¿La forma es fondo?


Liébano Sáenz

Todo sistema político tiene sus reglas, principios, rituales, valores y formas. Es natural que en un régimen estable estas últimas adquieran un mayor mérito, no así en los procesos de cambio. La virtud de las formas es su funcionalidad. Por sí mismas poco valen e incluso suelen ser contraproducentes cuando pierden actualidad. Don Jesús Reyes Heroles señalaba que en política la forma es fondo. Sin embargo, es fundamental entender que sus expresiones aludían a un régimen, no a un proceso social y tampoco sus palabras sugerían la inamovilidad de las formas.

El régimen político ha cambiado profundamente. Como momento de inflexión, algunos se remiten al movimiento estudiantil del 68; otros, a la nacionalización bancaria, algunos más a la crisis de 1994 y, finalmente, a la alternancia del año 2000. Todos, sin duda, momentos relevantes. Particularmente, me uno a quienes destacan lo acontecido a mediados de la última década del siglo pasado, especialmente el homicidio de Luis Donaldo, como el punto de ruptura entre pasado y futuro.

Todos los eventos aludidos tienen en común el deterioro de la figura presidencial y, consecuentemente, alteran la arquitectura del régimen de poder. De Cárdenas en adelante, el presidente, no el partido dominante como algunos aducen, ha sido el eje de la política y el garante de la unidad y defensa nacionales. El ogro filantrópico de Octavio Paz. Las formas políticas mucho tienen que ver con este largo periodo, formas que llevan implícitos valores, mitos y visiones del poder y de la sociedad.

Lo cierto es que el país cambió de manera radical. Los gobiernos de la primera alternancia no pudieron acreditar una nueva forma de hacer la política. En parte, por las dificultades propias de la transición, pero también por la falta de oficio y sentido de la responsabilidad política y del concepto de Estado. La constante entre 2001y agosto de 2012 fue la crónica de desencuentros, presiones y chantajes entre Gobierno y oposición. La premisa de la relación fue el quid pro quo: doy para que me des.

Los partidos también tienen su código de valores, sus perspectivas, sus personajes y sus formas, no siempre consecuentes con los de la sociedad a la que debieran representar. Desde hace tiempo, en el PRI existe una tensión entre quienes interiorizan la ortodoxia en las formas y aquellos que tienen una visión más pragmática del poder y del ejercicio de la política. Considero que éste es uno de los aspectos singulares del presidente Enrique Peña y de su círculo cercano de colaboradores.

En este caso, el mayor valor es la eficacia y ella es asimilada por una sociedad demandante y en proceso de cambio. Un repaso a la labor de Enrique Peña como gobernador evidencia claramente un modelo político diferente. Son muchas las aristas y todas apuntan a una manera de ejercer el poder que privilegia los resultados. Es cierto, en la entidad y en buena parte del altiplano las buenas formas son un atributo de los políticos, pero en el citado caso, éstas, que reflejan conductas de cortesía republicana, coexisten con la eficacia en el gobierno. Además, las formas no son solo eso, también reflejan una manera de actuar responsablemente. Así, como se ha dicho, un presidente no tiene amigos. Sus colaboradores conforman una maquinaria coordinada, disciplinada y con claridad de objetivos. Al interior del PRI hay inclusión, como lo constatan coordinadores parlamentarios y gobernadores, pero además hay capacidad y voluntad de negociación, según se advierte en las discusiones y en los acuerdos para alcanzar reformas trascendentes y profundas a través del Pacto por México. No son las formas, son los resultados los que finalmente permiten la acreditación de un gobierno.

Como candidato presidencial, Enrique Peña entendió primero que muchos de los suyos la reacción estudiantil en la Universidad Iberoamericana, la que dio lugar al movimiento #YoSoy132. Inicialmente, sus correligionarios recurrieron al expediente fácil de expresar que el evento había sido infiltrado por los adversarios; una vieja forma priista de descalificar la protesta a priori; sin embargo, el candidato de inmediato consideró válida y auténtica la actitud de los jóvenes. Como respuesta de campaña privó la tolerancia y la aceptación de que una proporción importante de los universitarios de clase media en el DF rechazaban al partido, a la candidatura y a la política misma. A lo largo del proceso, el candidato manifestó respeto a todos, incluso a sus adversarios y a quienes no simpatizaban con su candidatura.

La actitud del gobierno de Enrique Peña Nieto ante el movimiento estudiantil del IPN se enmarca en esta forma de hacer política. No debe causar sorpresa; es simplemente una forma de entender la responsabilidad. El secretario Osorio tuvo oportunidad de valorar no solo el sentido de las demandas de los estudiantes, sino la autenticidad de la protesta e, incluso, el orden de la marcha misma a lo largo de su recorrido hacia Bucareli. Salir a dialogar frente a todos fue mucho más que una respuesta defensiva; significó reconocer la necesidad de un cambio en la relación del gobierno con los estudiantes inconformes, como una vía para construir un mejor futuro.

Frente a los nuevos tiempos y para las grandes exigencias que impone la realidad, las formas no pueden volverse camisa de fuerza. La pasividad y la indolencia al amparo de las viejas prácticas provocan que los problemas se agraven y se vuelvan inmanejables, pero principalmente impiden aprovechar la energía social que aportan quienes demandan y exigen el cambio. ¿Qué mejor que escuchar y dialogar con la comunidad universitaria, con los estudiantes que demandan y esperan un mejor futuro? Su preocupación fundamental es que su preparación académica los habilite profesionalmente para el inobjetable propósito de superación personal y familiar.

Son muchos los temas que se han trasladado a la Presidencia de la República y a la Secretaría de Gobernación y esto también debe asumirse como una llamada de atención para que el conjunto del aparato gubernamental opere con mayor eficacia. Incluso, casos como los de Michoacán, Guerrero y Sonora revelan la necesidad de que los gobiernos locales cumplan su tarea con sensibilidad y resultados, especialmente en momentos de crisis.

En la política del pasado, que carecía de instituciones democráticas, la forma era fondo porque ésta sustituía el andamiaje institucional del país; hoy lo que la sociedad demanda es que el fondo sea el resultado. El Presidente, desde hace tiempo, ha adoptado esa manera de ejercer la política, donde el fondo es el resultado.

 

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