Luis Donaldo, 20 años después


Liébano Sáenz

“A Rafael Reséndiz Contreras, compañero generoso de muchas andanzas que con singular dignidad libra sus batallas en silencio”

Soy de los que cree y practica la idea de que la tragedia y la fatalidad de los seres próximos se lleva en la privacidad, en mi caso, el mejor espacio para interiorizar el dolor de la pérdida y recrear el mejor recuerdo de quien partió. En 1995, un año después del asesinato de Luis Donaldo, publiqué en escaso tiraje mi testimonio sobre lo que ha sido uno de los episodios más dramáticos y tristes de México. En este 20 aniversario de su ausencia reproduzco partes de aquel libro,Colosio: un año ayer…

“Las encuestas revelaban una amplia ventaja de Colosio sobre sus adversarios. La evolución de las preferencias electorales indicaba un claro ascenso de la campaña y de su candidatura. Su figura estaba tan presente en la mente de los encuestados que, aun en aquellos días de marzo, ya se le otorgaba mayor atención y reconocimiento que al conflicto armado en Chiapas, que durante los primeros dos meses del año había acaparado la atención de la sociedad y los medios, relegando a un segundo plano la actividad política” (p. 35).

“¡No! ¡Más seguridad ya no! Qué, ¿tienes miedo Liébano? Me señaló en un tono irónico, sumamente norteño, … “Además, hay que estar cerca del pueblo”. (p. 142).

“El candidato ha sido agredido, se trató de un atentado al finalizar el acto público con colonos en un lugar llamado Lomas Taurinas. No tenemos información acerca del accidente, pero sabemos que lo llevan por ambulancia a un hospital cercano al lugar de los hechos” (p.57).

“Fue entonces cuando me enteré de que uno de los disparos contra Colosio había sido en la cabeza y que no se trataba de un simple rozón de bala en la oreja como alguien comentó a las afueras del hospital. Con incredulidad y desesperación difícilmente descriptibles, escuché a González Castillo (jefe de ayudantes de LDC) referirme que los dos disparos habían hecho impacto pleno contra el cuerpo de Luis Donaldo y que ambos, a juicio de los militares, le habían provocado hemorragias profusas, por lo que indudablemente su vida estaba en peligro” (p. 76).

“El momento siguiente fue uno de los más difíciles para todos, pues todavía nadie se había atrevido a enterar a la señora de la realidad del atentado y mucho menos de la gravedad del estado de Luis Donaldo. Con un valor que siempre admiraré en él… Federico Arreola, el amigo del matrimonio Colosio, se hizo cargo de la situación acercándose a Diana Laura y le manifestó:

—No, Diana Laura, no fue un palo, Donaldo tiene un balazo en la cabeza.

-¿Por qué en la cabeza? —inquirió la señora Colosio.

—Bueno, la bala entró y salió sin alojarse… Respondió Arreola (Federico) tratando de dar ánimos a la joven mujer que con incredulidad escuchaba esa parte de lo ocurrido… Diana Laura se dejó caer en la silla y permaneció en el mismo pasillo, haciendo gala de una serenidad y autocontrol que podían haber conmovido a cualquiera…” (p. 93).

Ya en la Ciudad de México, en el traslado de la sede del PRI a la funeraria, “al contemplar a la gente en la calle me pregunté qué los había impulsado a rendir ese espontáneo e imponente homenaje, ese reconocimiento a Colosio. La única explicación lógica que encontré fue que su imagen y su discurso ya habían llegado a la sociedad y calado verdaderamente hondo en el ánimo del pueblo. Antes del atentado que le costaría la vida, Colosio ya se había convertido en el símbolo de la certidumbre, de la estabilidad y de la tranquilidad para los mexicanos” (p. 167).

“La muerte de Luis Donaldo Colosio causó una incredulidad colectiva que habla de la resistencia de nuestra sociedad a tan solo imaginar que sucesos como el que acabó con la vida de Luis Donaldo pudieran tener cabida entre nosotros. El asesinato de Colosio significaba, a todas luces, una dolorosa fractura en nuestra vida social, que parecía poner en entredicho el sentimiento con que las actuales generaciones vivimos, de ser un pueblo que ha cumplido un largo aprendizaje histórico y lo ha traducido en madurez y en la voluntad de no repetir errores. De pronto, ese sentimiento parecía refutado, parecía irreal” (p. 168).

“En aquellos momentos de profunda tristeza, yo tenía el convencimiento de que la muerte de Colosio representaba una pérdida para todos los mexicanos”(p. 170).

“Cuando por fin regresé al pasillo, lloré pensando que nadie me veía. Ese momento personal de infinita e íntima tristeza no lo describiré” (p. 131).

“Colosio manifestó en muchas ocasiones que rechazaba el inmovilismo. Que estaba en contra de todo aquello que representaba una vuelta al pasado sin orden. Que era el candidato del cambio, pero no del cambio que genera incertidumbre, sino del cambio con responsabilidad, con rumbo definido…” (p. 169).

“Colosio pretendía rescatar la dignidad del ciudadano en todas y cada una de sus relaciones con la autoridad gubernamental. Para el candidato, muchos de los problemas que subsistían en diferentes planos de la realidad social del país encontraban su origen en la excesiva concentración del poder” (p. 170).

“Para Luis Donaldo, reformar el poder implicaba sujetar el presidencialismo a las atribuciones específicas que se encuentran establecidas en la ley suprema de la Nación, lo que por sí mismo representaba el respeto a la autonomía de los poderes Legislativo y Judicial respecto del Ejecutivo que él aspiraba a encabezar. Reformar el poder —decía Colosio— tiene como uno de sus objetivos fundamentales el aniquilamiento del autoritarismo que siempre deriva en los excesos y abusos que tan gravemente atentan contra la dignidad del ciudadano” (p. 171).

“Mis reflexiones, las digresiones que me asaltan al recordar los instantes de esa cruda experiencia, valen porque me dejaron hablar de un sentimiento auténtico de afecto al amigo, de reconocimiento al político valiente que fue Luis Donaldo Colosio y de mi convicción que su sangre será fértil abono para la historia futura del país” (p. 173).

Hoy, a dos décadas de distancia, la misión de Colosio es una férrea sobreviviente de la tragedia de Lomas Taurinas. Recordarla, reconocerla, valorarla y perseverar en ella es el mejor homenaje que podemos ofrecer al hombre que pidió una oportunidad para tomar el timón de la nación y, a la mala, le fue negada.

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