La reforma hacendaria, prueba de ácido


Liébano Sáenz

El calendario legislativo impone su ritmo… y de paso el del país. Ambos concurren en el apremio para lograr acuerdos en torno a la reforma hacendaria. Mucho se ha debatido, y los sectores sociales y productivos han tenido oportunidad de presentar su postura. Lo mismo han hecho los partidos y sus representantes en el Congreso. La realidad es que la política fiscal es el punto de partida, no solo para fortalecer la capacidad del Estado y de las autoridades ante sus responsabilidades, sino que es fundamental para un desarrollo económico sostenido y para que el país sea globalmente competitivo en lo financiero, en lo tecnológico y en lo comercial. Lamentablemente, los temas laboral y migratorio corren con su propia inercia, sin un esquema institucional que les dé cauce, y es esta la razón de las dificultades del vecino respecto de su preciada base de trabajadores indocumentados.

La realidad es que México llegó a un nuevo siglo con el logro distintivo de una normalidad democrática; perfectible y con rezagos derivados de un pasado poco avenido con el liberalismo político, pero con la realidad de que el país es indiscutiblemente democrático. Sin embargo, México también acusa problemas ancestrales, especialmente la desigualdad social y una precaria cultura de la legalidad a lo largo del tejido político y social. Mucho es lo que debe hacerse; la reforma económica de carácter estructural es fundamental porque una economía que no crece es causa originaria de nuestro trágico devenir.

Tienen razón quienes señalan que un país con casi la mitad de sus habitantes en condiciones de pobreza difícilmente puede dar vigencia a un régimen de libertades y de ejercicio democrático. Esta circunstancia lo hace más difícil, pero no imposible. No solo es el caso de México, allí está India o Brasil, para citar dos ejemplos de profunda desigualdad, mayor que la nuestra, pero con vida democrática indiscutible. La cuestión ahora, el primer objetivo en la agenda nacional, es abatir la desigualdad en todas sus expresiones. Nada mejor para ello que una política económica que ofrezca oportunidades crecientes y que permita que el Estado cumpla a plenitud su responsabilidad de proveer un piso mínimo de bienestar que no solo mitigue la pobreza, sino que impulse el ascenso social y haga realidad un sistema con razonables oportunidades para todos. De ahí el valor de la educación y la necesidad de mejorar su calidad en las zonas más pobres y marginadas del país. Pero eso no basta, también se requiere salud y una buena alimentación, sin excluir la inversión en infraestructura.

De eso trata el debate actual sobre la reforma hacendaria. No es propiamente sobre impuestos ni sobre la mejor manera de lidiar con los regímenes especiales (que se han naturalizado y son considerados por no pocos políticos y legisladores como algo normal y conveniente). Es necesario fortalecer los ingresos públicos porque ellos constituyen una variable fundamental para lograr un país más justo y con mayor progreso. Y digo que solo es una variable porque también supone una política de gasto razonable y orientada a los objetivos. El buen uso de los recursos públicos y su destino son cruciales, y por ello una reforma fiscal no es suficiente; debe incorporarse en la fórmula, como lo hiciera la iniciativa del presidente Enrique Peña Nieto, el tema del gasto.

Toda reforma que modifique la manera en la que los mexicanos contribuimos es inevitablemente polémica y difícil de procesar. El Congreso pone a prueba su capacidad para votar una propuesta construida a partir de su viabilidad legislativa, de la circunstancia de la economía nacional y de las necesidades del país. Es parte de la práctica política que la oposición, o un sector de ésta, busque capitalizar la inconformidad de los grupos afectados y que ello alimente un descontento aún mayor. Lo está haciendo la izquierda radical y también la derecha otrora en el gobierno, con la representación del ex secretario de Hacienda, el senador Ernesto Cordero, quien, por cierto, también fue precandidato a la Presidencia de la República.

La expresión de extremos de intransigencia u oportunismo, de un lado o de otro, no debe preocupar mientras un justo medio, con suficiente representatividad parlamentaria, haga valer el interés del país. La postura flexible y de diálogo por parte del gobierno y del PRI, lo propicia; lo mismo que la actitud responsable mostrada por la izquierda en el debate fiscal. En el PAN, la situación es más complicada pero también, en una buena proporción, prevalece la sensatez y el compromiso ante el país. Quizá se requiera una reflexión más profunda sobre el significado de un Estado y gobiernos en apremio financiero. Las mejores razones pueden provenir de los propios gobiernos locales, o de quienes no hace mucho tiempo padecieron esta circunstancia y la inamovilidad de la oposición para actuar frente a ella. Mucho pueden decirles sus ex presidentes.

El Congreso se dirige hacia el acuerdo. Como era previsible e inevitable, la iniciativa presidencial es objeto de ajustes. Los coordinadores parlamentarios del PRI y su dirigencia nacional han manifestado, como postura propia, la necesidad de correcciones, lo que facilita el consenso y la aprobación de un dictamen de compromiso. También deben ser considerados los ingresos que compensen las modificaciones y los ajustes al plan de egresos. En todo esto lo más recomendable serán las definiciones que den fortaleza y competitividad a la economía y a la generación de empleo, la mejor y más inteligente fórmula de política social.

Son días cruciales para este país, donde muchos se asumen espectadores, pocos son los protagonistas y todos somos, de una o de otra forma, objeto y efecto de lo que habrá de resolverse. Son momentos de disenso y debate, de oposición y rechazo, pero fundamentalmente de acuerdos que sirvan para llevar al país a una mejor circunstancia y para lograr que su democracia adquiera sentido por sus resultados, por su capacidad para responder a los grandes desafíos de la nación. Nada mejor que sentar las bases para un país más justo y más próspero para todos.

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