Al Maestro


Liébano Sáenz

Tributo al maestro Arsenio Farell en su aniversario luctuoso

Decía Martin Heidegger que enseñar es más difícil que aprender. Lo es, explicaba el filósofo alemán, porque más allá de imponer el conocimiento, su misión genuina consiste en “dejar aprender”, sin que nunca entre en juego la autoridad del sabiondo ni la influencia autoritaria de quien cumple una misión. Una reflexión muy cierta y, para mí, simplemente irrebatible.

A lo largo de mi vida, he tenido la fortuna no sólo de constatar la existencia de maestros verdaderos sino de haber sido beneficiario directo del legado humanista de algunos de ellos. Cuando se trata de lecciones esenciales, de esas que trascienden la sola iluminación intelectual, inevitablemente acuden a mi mente los que suelo llamar mis momentos con don Arsenio. El pasado 15 de mayo, precisamente el día que ha sido elegido para reconocer a los maestros, se cumplieron nueve años de la partida de uno de esos grandes mentores que me permitió, como a muchos más, disfrutar la ventura del aprendizaje  genuino.

Arsenio Farell Cubillas fue un hombre que durante los 84 años de su vida aprendió y dejó aprender. En forma a veces deliberada y algunas, espontánea, practicó la enseñanza por los caminos de la dedicación, la constancia y la valentía.

A todas luces, sus grandes virtudes, y su don de aprendizaje/enseñanza los desarrolló desde la infancia, quizá desde los tiempos en los que formó parte de aquel grupo de la colonia Del Valle del que también eran miembros Luis Echeverría y José López Portillo, amigos con quienes también compartió las aulas de la Escuela Secundaria Diurna número 3 (“Héroes de Chapultepec”) y a quienes demostraría a lo largo de toda su vida su alto sentido de la lealtad.

Quienes conocimos de cerca a este académico, político, escritor y amigo leal, recordamos su disciplina, su entrega, su apego a la justicia y al honor, y su miramiento hacia los detalles aparentemente pequeños pero que en el fondo dicen mucho de la real estatura de una persona, como su constante empeño por la puntualidad, no como una obsesión hacia el tiempo sino como muestra de compromiso al trabajo y de respeto al prójimo.

Legado intelectual, sin duda lo tuvo, pero no se detuvo ahí. Como doctorado en derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México participó en la vida de su alma máter al frente de la secretaría del Patronato y como académico, labor que también desempeñó en otras prestigiadas universidades como la Iberoamericana y el ITAM. Por si ello fuera poco, escribió varios libros sobre doctrinas del Derecho, con especial énfasis en el ramo autoral, y fue distinguido miembro de la Academia Mexicana de Derecho Procesal. Y ciertamente, aunque esta trayectoria ya le aseguraba una muy digna altura, nunca soslayó la enseñanza de a pie, la que se hace día a día, con el trato cotidiano y, principalmente, con el ejemplo.

El espíritu solidario y el interés de don Arsenio por la justicia social, por los derechos de los trabajadores y de los gremios, lo llevaron a participar activamente en la vida social y política de México, a asesorar sindicatos y a participar incluso en la fundación de uno de ellos: la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores –ASPA-.

Su prolífica obra y su larga permanencia en el servicio público demandaban cimientos muy sólidos y facultades muy amplias. Por algo, la confianza que le otorgaron cinco presidentes de la República a partir de Luis Echeverría. Por algo, el último mandatario con el que colaboró, Ernesto Zedillo, afirmó que cumplió su tarea “con pulcritud, de la manera más ordenada y profunda en la historia de la República”.

Palabras muy precisas, sin la menor duda, pues la disposición, el esmero y el sentido del deber hacia la Nación fueron sus sellos distintivos en cada una de las encomiendas aceptadas. Como director de la Comisión Federal de Electricidad, de la Compañía de Luz y Fuerza y del Instituto Mexicano del Seguro Social, como secretario del Trabajo y como encargado de la Coordinadora Nacional de Seguridad, por citar sus cargos más destacados, fue  notable su presencia e ingente su contribución. Su paso por el servicio público le valió además un destacado lugar como consejero y miembro de honor del Instituto Nacional de Administración Pública.

En sus diversos encargos, Arsenio Farell se esforzó, lo mismo por extender la seguridad social a las poblaciones marginadas, que por formular un proyecto económico con el acuerdo de los principales sectores a fin de evitar la recurrencia de crisis económicas. Sí, esta idea de buscar consensos, de construir acuerdos y crear bases para pactos en la diversidad política, no es nueva y en don Arsenio podemos encontrar un claro precedente.

De su trayectoria en el campo de la intelectualidad y de sus tres décadas de entrega al país y a sus instituciones es mucho lo que puede decirse aunque sus numerosos amigos, sus incontables discípulos y sus afortunados colaboradores preferimos recordarlo como un hombre que sin olvidar nunca sus relevantes y urgentes tareas se daba justo tiempo para disfrutar a su familia, deleitarse en una charla profunda o compartir con los suyos una pasta fresca con morillas en el Champs Elysees de Reforma.

Enseñar es quizá la función más noble del ser humano porque es una maravillosa forma de amar y de trascender. Enseñar es un acto inmortal. Sin el maestro, sin el verdadero maestro, difícilmente podríamos entender nuestra esencia ni construir nuestro destino. Por eso, sin importar la acumulación de aniversarios luctuosos, la imagen de Arsenio Farell Cubillas como maestro de varias generaciones no se ha inmutado; al contrario, la historia se ha encargado de elevarla.

Hoy, evoco al maestro que dejó aprender y que enseñó con su ejemplo, y le extiendo donde quiera que esté mi gratitud infinita por todo lo que generosamente me compartió y que me acompañará siempre como esencia básica de lo que soy.

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