El presidente en el Senado


Liébano Sáenz

Interesante y reveladora la actitud de los senadores del PAN al debatir en torno al evento que organizará la Cámara alta sobre federalismo. En particular llamó la atención su postura en lo referente a la invitación al Presidente de la República. Los senadores del PAN pretendieron convertir la ocasión en una forma de comparecencia para que el Presidente debatiera con los legisladores. Tanto la Presidencia del Senado como el PRD expusieron que la propuesta no procedía toda vez que se trataba de un acto protocolario, una invitación no de cortesía pero sí cuidadosa de las formas republicanas.

Los presidentes Fox y Calderón tuvieron dificultades serias para entenderse con el Poder Legislativo federal. En el primer caso, los problemas se presentaron incluso con la fracción parlamentaria de los diputados del PAN coordinada por Felipe Calderón. A cinco días de su mandato, la iniciativa del Presidente en materia de derechos indígenas fue revertida por sus propios correligionarios. Por su parte, ya como presidente, Felipe Calderón cuidó desde el principio que su partido y sus legisladores marcharan a la par del gobierno, pero con la oposición no supo cómo construir una relación ni constructiva ni productiva.

Uno de los signos de estos tiempos ha sido el diálogo entre poderes y el del gobierno con la pluralidad partidaria, encuentros que han valido cambios importantes y trascendentes. Todos han aportado, aunque no siempre los cambios han contado con el aval de las tres fuerzas políticas más representativas del espectro partidario. Quienes se han mantenido al margen han extremado críticas, tanto en el PAN como en la izquierda, incluso también en el PRI aunque se hayan expresado de manera más discreta. La marginalidad obstruye el diálogo y acuerdo, medios que han servido a México para hacer realidad cambios y transformaciones estructurales.

Lo más importante de la estrategia reformadora es que no ha habido exclusiones. Tradicionalmente, casi todas las reformas fundamentales se hacían con el acuerdo del PAN y el presidente priista en turno; aunque hubo excepciones como la reforma política de 1996. El modelo del Pacto por México planteó un esquema que garantizó a todos un espacio y una agenda amplia para integrar planteamientos de todas las fuerzas políticas. Las iniciativas se elaboraron bajo este marco y, además, en el curso del proceso legislativo se enriquecieron y modificaron hasta alcanzar un consenso que mucho honra a la política y a quienes participaron formal o informalmente en el proceso reformador.

La izquierda ha realizado una contribución histórica, a pesar de sus divisiones y de la persistencia del movimiento rupturista al interior y exterior del PRD. Su dirigencia ha sabido sobreponerse al discurso de la confrontación. Institucionalmente, el PRD ha dado pasos significativos como fue la inédita resolución democrática de sus procesos para la designación de su órgano colegiado de gobierno y, consecuentemente, de su dirigencia nacional. El PRD ha sabido negociar y ha adelantado dos temas fundamentales para la izquierda y para el país: la reforma constitucional del Distrito Federal y el proyecto federalista.

Lo que ahora ocurre con el PAN en el Senado no es producto de un grupo de legisladores en la marginalidad, es el viraje que da el partido en su conjunto con miras a la elección de 2015. Pareciera que en su interior ha calado la tramposa tesis de que sus electores habrán de castigarlo por su participación en los acuerdos para las reformas, no obstante que mucho de lo alcanzado, incluso lo más controversial, como el galimatías de la reforma electoral, ha sido de su factura. Que el PAN se muestre vergonzante ante las transformaciones del país es un error desde cualquiera perspectiva.

A la agenda federalista le urge atención. De no haber ocurrido en los últimos años la involución centralista del PAN, como gobierno y ya en la oposición, como partido, tendría que ser uno de sus abanderados más decididos con base en sus principios y en su génesis misma. Sorprende que el PRD se haya anticipado. Es posible que, a diferencia del PAN, vislumbre que su crecimiento futuro, más allá del DF, habrá de presentarse en la periferia; de hecho ya gobierna Morelos, Guerrero, Oaxaca y Tabasco. Y es posible que en 2015 pueda ganar nuevamente Guerrero y Michoacán. En el PAN hay mayor escepticismo. Ha perdido espacios y apenas con mínima diferencia y en coalición con el PRD pudo mantenerse en Baja California. En 2015, es probable que pierda Sonora.

Sin embargo, el tema federalista o municipalista debe trascender los cálculos electorales o de distribución de poder. Se es demócrata o federalista no por conveniencia o interés, sino por principio y por convicción. Es fundamental para el país revisar el esquema actual. El centralismo ofende y también, de manera injusta, impone una relación de subordinación de las partes que integran la Federación, lo que anula el enorme potencial que como nación diversa y plural tenemos. El arreglo institucional debe ser revisado para dotar a los estados y municipios de mayor autonomía, poder y capacidad de gestión. No se trata de reivindicar autoridades, sino de aplicar una mejor y más razonable forma de gobernar.

No está por demás destacar que muchos de los problemas que enfrentan las personas y las familias, así como las empresas, tienen que ver con la vida municipal y local. La Federación tiene responsabilidades cruciales e insustituibles, pero es en los ayuntamientos, los gobiernos estatales y los poderes públicos locales donde están las respuestas más eficaces y cercanas a la población, ya sea seguridad pública, educación, servicios de salud, condiciones dignas de vivienda y vida comunitaria, servicios generales, cultura y entretenimiento, un mejor medio ambiente, etcétera.

El encuentro que se plantea en el Senado entre la pluralidad y el presidente Enrique Peña Nieto para discutir el tema del federalismo reviste la mayor importancia. Esta generación de políticos, incluso los que infantilmente se oponían a la presencia del mandatario, ha tenido un desempeño ejemplar que mucho dignifica a la política. Es considerable lo que se ha alcanzado en términos de reformas, pero la agenda no concluye y tampoco se suspende por la temporada electoral. Como se ha propuesto, resulta fundamental profundizar el diálogo entre poderes para avanzar en el proyecto federalista; lo es, por tratarse de una relevante fórmula democrática de distribución del poder sobre la que mucho hay por hacer.

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