Crisis ética


Liébano Sáenz

Dedico este texto a mis críticos, cuyas reflexiones
han enriquecido siempre mi perspectiva.

La defenestración del coordinador de los diputados del PAN, Luis Alberto Villarreal, resultado de la difusión de un video en el que aparece en actitud comprometedora junto con otros correligionarios en una fiesta privada, ha generado una serie de reacciones sobre la descomposición “moral” que existe en el PAN. El ex presidente Felipe Calderón se ha sumado al señalamiento.

Dos precisiones sobre lo mucho que se ha comentado. No coincido con quienes se limitan a cuestionar si el pago se hizo con recursos públicos. Y no lo hago porque ello alude a una visión del político que no comparto. En todo caso, la cuestión de fondo es la acción en sí misma, un asunto difícil de valorar sin riesgo de inspirar moralismo o un dejo de hipocresía. Independientemente de juicios subjetivos sobre lo que es correcto o debido en la vida privada de las personas, considero que el político tiene una misión de tiempo completo y su ámbito privado, si bien privado es, debe ser consistente con el perfil que asume en público.

Pese al descrédito y la maledicencia que con frecuencia la asedian, la actividad política es una responsabilidad superior que implica a quien la ejerce un compromiso mayor con obligaciones que trascienden la vida pública. Por esta razón, en cualquier parte del mundo, la exigencia y la expectativa de la sociedad sobre aquellos que optan por la política es más elevada. Para un analista o líder de opinión resulta muy comprometedor emitir juicios sobre lo correcto o incorrecto en la vida de las personas. Y lo mismo ocurre con la opinión que viene de los correligionarios, incluso de otros políticos. Sin embargo, estimo, a manera de segunda precisión, que el tema no es exclusivo de un partido o de los legisladores, sino que atañe a todo el ámbito de la política y a todos los que en ella participan. Tampoco es problema nuevo; quizá ahora es más visible y probablemente más generalizado, pero definitivamente no es reciente.

Invariablemente, habrá tensión entre la vida pública y privada de las personas dedicadas a oficios de servicio, no solo la política. Precisamente por ello, estas personas están obligadas ante la sociedad a ser consistentes con lo que pregonan. Más aún, quienes abonan estos terrenos deben evitar involucrarse en actividades, acciones o eventos que comprometan su condición. Resulta entonces improcedente la argumentación de que la actividad era privada y que se asistió por accidente o descuido. Una respuesta como esa, además de poco creíble, confirma un déficit de atención y cuidado, esos sí, deberes del político.

No es posible invocar un tiempo o una circunstancia que sirvan de paradigma ético. Lo pueden ser algunos personajes y, siempre, como seres humanos, habrá en ellos fragilidad y temas de controversia. En esto sí, el tema no se limita a la vida privada, sino en el impacto que ésta tiene en la vida pública y en la calidad de la política; un asunto paradójico en el caso del diputado Villarreal, quien ha sido protagonista relevante en uno de los grandes momentos del Congreso mexicano.

Por sus expresiones, el ex presidente Calderón fue calificado de poco solidario con su partido por el nuevo coordinador de los diputados albiazules, José Isabel Trejo. Es explicable: los panistas hubieran esperado de él, por su singular condición de ex presidente, ex líder nacional y también ex coordinador de los diputados del PAN, una actitud crítica de alerta, sí, pero también una que pusiera en contexto una situación que los adversarios del PAN quieren hacer creer que solo en ese partido sucede; y, de ser posible, que ofreciera un horizonte de esperanza a un partido y a una fracción que han cumplido su responsabilidad como oposición, justamente lo que aduce el ex presidente Calderón como una de las razones que limitaron las realizaciones de su gobierno.

Tampoco soy partidario o creyente de las sentencias de muerte política. Aunque la controversia que acompaña al diputado Villarreal no solo involucra al evento referido, sino a otras actividades análogas y, especialmente, a la presunta obtención de beneficios privados a partir de su investidura legislativa. Si interpreto bien la mayoría de las críticas y las razones de su remoción, queda claro que la condena no obedece a su presencia en la fiesta, sino a la evidencia fílmica (que se expresa por sí misma) y a su incapacidad para articular respuestas que no resulten en cinismo o, como ha sucedido, en una explicación que denota un descuido elemental en sus actividades personales y privadas.

Un estándar básico en la vida privada del político es un valor en sí mismo dada la trascendencia de la función que desempeña. Un alto ejecutivo de un organismo financiero internacional puede verse afectado por la difusión pública de su pretensión de tener relaciones sexuales con una empleada de un hotel, pero el tema se vuelve fatal cuando la conducta escala hacia la intimidación o violencia moral basada en su condición de huésped distinguido. Así, se han acabado carreras políticas; pero no por la alusión a la vida privada como tal, sino por el impacto que los hechos pudieran tener en la calidad del desempeño o en los atributos personales esperados en quien asume tareas relevantes.

El derecho a la privacidad es argumento válido y prerrogativa de toda persona, pero quienes están en la política deben entender que, por la actividad que desempeñan, el parámetro aplicable es mayor y, por lo mismo, es inevitable ser objeto de mayor escrutinio y exigencia pública. Además, la política es un terreno en disputa, con aliados interesados, amigos auténticos y competidores aguerridos. Debe entenderse que en la lucha por el poder los adversarios o malquerientes no dejarán pasar un desliz y que, además, la observación y el seguimiento es parte del juego; parte ingrata, innoble, a veces ilegal, pero inevitable.

Con ello no pretendo decir que la solución es que los políticos sean más cuidadosos para no ser pillados en sus deslices, sino destacar la necesidad de que mantengan un sentido de ética que se traduzca en la congruencia entre el oficio que suscriben y su vida privada, esto es, entre lo que pregonan y lo que hacen, independientemente si el entorno es público o privado.

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