Estilo de gobernar y democracia


Liébano Sáenz

Por razones propias de la democracia, donde la voluntad mayoritaria es sustento y origen del poder público, existe la errónea creencia de que aceptación es sinónimo de eficacia. Y no es así. Ni todos los gobernantes aceptados son eficaces ni todos los eficaces pueden presumir niveles elevados de aceptación. De hecho son los gobernantes de países poco democráticos, con debate y escrutinio acotado, los que  reportan índices de aprobación elevados e incluso desproporcionados, independientemente de si hacen bien o no su quehacer.

México ha vivido cambios importantes no solo en su democracia, sino en sus sistemas de rendición de cuentas y de escrutinio formal e informal del poder. No es lo mismo ser un presidente con mayoría afín en el Congreso, que otro con poder dividido, como ocurre en México desde 1997. En estas circunstancias, los partidos y el Congreso adquieren mayor potestad en el debate y en la discusión sobre las acciones de gobierno.

Otro cambio estructural que altera el consenso en el país ha sido el margen para la comunicación personalizada, particularmente la modificación al artículo 134 constitucional, que reduce a un estrecho periodo el acceso del presidente a los medios de comunicación. Los despliegues publicitarios presidenciales desaparecieron desde la reforma de 2008 y ello ha transformado las condiciones y estrategias para construir aceptación desde los medios de comunicación.

Con la reforma de 2008, quien sea presidente debe convivir con una crítica mayor y, en consecuencia, con un consenso social más estrecho y menos asequible. Quizá lo que ahora observamos es el efecto de este cambio estructural y una sociedad que apenas empieza a digerir el poder presidencial acotado. Sin embargo, lo más relevante, en todo caso, son los resultados; esto es que el gobierno pueda cumplir con su responsabilidad. El consenso y la aprobación son recursos preciados, pero también escasos y precarios por su propensión a la volatilidad y por estar condicionados a circunstancias fuera de control como los vaivenes de la economía mundial o el humor social.

En el equilibrio entre eficacia y opinión hay que considerar al estilo de gobernar, para utilizar la expresión de don Daniel Cosío Villegas. Así, por ejemplo, Vicente Fox, por origen, circunstancia y personalidad, era un presidente claramente mediático. Así ganó la Presidencia y así concluyó su gestión, incluso, él se volvió el factor para el desenlace de la elección presidencial de Felipe Calderón. Es probable que una actitud más institucional y menos partidista y protagónica hubiera significado el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

El caso del presidente Enrique Peña Nieto es eminentemente institucional. No es cuestión de limitaciones, como algunos erróneamente asumen, sino de origen, de circunstancia y de personalidad. No son la presión mediática ni la opinión pública o publicada las que deben determinar las decisiones presidenciales, sino el cálculo basado en una perspectiva institucional y de ejercicio del poder. Los presidentes no necesariamente han sido las personas más y mejor informadas del país, como muchos creen, pero la investidura presidencial sí es aquella sobre la que pesa una mayor responsabilidad política y la representación del Estado mexicano y es así como quien ocupe tal responsabilidad debe resolver, decidir y acordar.

Los problemas mayores no tienen que ver con los extremos mediático o institucional del tipo ideal de presidente; en realidad se presentan cuando un presidente no actúa de acuerdo con su condición, esto es cuando, siendo mediático, pretende al mismo tiempo ser institucional. A un presidente estricto en las formas no le viene muy bien la improvisación, mucho menos el humor; en cambio, para un presidente de comportamiento libre y abierto, el cuidado de las formas se vuelve camisa de fuerza y le hace perder autenticidad. Desde luego que la investidura presidencial exige cuidado y equilibrio, lo mismo que un sentido de conducta a partir de su condición simultánea de jefe de Estado y jefe de gobierno. Invariablemente, en perspectiva, un estilo institucional que privilegie la eficacia sobre la popularidad será mejor, aunque ello implique circunstancias más incómodas y una sociedad con mayores reservas hacia sus autoridades.

Lo fundamental son los resultados porque es lo que perdura y lo que realmente tiene impacto en las personas, en las familias y en la situación futura del país. La opinión pública es veleidosa y el ciclo de gobierno finito; y si bien es cierto que un protagonismo mediático puede ser recurso útil para el consenso y para impulsar decisiones críticas, además de influir en los resultados del partido gobernante, siempre una tentación (especialmente en condiciones de elecciones muy cerradas, como ocurrió en 2006), con frecuencia también resulta contraproducente para lo que verdaderamente importa, incluido el resultado electoral. El hecho de que no exista reelección presidencial libera al Presidente de la presión de actuar conforme a objetivos electorales; el compromiso con su partido será, invariablemente, actuar con responsabilidad y, sí, con eficacia.

La transición democrática y el desarrollo político del país demandan mudar del patrón de consenso al del debate; del del presidente con poder discrecional y poco cuestionado al de un gobernante sujeto a permanente escrutinio. La transición de la presidencia hegemónica a la presidencia democrática inició con la alternancia en gobiernos locales, con la pérdida de mayoría en la Cámara de Diputados, con la equidad electoral y con la autonomía de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La tolerancia desde el gobierno mucho ha facilitado el proceso. Las libertades han crecido, especialmente la de opinión y prensa, pero queda pendiente interiorizar lo que muchos, especialmente quienes se formaron en el México no democrático, consideran deficiencia del gobierno.

El largo periodo de espera de un presidente providencial, un Salvador o Quetzalcóatl ha concluido. Esto ocurrió hace bastante tiempo, precisamente con el arribo de la democracia. En su lugar, la Presidencia democrática, aún como proceso inconcluso, tiene como condiciones de existencia el debate y el poder acotado por la ley, por la opinión pública y la pluralidad. Aunque resulte incómodo y para algunos sea insoportable y, para otros, síntoma del deterioro de la política: bienvenidos al difícil y asombroso mundo de la democracia.

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