El voto, casi un rehén


Liébano Sáenz

Las campañas de candidatos a diputados federales iniciarán mañana domingo en medio de nuevas reglas de juego y 17 elecciones locales concurrentes. Los votos serán la medida de acceso al poder. La próxima integración de la Cámara de Diputados plantea desafíos y oportunidades para todos los contendientes. Los partidos pequeños requieren 3% de la votación para sobrevivir, es decir, aproximadamente un millón 200 mil votos, mientras que los mayores buscan ser factor de un nuevo equilibrio en el que, se podría anticipar, el PRI será la mayor de las minorías.

La superposición de elecciones locales complica el juego y concede más encono a la lucha por los votos. Todos los partidos tienen territorios por defender y expectativas de crecimiento, y las elecciones son el espacio para estas batallas. La electoral es una disputa normada por reglas, principios y valores, pero el país, quizás por su precaria cultura democrática, se ha conducido de manera contradictoria. Una democracia sin demócratas, como suele decirse. Los intereses de la política se han impuesto sobre los de la sociedad; y ello, además de ampliar la brecha, plantea una crisis de representatividad. Aún así, las elecciones legitiman el acceso al poder y los ciudadanos concurren a votar de manera ordenada y suficiente.

Las reglas del juego imponen restricciones poco realistas en materia de financiamiento; asimismo, una modalidad de fiscalización que privilegia el control sobre los objetivos de transparencia, no consigue ni lo uno ni lo otro, menos aun cuando el tope de gasto de campaña es escasamente factible. Por lo mismo, las finanzas de las elecciones corren más allá de los canales formales y bases legales. Tampoco el modelo comunicacional responde a los objetivos de informar a los electores sobre las propuestas disponibles y la excedida campaña de promocionales poco contribuye a la cultura ciudadana y al votante informado.

Efectivamente, el país tiene una democracia electoral que, pese a sus insuficiencias, es funcional. El problema mayor no son las reglas, sino la inmadurez de los partidos para encarar democráticamente el desafío que supone el proceso. Descalificar al órgano electoral se ha convertido en práctica recurrente, tanto para expresar inconformidad como para abonar al calculado propósito de debilitarlo con miras a eludir el cumplimiento de la ley. En esta circunstancia no debe sorprender el daño en la imagen del INE y, por consiguiente, en la confianza ciudadana. Nuevamente se anticipa que el resultado adverso en el juego llevará a la descalificación del árbitro y de los competidores. Participar y competir haciendo del deterioro de las instituciones curso normal para la disputa por los votos es una apuesta perversa y autodestructiva.

El debate y la confrontación de propuestas son expresiones propias de la democracia, y también es comprensible que los partidos sean articuladores y reflejo de la diversidad social y política del país. Sin embargo, la lucha por los votos los vuelve maquinarias pragmáticas concebidas para ganar el favor ciudadano incluso a costa de su identidad política y de sus principios. En los comicios de junio concurren diez partidos y la mayoría de las opciones, incluyendo las de los pequeños, se ha corrido hacia el centro. Su agenda, su oferta y sus candidatos se orientan a ganar la decisión del elector aún por encima de su propio proyecto. Como sucede en muchas democracias, sumar votos se ha vuelto un fin y ha dejado de ser un medio para avanzar en el proyecto político de origen.

La democracia electoral en México no solo tiene malos jugadores y enemigos encubiertos, también los hay declarados. Frente a las insuficiencias de los procesos electorales y al descrédito de autoridades y órganos electos, hay ya también quienes han descalificado anticipadamente los comicios en puerta haciendo un llamado a no votar. Están en su derecho, aunque sus razones son discutibles. El problema mayor es causado por los grupos radicales que no pretenden convencer, sino imponerse, al convertir el boicot a las elecciones en un recurso más de chantaje a la sociedad y a la autoridad, como ya es costumbre en Guerrero y en Oaxaca con el sector magisterial.

Las mayores amenazas para la normalidad electoral devienen del crimen organizado, más que por su obstrucción al desarrollo de los comicios, por su interferencia, a través del financiamiento con el propósito de influir en la elección de autoridades municipales y, por ende, controlarlas, someterlas y, de ser posible, utilizarlas en sus actividades criminales. Los hechos trágicos de septiembre del pasado año en Iguala, Guerrero, así como lo acontecido en Michoacán, han dejado al descubierto la vulnerabilidad de la democracia mexicana frente al crimen organizado. No es un hecho generalizado pero es evidente que, al no haber una actuación clara y enérgica, la situación se vuelve sumamente grave y obliga a la adopción de medidas excepcionales como ha ocurrido en ambos estados.

En muchos frentes, la política se ha deteriorado. No se trata solamente de un asunto de percepción o de una crisis circunstancial; el problema es amplio, estructural y profundo, y es preciso que desde el mismo seno de la política se produzca un esfuerzo para dignificarla. Los gobiernos requieren interiorizar con mayor determinación los principios republicanos de probidad y austeridad. La ética del servicio público no puede limitarse al discurso, debe ser acción cotidiana acreditada por la conducta de los altos funcionarios, de los legisladores, de los magistrados y de los integrantes de órganos autónomos. Las buenas cuentas, en forma y fondo, constituyen una tarea obligada.

La democracia se deteriora en la medida en que los ciudadanos advierten la ineficacia del voto para lograr un buen gobierno. La alternancia puede ser un recurso útil, aunque no necesariamente infalible. Los estados más pobres como Chiapas, Oaxaca y Guerrero han cambiado de partido gobernante, sin que las condiciones de los pobres y marginados se hayan modificado. Una democracia no se agota en la instancia electoral, trasciende a la generación de incentivos en favor de mejores resultados y de un buen gobierno.

Bienvenidas las campañas, con todo y su ruido, con sus excesos, gritos y sombrerazos. Su sola existencia es un logro sustantivo de la democracia mexicana. Aunque no sea necesariamente eficaz ni se haya consolidado como una mejor vía de representación política, el ejercicio del voto sigue siendo la forma más razonable, práctica e inteligente para que el ciudadano influya en el poder.

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