LA TREGUA DE NAVIDAD


Liébano Sáenz

Hace casi cien años, en medio de las crudas batallas de la Primera Guerra Mundial, la Natividad logró lo impensable. Las tropas británicas y las fuerzas del imperio alemán dejaron a un lado las armas y sacudieron el odio que los llevó a la trinchera. Por un momento, los alemanes callaron el sonido de las balas con…. ¡villancicos! Stille Nacht (Noche de Paz) completó la escena. El enemigo respondió con sus propios cánticos en inglés. Siguieron los saludos mutuos, las felicitaciones y hasta los intercambios de bebidas y cigarrillos. La famosa Tregua de Navidad podría parecer un acontecimiento inusitado pero despojándola de sus peculiaridades, es un evento que se repite con suma frecuencia.

Es la fuerza de una historia maravillosa, con un toque de magia y un encanto único. ¡Sí que lo es! Una que alberga un valioso mensaje para la humanidad, tal vez el más grande de todos los tiempos y de todos los lugares. La buena nueva que algunos conocieron hace dos milenios, en realidad fue anunciada desde el principio de los tiempos. Juan, el Evangelista, lo dijo en su texto: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; más las tinieblas no la comprendieron”.

Aquel mensaje, “El Mensaje”, siempre estuvo ahí; pero hubo de hacerse más evidente ante la terquedad humana y la estrecha y limitada visión terrenal. Como quiera que se mire, se trata de un extraordinario acontecimiento que hoy congrega al mundo cristiano y convoca a una profunda pero exquisita reflexión.

En estos días, el Papa Francisco llamó a sus seguidores a bajar la mirada, a ponerse al servicio de los pobres, a hacerse pequeños y pobres con ellos. Y al hacer esta convocatoria, seguramente pensó en la necesidad de replicar lo que hizo Jesús al nacer en un portal de Belem y reducir su divinidad a la imperfecta condición de hombre.

Al igual que en el alto al fuego de aquel diciembre de 1914 en Europa, cada año nos empeñamos en evocar la encarnación de Jesús, religiosamente, por precepto y por perseverancia, pero esto no es sino otra más de las expresiones de nuestra cerrazón. La Natividad no es un punto fijo de la historia, es destino y también camino que puede y debe recorrerse en forma permanente, aun si no es bajo la luz centelleante de la escenografía decembrina o los intensos colores de esferas, moños y platillos tradicionales.

Es un mensaje permanente, estuvo ahí desde el principio de los tiempos y, lo más importante, seguirá vigente por toda la eternidad. Lo escuchemos o no, el milagro de la Natividad es perenne, lo trasciende todo y, lo mejor, puede replicarse siempre. Por lo pronto, nosotros hemos hecho el esfuerzo durante siglos, cada 25 de diciembre. No siempre lo conseguimos pero podemos morir en el intento y así debemos hacerlo.

Mientras buscamos conocer a Dios, ignoramos que Él se manifiesta con su omnipresencia y su omnipotencia pero, además, ya lo hizo también a través de su Hijo. Y mediante Él, como divinidad y como hombre, nos envió el más valioso regalo de esperanza. El pesebre ha sido una señal de todos los tiempos, una muestra de amor que puede ser traducida en todos los idiomas con la lengua universal del corazón, y que resuena sobre la indignante violencia y la grosera indiferencia que parecen invadir al planeta.

Hoy, y todos los días, Jerusalém está cerca de todo y de todos. Aquel anuncio de Belén alcanzó cada rincón del planeta y logró su mayor dimensión en ese reino llamado espíritu. Por eso aquel evento que llamamos Navidad debe ser apreciado y percibido más allá de los absorbentes desafíos cotidianos y del triunfo de lo urgente sobre lo importante. ¿Qué podría entonces darnos mayor entusiasmo?

La Navidad no es un punto en el tiempo ni en la geografía, es la más maravillosa travesía de vida. Hoy, aunque no sólo hoy, despejemos la venda y dejemos de ser sordos. Que sea este encuentro el abrazo para todos y la reconquista de la esperanza. No posterguemos la cita ni lleguemos demorados. Recibamos con humildad los grandes regalos de la Navidad: el perdón, la caridad, la humildad y la ilusión de gozo pleno.

No nos limitemos a recordar el Nacimiento, renazcamos con él. Que no nos tome desprevenidos, atendamos la convocatoria y no permitamos que sólo sea una tregua.  Enhorabuena por este mensaje que nos recuerda que la luz en el camino no se ha apagado, ni nunca lo hará.

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