Adolfo Suárez: el coraje y la prudencia


Liébano Sáenz

A los jóvenes que tienen la esperanza
y el anhelo de dirigir su país

Las grandes páginas de la historia, las mejor escritas, las mejor impresas, aquellas sin las cuales no podría entenderse el resto de la trama, son obra de mujeres y hombres imborrables. En días pasados, uno de ellos puso punto final a su excepcional testimonio. Al calce, quedó la rúbrica de Adolfo Suárez, el artífice, entre varios, de la transición española y uno de los demócratas más relevantes de la historia moderna en el mundo.

El político y abogado español fue uno de esos seres puntuales que llegó al lugar preciso y no desaprovechó el momento justo. Cuando la realidad demandaba un líder íntegro, visionario y disciplinado, Suárez demostró que alcanzaba la altura para la circunstancia. Cuando el compromiso urgió, supo garantizarlo; cuando hizo falta lealtad, la demostró con suficiencia; cuando apremiaba la inteligencia, la proveyó sin temores. “Puedo prometer y prometo”, dijo alguna vez a los españoles, y les cumplió. Años después les ratificó su valentía y entrega, cuando con dignidad enfrentó las balas del coronel Antonio Tejero en febrero de 1981.

Adolfo Suárez, un político lúcido, el más joven de la terna para dirigir al país, entregada por el presidente del Consejo del Rey, Torcuato Fernández-Miranda, superó toda expectativa al concretar, en solo medio lustro, el rumbo hacia la democracia en aguas no muy calmas y suficientemente turbias como para llamar a eso una hazaña, de él, de quienes le acompañaron y del pueblo español. Superar el miedo al cambio, la inclemencia de los sectores conservadores, del terrorismo de ETA, de los nacionalismos y los desafíos económicos de aquellos años (desempleo, inflación, escasa inversión) no era poca cosa.

Como promotor de la transición, negoció la Ley Fundamental de Reforma Política que puso fin al franquismo, otorgó el derecho al voto, instauró elecciones generales y legalizó partidos políticos, incluido el Comunista Español, a cuya ideología él mismo se oponía abiertamente. “Nuestro pueblo es suficientemente maduro para asimilar su pluralismo”.

Suárez impulsó, junto con las fuerzas opositoras y sin mayoría absoluta en el Congreso, el Pacto de la Moncloa que determinó la transición española por la vía de acuerdos en materia económica y política. En la primera, destacaba el derecho a la asociación sindical, la reforma fiscal y una política salarial; mientras que en el terreno político, se contemplaron derechos impensables como el de reunión, la libre asociación política y la libertad de expresión. Los acuerdos se firmaron en octubre de 1977 y serían el preludio de la Constitución promulgada el año siguiente y claro ejemplo de la viabilidad de sumar voluntades, por encontradas que fueran, en favor de la democracia. Una metamorfosis para un país ansioso de libertad y albedrío, un ejemplar legado de democracia para el mundo.

Decisiones de esta magnitud cambian el rumbo y el destino de una nación porque el triunfo de la soberanía popular es, en cualquier territorio, una victoria de peso y de destino. El eco de aquel triunfo, indudablemente rebasó tiempos y fronteras, y dio al legado de Suárez dimensión universal.

La democracia mexicana, con matices propios, evidencia algunas pinceladas de la transición española. A través de otros caminos y bajo diferentes circunstancias, en las últimas décadas México ha experimentado un largo proceso de transformaciones y consensos que en varias de sus fases recoge la ejemplar hazaña de los hombres que forjaron la democracia española. Los esfuerzos para avanzar en el terreno económico, validar los derechos cívicos y fortalecer el Estado de derecho son puntos comunes de ambas transiciones.

Para superar, primero, las lacerantes crisis económicas, México apeló a la enseñanza española a fin de promover los pactos económicos. El gobierno logró hacer concurrir todas las fuerzas políticas, económicas, empresarios, sindicatos y representantes de la sociedad civil para establecer compromisos con miras a restaurar las condiciones de crecimiento económico y, consecuentemente, abrir brecha a la transformación del Estado mexicano.

El largo proceso de transición política en México dio origen a la ciudadanización del Instituto Federal Electoral (IFE) y con ello, a su autonomía, a la reforma política de la Ciudad de México que permitió a la capital, después de casi siglo y medio, tener gobernantes electos; además de otros trascendentales aportes. La política nacional adquirió un nuevo semblante que dio paso a la normalidad democrática y a la alternancia en el poder.

La evidencia más reciente de una búsqueda de consenso en pos del bien nacional fue el Pacto por México que, a través de la negociación conjunta entre el gobierno y las principales fuerzas políticas, encaminó las reformas estructurales que ya eran urgentes para el país.

El esfuerzo monumental de los hombres (Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Felipe González, Manuel Fraga Iribarne, Leopoldo Calvo-Sotelo, José María Triginer, Joan Raventós, Juan de Ajuriaguerra y Miquel Roca, entre muchos otros) que, en torno a Suarez, lograron dar libertades políticas a los españoles fue, sin duda, un referente para México.

Por encima de la insistencia de las semblanzas oficiales, Adolfo Suárez no debe ser recordado solamente como el primer presidente de la democracia española, pues la historia no es asunto de llegar antes, sino de llegar con todos y a tiempo, diría el poeta. Y este personaje que ahora despedimos supo liderar el tramo más espinoso de la transición legando un paradigma que se extendió en el tiempo y en la geografía.

Se dice que en los últimos años, Adolfo Suárez no recordaba muchas cosas, que ni siquiera tenía remembranza alguna de su papel en la historia de España, pero no hacía falta que lo hiciera porque de ello se hará cargo la inexpugnable memoria universal.

“La concordia fue posible”, el epitafio ya inscrito en la lápida del claustro de la Catedral de Ávila donde reposan sus restos, es un justo remate al gran capítulo que el artífice de la democracia española dedicó a la historia. Mis condolencias para su familia, para España y para la humanidad toda; y mis sinceros deseos para que mientras Adolfo Suárez descansa en paz, su ejemplo siga inspirando al mundo.

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