La Pascua de todos


Liébano Sáenz

Tengo la impresión de que, a pesar de los siglos, el profundo mensaje de la Pascua no ha sido plenamente valorado, ni en el mundo cristiano, ni en el judío, ni fuera de ambos. La celebración pascual, alude a dos de los sucesos bíblicos más trascendentales del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero en sentido amplio, tiene un significado que trasciende los ámbitos teológicos, que alude al espíritu e invita a una vida nueva.

La Pascua antigua o judía refiere el éxodo del pueblo hebreo, consignada en el libro del mismo nombre; un evento que marcó la liberación de la esclavitud impuesta por Egipto y la Alianza del Sinaí, momentos cruciales de la instauración de Israel como pueblo elegido de Dios.

En el cristianismo, la Pascua conmemora la resurrección de Jesús, al tercer día de haber sido crucificado, la solemnidad más relevante del año litúrgico y un acontecimiento de simbolismo impar desde los primeros tiempos descritos en el Génesis.

El origen más lejano conocido de la palabra “pascua” se encuentra en la raíz hebrea “psh” (pasja) que significa dar saltos y que fue adoptada por el latín en la palabra “pascha” (pasca), con una acepción similar. Escudriñar el bellísimo significado de la pascua, entendida como el paso o el salto, como quiera que se interprete, promete una aventura espiritual única y transformadora.

La celebración del pueblo de Israel es pascual porque significó el paso de la esclavitud a la libertad y el salto de un pueblo oprimido que se convierte en el escogido por Dios. En cuanto a la resurrección de Jesucristo, el prodigio es pascual porque traspasó la finitud de la vida, triunfó sobre la potestad de la muerte y mostró el camino para “saltar” a una vida nueva, más íntegra, más genuina y además, eterna.

La amorosa entrega de la pasión y muerte de Jesús no podría comprenderse en su verdadera magnitud sin el milagro de su resurrección. El sacrificio del dios hecho hombre se corona con este acto divino que, después de dos mil años, los cristianos no acabamos de calibrar, ni siquiera porque fuimos la razón de la inmolación y destinatarios del mensaje de esperanza eterna.

Y es que es sólo a través de nuestro libre albedrío que la resurrección puede volverse bandera, motivo y noble aspiración para renovar nuestra esencia, como lo concibió el apóstol San Pablo: “Despójense de la vieja levadura para ser una nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura, porque Cristo ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad”.

Coincidentemente, la tradición judía establece el consumo de pan sin levadura como parte de la festividad pascual: “En el mes primero, a los catorce del mes, entre las dos tardes, Pésaj es para Dios. Y a los quince días de este mes es la fiesta solemne de los panes sin levadura a Dios; siete días comeréis panes sin levadura…”

Si la Pascua se viviera así, con madurez y sincera disposición a dejar atrás la mala levadura, y si esta actitud se prolongara en el tiempo y en el espacio, seguramente que a la promesa de eternidad, se sumaría el regalo de una anticipada prueba de cielo desde la vida mundana misma.

Dar sentido a la existencia, a través de “saltos” o “pascuas” constantes sobre las veredas de la nobleza y la verdad, es quizás el sentido más sublime que podemos dar al acontecimiento pascual, y la consumación de la metamorfosis de integridad a la que estamos convidados como seres humanos y como sociedad.

La añorada liberación y la distinción de pueblo escogido que Dios obsequió a los judios en la primera pascua; y el grandioso testimonio de amor y esperanza, encarnado en su hijo, con el que honró a los seres humanos hace dos milenios, son clara ofrenda divina que nos obliga a ser dignos de merecerla.

Más allá de la acepción puramente religiosa, los mensajes de libertad, honra, amor incondicional, esperanza y fe que portan las pascuas, son poderosas y suficientes razones para hacer un alto en el camino y hacer el intento de soltar la levadura vieja, hoy, mañana o cualquier día. Una invitación a la plenitud que no deberíamos rechazar.

A la luz de una reflexión sincera, la pascua deja de ser un pasaje bíblico de obligada recordación anual para volverse fuente de luz que revela un sentido y una misión para nuestra vida. Mi deseo en estas fechas es que la pascua encuentre cabida en cada individuo, judío o no judío, cristiano o no cristiano, en cada familia y en cada nación, especialmente en nuestro México tan ávido de “saltos” de progreso y justicia.

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