Segunda alternancia


Liébano Sáenz

Conforme transcurre la presente legislatura queda claro que el Congreso es termómetro, medida e indicador de la situación política nacional, así como preludio del país que estamos construyendo. Lo que está ocurriendo es inédito y, en buena parte, mérito de muchas voluntades: la del jefe de Estado y de Gobierno, quien encabeza la coalición gobernante; la de las direcciones nacionales de los principales partidos de oposición y la que aportan distintos actores políticos que participan en la toma de decisiones. La operación política también cuenta, como quedó en evidencia en la constructiva forma con la que se superó el desencuentro de hace unos días. El Congreso trabaja y ofrece resultados. La negociación a cargo de los coordinadores parlamentarios no ha sido tarea fácil, pero sí crucial.

Estos tiempos pueden ser punto de inflexión para la política a efecto de recuperar la esperanza perdida de la primera alternancia. El reencuentro y el entendimiento hoy llegaron sin conciliación, lo que significa que en el pasado el impedimento para el acuerdo no fue el agravio, sino el cálculo sobre la ventaja a obtener sin importar las consecuencias para el país por la falta de reformas. Hoy queda en evidencia que quienes no participan del acuerdo lo hacen por diseño, bajo el falso prejuicio de que el entendimiento beneficia a quien gobierna. Esta había sido la constante en la relación entre gobierno y oposición desde hace muchas décadas y que se acentuó cuando el Presidente perdió mayoría en el Congreso.

Cualquiera que sea la explicación sobre las razones del por qué en el pasado no hubo acuerdo es tema menor. Entender por qué hay acuerdo hoy es importante para advertir sus implicaciones y posible evolución. Hay acuerdo entre las tres fuerzas políticas y el gobierno, porque hay incentivos e interés de todos para que las reformas transiten. Los intereses son diversos y convergen en un objetivo central: que las iniciativas del Ejecutivo se procesen en el Legislativo a partir de un inventario amplio e incluyente de propuestas de cambio. Desde luego que hay un ideal compartido, pero también intereses concretos y particulares que se ven reafirmados por el Pacto.

Constante de todo gobierno ha sido el deseo de realizar los cambios que el país requiere; al menos en las tres últimas décadas no ha habido Presidente que no se haya propuesto tal objetivo. Sin embargo, no es una cuestión de voluntad, sino de capacidad y, particularmente, de lograr que la oposición o una parte de ésta participe en el acuerdo. Por otra parte, los cambios conllevan resistencias y para que sean profundos y trascendentes es necesario contar con un respaldo amplio, también de la sociedad. Un primer tramo de las reformas se relacionan con mejorar la calidad de la política y de la economía respecto a los grupos de interés y a los poderes fácticos. En el fondo es una propuesta que tiene que ver con la capacidad de representación del Estado y de hacer valer el interés general sobre el particular.

La realidad es que gobernar con participación de la oposición requiere cuotas importantes de pragmatismo; del pasado reciente aprendimos que conforme más se “partidiza” la Presidencia, mayores las dificultades para el acuerdo. Un Presidente con perspectiva de largo plazo y en su condición de jefe de Estado (representante de todos), tiene mayor capacidad para integrar a la pluralidad al acuerdo, porque la agenda de las transformaciones puede incorporar las demandas de las oposiciones, para así, lograr que prevalezca el interés de la nación. Aún así, no es suficiente, se requiere que en las fuerzas políticas opositoras existan incentivos particulares para el acuerdo.

Considero que en el Pacto por México ha sido crucial la actitud inicial de la izquierda en esta segunda alternancia, toda vez que la contienda final por el poder nacional se dio entre ésta y el PRI. Las razones que movieron a la dirección nacional del PRD al acuerdo fueron la agenda programática del partido, el nuevo equilibrio político en el Congreso y en los gobiernos locales, así como la necesidad de sus dirigentes de diferenciarse respecto a la postura rupturista e intransigente de quienes decidieron fundar Morena.

Por su parte, la dirigencia del PAN participa del Pacto por México a partir de su propia crisis que, también, construyó la derrota electoral. Esto explica los desencuentros en el Congreso con el Pacto y la presión a la que ha estado sometido el dirigente Gustavo Madero, quien ha resuelto suscribir el Pacto por tres consideraciones: primero, la oportunidad que le plantea éste para incorporar el programa y la perspectiva de su partido a la agenda de las reformas –no quedarse fuera-; segundo, la reafirmación de la dirigencia respecto a sus impugnadores internos y, tercero, evitar una situación de marginalidad por el acuerdo del gobierno con la izquierda, situación también presente en los resultados electorales del PAN y en la pérdida significativa de territorios gobernados.

Las implicaciones del Pacto trascienden a las reformas, aunque debe señalarse que se vuelve instancia útil para elaborar iniciativas y así facilitar, no sustituir, al proceso legislativo. El Pacto va más allá de las reformas porque impone un nuevo código en la relación del gobierno y las fuerzas políticas. Esto significa que el gobierno –los tres órdenes- debe acreditar urbanidad hacia las oposiciones e imparcialidad en los momentos electorales. El trabajo del Congreso lo muestra y el diálogo entre los coordinadores parlamentarios ha sido muy valioso para que los acuerdos tengan expresión en nuevas normas e instituciones.

Por los alcances mismos del Pacto considero que, incluso a pesar de actores específicos que participan dentro o cercano a él, tiene un enorme potencial en el tiempo. La crisis reciente lo convalida, fortalece y enriquece. Sus perspectivas son positivas en la medida en que las fuerzas políticas y sus dirigencias adviertan las ventajas de esta instancia de diálogo, acuerdo y propuesta, así como su aportación al país y a la política en general. Se aproxima una etapa más difícil en términos de consenso; sin embargo, lo alcanzado hasta hoy prueba que es mucho lo que puede hacerse, con la perspectiva de que los cambios benefician todos.

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