirido importancia fundamental. Su motivación es doméstica, alentada particularmente por tragedias reiteradas como la masacre de Newtown en diciembre pasado, en la que murieron 26 personas, incluidos 20 niños. Sin embargo, a México le interesan normas más rigurosas y restrictivas, especialmente en lo que se refiere a armas de asalto. El Senado norteamericano podría abordar el tema en la segunda semana de abril, antes del viaje del presidente Obama a México.

La reforma migratoria es otro de los temas relevantes para nuestro país. La sociedad norteamericana ha ido modificando su posición con miras a formalizar la situación de 11 millones de inmigrantes ilegales, la mayoría mexicanos. La estrategia presidencial busca que sean los senadores quienes diseñen la iniciativa en conjunto con la Casa Blanca. Solo en caso de no lograr la profundidad convenida, el presidente Obama presentaría su propio proyecto, aunque, en una entrevista concedida el pasado viernes, consideró que esto no será necesario y expresó su confianza en que habrá reforma antes de que termine el verano.

Por su parte, México también ha dado un giro importante. El país y su gobierno han ganado credibilidad por los cambios logrados con la nueva legislatura y la nueva Presidencia. Las reformas preferentes del ex presidente Calderón y la educativa tuvieron un interés principalmente interno, a diferencia de la reforma en proceso en materia de telecomunicaciones. Hemos visto que los analistas internacionales han recibido con sorpresa y beneplácito el acuerdo de las fuerzas políticas con el presidente Peña Nieto para avanzar en la modernización y proyección de la economía. No olvidemos que la concentración productiva y la existencia de monopolios privados han sido algunos de los señalamientos más negativos hacia la economía nacional.

Cuando tenga lugar el encuentro de los presidentes habrá concluido el periodo de sesiones en el Congreso y, previsiblemente, el Senado tendrá el dictamen final correspondiente a la reforma en materia de telecomunicaciones. El hecho adquiere mayor importancia si consideramos que el encuentro Obama-Peña Nieto fija un sentido y enmarca la nueva identidad del país —construida esta vez por todas las fuerzas políticas internas— respecto del mundo. Si bien es cierto que el problema de inseguridad persiste y que están pendientes cambios fundamentales en materia hacendaria y energética, los cinco meses de la Presidencia de Peña Nieto y del Pacto por México otorgan una personalidad y presencia particular al país, y representan un enorme potencial que fortalece su imagen ante el mundo.

Con ello se logra un objetivo fundamental de la política exterior actual y eclipsa lo negativo de la anterior: desnarcotizar la imagen del país y dar prioridad a los temas positivos de la identidad nacional. De hecho los problemas derivados de la inseguridad tienen como origen la economía y la manera de distribuir los beneficios del desarrollo, las cosas toman su lugar y perspectiva. Es de sentido común, al menos desde la visión del exterior, que la combinación de una mejor y creciente economía y una estrategia compartida para abatir la impunidad y hacer valer la legalidad representan las acciones más fructíferas para hacer frente a la delincuencia y la violencia desde sus raíces.

Es un acierto que México esté privilegiando los temas económicos y migratorios en la relación con Estados Unidos, como ocurrió en la década de los 90. El intento se repitió en los primeros años del presidente Fox; sin embargo, con el derrumbe de las torres del WTC de Nueva York, la política diplomática perdió claridad. Al mismo tiempo, en los años recientes, la discusión se centró en los temas del narcotráfico y la violencia, con clara desventaja para el país. La dinámica bilateral no estuvo exenta de errores muy lamentables por parte de nuestros vecinos del norte. Un ejemplo claro es el operativo Rápido y furioso. Con el afán de tener un mayor conocimiento sobre las redes criminales mexicanas asociadas al tráfico de armas, las autoridades norteamericanas exportaron al país armas de asalto militar que serían usadas por grupos delictivos. Una acción desastrosa. Se perdió control de las armas y éstas fueron utilizadas para acciones criminales, incluso contra sus connacionales.

De igual manera, queda la herida causada por las revelaciones de los llamados wikileaks. La tradicional soberbia, acentuada por una dosis de ignorancia sobre la realidad nacional, favoreció una falta de solidaridad y de apoyo al esfuerzo de las autoridades mexicanas y de las fuerzas armadas. Este aspecto debe considerarse superado, pero es necesario que las autoridades norteamericanas actúen con la sensibilidad y con el respeto que merecen su vecino y sus autoridades. No están tampoco para ignorarse los casos de algunos mexicanos que quedaron exhibidos como informantes del gobierno norteamericano al conocerse los documentos de Julian Assange.

Una nueva relación no puede estar fundada en agravios; tampoco en la desmemoria. El presidente Salinas construyó una relación permanente con el presidente Bush, que trascendió el periodo de sus respectivos mandatos, situación semejante a la del presidente Zedillo con el presidente Clinton. Seguramente será también el caso del presidente Peña Nieto con el presidente Obama, cuyas gestiones se habrán de acompañar por cuatro años. Son muchos los elementos en el entorno de cada una de las presidencias que favorecen el encuentro y entendimiento. La claridad y la perspectiva que hoy se presentan contrastan con las carencias que posiblemente privaron en el primer encuentro celebrado en noviembre de 2012. Hoy por hoy, la realidad es que dos presidentes están actuando para cambiar de manera profunda a sus respectivas naciones.

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