Madre


Liébano Sáenz

Habitualmente, esta columna es un espacio dedicado a la reflexión de asuntos que inciden en la vida política del país; sin embargo, esta vez no he querido pasar por alto que ayer fue un día excepcional para la gran mayoría de los mexicanos. Para mí, sin duda, lo es. Este fue el primer 10 de mayo que sufro la ausencia física de mi madre; su partida hace apenas 11 meses ha significado un vacío que es inevitable ante una pérdida tan inconmensurable, pero también ha reforzado mi convicción de que la ofrenda maternal es la más grandiosa de las bendiciones terrenales, una verdad que se hace patente en todos los entornos y en todos los tiempos.

Con toda seguridad en ello pensaba Pablo Picasso, uno de los grandes del arte universal, cada una de las veces —al menos una decena— que hizo gala de su talento para expresarse sobre la maternidad (Madre e hijo, 1905, y la emblemática imagen del Guernica, de 1938, entre otras); probablemente algo similar a lo que casi 300 años antes pasó por la mente del holandés Rembrandt a la hora de plasmar el retrato de su madre con evidentes pinceladas de reverencia y ternura, o a lo que en 1888 movió a Vincent van Gogh a significar la imagen de su progenitora. “… Estoy haciendo un retrato de mi madre para mí. No soporto la fotografía sin color e intento hacer uno con un color armonioso, como la veo en el recuerdo”, escribió alguna vez quien es considerado uno de los principales exponentes del postimpresionismo.

En México, otros grandes también han intentado reflejar, a través del arte, su personal concepción de la figura materna. De ello dan testimonioMaternidad (1923-1924), de José Clemente Orozco, y las originales alusiones de Magdalena Frida Carmen Kahlo Calderón, mejor conocida como Frida Kahlo (Yo y mi muñeca, 1937; Raíces, 1943), quien convirtió su paleta y pincel en aliados para expresar el dolor de su frustrada fertilidad.

La escultura universal no podría entenderse en su real dimensión sin la asombrosa imagen de La Piedad, de Miguel Ángel, y la literatura perdería fuerza sin la inspiración que emana de la maternidad; desde el confuso deseo de Edipo Rey hasta los poemas y textos que sondean el más primitivo, profundo y sublime de todos los lazos filiales.

En nuestras letras latinas, de la madre hablaron Octavio Paz y Carlos Monsiváis. Jorge Luis Borges le dio un honroso lugar en sus Obras Completas cuando recordó “las mañanas del Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eça de Queiroz, Madre, vos misma.”

Ideas y sentimientos similares han movido a múltiples artistas de diversas disciplinas y épocas a expresarse sobre la figura de la madre, y no han permitido que su obra pase a la historia sin obsequiar una consideración a la misión que deviene de la concepción. Y lo mismo ocurre en la vida cotidiana, pues ninguna sociedad se preciaría de ser ni de subsistir ignorando el rol más vital de la raza humana.

En la cultura prehispánica, más allá de las altas encomiendas masculinas de la nobleza, la milicia, la ciencia y la religión, la madre fue, sin excepción alguna, la forjadora, la virtuosa artesana y el genuino pilar de todas las sociedades. Fue, como sigue siendo, la dadora de vida y de cultura. Ello explica la esencia de Tonantzin, diosa del maíz, de Tlazolteotl, la deidad azteca de la fertilidad, de la vieja Ixmucané que, según el Popol Vuh, participó en la creación del pueblo maya, o del manto guadalupano que cubre a nuestro país desde hace casi cinco siglos. Y lo mismo ha ocurrido en las demás culturas y en todos los tiempos, como en Grecia con Rea, la madre mitológica de Zeus, Poseidón y Hades, o Lucina en Roma, la diosa que velaba por los nacimientos.

Madre es la palabra más puntual para expresar lo que da origen y vida, el punto de partida, de donde todo proviene y lo que imprime significado al destino. En todos los planos y en todas circunstancias, no hay ser que no lleve grabado su místico sello.

Cierto es que, a diferencia de otros tiempos, la maternidad no es hoy el único camino imaginable para una mujer, pero en pleno tercer milenio sigue siendo, por excelencia, el más sublime. Y ése, me parece, debe ser el verdadero alcance de esta celebración que corresponde a cada día de cada año.

Más allá de la inevitable sombra comercial que la envuelve, la euforia maternal que invade al menos a unos 70 países, particularmente a México, está llamada a provocar un reconocimiento sincero y un compromiso reiterado hacia todas las mujeres que han vivido la concepción o que aspiran a hacerlo; a aquellas que son madres, padres y guardianas a la vez, esas que se parten en dos o en diez para proveer, educar, atender y todavía se dan tiempo para amar sin límites. A esas mujeres que ofrecen la vida por sus hijos y terminan dándola, a las progenitoras de hombres y mujeres cautos, pero también a las que visitan los penales y los panteones, y muy especialmente a las que buscan a sus hijos perdidos y a las que los ven partir lejos en busca de esperanza, con la culpa de no haberles proveído una mejor fortuna. A todas aquellas que se empeñan en cumplir su misión hasta el último día de su vida, y a las que ya partieron no sin antes dejar su indeleble huella. A esas madres que hacen el milagro de dar más de lo que tienen y que convierten el acto de parir en una misión permanente e incluso lo prolongan después de la muerte, movidas por la bendita fuerza de la adoración incondicional.

Ninguna exageración cometió León Tolstói cuando dijo que en las manos de las madres está la salvación del mundo. Finalmente, la maternidad es la mayor lección de amor y la más admirable manifestación de entrega al prójimo, tal como lo esbozó Gabriela Mistral en su poema “La madre triste”: “Duerme, duerme, dueño mío, sin zozobra, sin temor, aunque no se duerma mi alma, aunque no descanse yo”.

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