Encuentros y desencuentros


Liébano Sáenz

“El imperio de la Ley ha sufrido un golpe mortal. El chantaje se ha vuelto respetable”.
Robert G. Menzies

 Comunes en la vida son los encuentros y desencuentros. En política, el poder es lo que está de por medio y la democracia ofrece un cauce de coexistencia civilizada para definir ganadores y perdedores. De ahí la importancia de las reglas y la relevancia de las instituciones que regulan la competencia y son marco de derechos y garantías tanto para los jugadores (candidatos y partidos), como para quienes son los actores fundamentales de la democracia: los ciudadanos.

Los protagonistas de la contienda no son las autoridades, mucho menos las de carácter electoral. Por ello es que debe privar el don de la prudencia y el cuidado de las expresiones. En esta disputa son muchos los quejuegan como para que se sume a esto el árbitro o el administrador de la elección. La expresión “sabotear la reforma” es fuerte y quien la emite está obligado a precisar qué es, a su juicio, lo que se está haciendo para “sabotearla” y quiénes son los responsables. Si fuese el caso que los destinatarios sean los críticos que han denunciado el evidente e innegable contenido centralista de la reforma, lo menos que se puede decir es que la expresión citada es un gesto de intolerancia, contrario al espíritu plural de la democracia.

El INE ha tenido a bien precisar la fecha fatal para que los congresos locales concluyan la armonización de sus constituciones y leyes electorales con la reciente reforma federal en la materia. Aquellos estados que tienen elecciones en 2015 son los más obligados. Para el caso del Distrito Federal, el Congreso de la Unión ha hecho su parte al ajustar el Estatuto de Gobierno; sin embargo, todo indica que varias legislaturas no han concluido el proceso. En este contexto ha habido opiniones que expresan preocupación por que la prisa suele alejarse de la calidad de los cambios. Lo menos que se puede decir es que fue un descuido serio dejar poco tiempo para que los estados procedieran a cambios de tal trascendencia con tiempos estrechos, aunado a la complejidad que implica reconocer las facultades que estarán condicionadas a que el INE las delegue. Hay que tener presente que la certeza es un principio rector de los procesos electorales.

Para la vida política local es humillante que desde el centro se diga que todo es cuestión de voluntad, principalmente tratándose de una reforma centralista. Esa ha sido la actitud del PAN y ello implica un indebido sometimiento de lo local a lo federal, amén de una grave falta de pluralidad en la vida partidista. Es relevante saber que la sola modificación constitucional requiere de mayorías calificadas y, en algunos casos, de la aprobación de la mayoría de los ayuntamientos. Desde la perspectiva centralista, un mes o mes y medio puede parecer un periodo amplio; sin embargo, desde la realidad política local es claramente insuficiente.

El desencuentro también se da en los congresos locales y es natural que así suceda. La votación calificada requerida para este tipo de cambios legales dificulta la consecución de acuerdos, sobre todo cuando el chantaje se ha instalado como práctica común en las relaciones políticas. Sucede en todos los niveles, local y nacional. El PAN ha promovido esta lamentable práctica en lo federal, pero también ha sido víctima de ella internamente; y no son pocos los casos de estas desavenencias dentro de su fracción parlamentaria en el Senado.

Nadie en la política se libra de dificultades para llegar al acuerdo. Sucede en todo lugar y en todo momento, y por ello es indispensable entender los tiempos propios y los de la contraparte; más cuando lo que se busca es que el conjunto de normas que regulan las elecciones sean realidad y, fundamentalmente, que atiendan a la pluralidad.

Toda democracia debe dar lugar a expresiones plurales. A partir de la soberbia los partidos grandes minimizan con facilidad a los pequeños. Ejemplo de ello es que el sistema ha ido dando pasos graduales y consistentes para frenar la creación de nuevos institutos políticos y para dificultar la existencia de los actuales. El PAN, a diferencia del PRD y el PRI, no tiene una estrategia de alianza con partidos pequeños; de ahí el que definan el 3 por ciento como vía para mantener el registro, tema que cobra mayor relevancia cuando observamos que este umbral debe alcanzarse a nivel local.

¿Es bueno que existan pocos partidos? La respuesta no es unánime y, por lo mismo, constituye un desplante autoritario el pretender que sea fácil su aprobación en los congresos locales, a pesar de que en el centro haya sido una concesión de las cúpulas del PRI y el PRD al PAN y que ahora esté en la ley.

Hay además otros aspectos de difícil consenso como la regulación de las precampañas. Al PAN le convienen periodos largos porque es el partido más habilitado para procesos internos competidos, aunque no siempre con resultados virtuosos. No es el caso del PRD ni del PRI que tienen tradiciones diferentes y que, en coyunturas específicas, se inclinan más por enfrentar la competencia a través de la negociación y del acuerdo que mediante una competencia abierta. El debate es inevitable, el desencuentro se divisa en el horizonte y, por lo mismo, es explicable que en el taller de la realidad la aprobación expedita de las reformas se haya complicado.

Está también el tema de la fiscalización. Aunque este asunto corre a cuenta del INE, existen aspectos a regular que son de competencia local. Asunto semejante será la discusión sobre el tema de las coaliciones, si éstas deben ser aprobadas por los órganos de dirección locales o exclusivamente por el órgano nacional como lo propone la reforma federal. Cabe señalar que, aunado a estos temas, las campañas adquieren una dimensión diferente en la medida en que se ha establecido en la ley la nulidad de la elección por exceder en 5% el tope de campaña o acceder indebidamente a modalidades de publicidad.

De manera accidentada y con agendas superpuestas el país ha ingresado a las reformas. Sin duda, un logro sustantivo de esta generación de políticos. Sin embargo, es preciso cuidar contenidos, formas y alcances de los cambios. Los encuentros son deseables y los desencuentros, inevitables; pero si los cambios llegan a significar un beneficio para el conjunto del país desde la perspectiva local y nacional, la misión se habrá cumplido.

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