Henry M. Paulson: “Tratar con China”


Liébano Sáenz

Hoy resulta inconcebible la sola idea establecer una muralla económica, política y cultural con China desde cualquiera de los ángulos en que se mire. China seduce al mundo y éste trata de cautivarla a ella, como nos los dice Henry M. Paulson autor del octavo libro del reto de “un año de libros” convocado por Mark Zuckerberg.

Henry Paulson, autor de Tratar con China: un iniciado desenmascara el nuevo súper poder económico, fue secretario del Tesoro de Estados Unidos durante el gobierno de George W. Bush. Su obra constituye una de las mejores referencias para comprender la relación bilateral entre este país y China. Con prosa sencilla en 448 páginas, Paulson cuenta las experiencias que vivió en sus más de cien visitas al país asiático.

El autor nacido en 1946, refrenda la política de que un mercado financiero abierto, competitivo y liberalizado puede asignar grandes recursos promoviendo la estabilidad y la prosperidad mucho mejor que la intervención gubernamental lo puede hacer.

Henry Kissinger, el secretario de Estado norteamericano más significativo de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, conocido como el teórico fundamental de la llamada Guerra Fría y el realismo político, es un antecedente para entender el momento actual, augurado por él mismo en su indispensable y polémico libro La diplomacia. En esta obra resalta la importancia creciente de China, fruto del ascenso pacífico que impone retos a Estados Unidos y necesariamente tensa la relación bilateral.

Kissinger establece que el ascenso y caída de los órdenes mundiales es la única experiencia que tenemos para poder entender los desafíos que se presentan en la actualidad.

Una manifestación muy clara de las tensiones geopolíticas se observa en los Juegos Olímpicos con un medallero que trasciende lo deportivo. Con el ánimo de demostrar las bondades de su modelo económico y político, diversas naciones invierten millones de dólares en la preparación de sus atletas.

Durante la guerra fría, la justa olímpica se convirtió en un campo de batalla entre Estados Unidos y la URSS. Las Olimpiadas, junto con la carrera por la conquista del espacio, la guerra de Vietnam y la crisis de los misiles en Cuba, se volvieron una especie de “válvula de escape” para la tensión que generaba la disputa por el poder hegemónico global entre las dos super potencias.

El duopolio en el medallero olímpico llegó a su fin. La disolución de la URSS, en 1991, no sólo significó la culminación de la guerra fría, también representó el fin de la batalla deportiva por la justa olímpica entre capitalistas y socialistas. Sin embargo, Estados Unidos poco pudo disfrutar su tan anhelada hegemonía deportiva, pues a partir de Atenas 2004, apareció un nuevo rival: la República Popular China. Desde entonces los asiáticos, con maestría y profesionalismo, desde entonces, han sido un dignos competidores.

Si las Olimpiadas son un termómetro, Paulson, como ciudadano estadunidense, escribe con gran preocupación sobre esta emergencia y nos dice: “China se ha convertido tanto en una fuente de preocupación como una fuente de asombro y nos encontramos con propósitos cruzados con una China, cada vez más competitiva, ya que muestra su fuerza recién descubierta en un mundo de mercados y en amargas disputas territoriales con sus vecinos, al tiempo que pretende impugnar la orden dirigida por Estados Unidos en Asia y retar al sistema de dominación mundial que ha prevalecido desde la Segunda Guerra Mundial “.

Desde su perspectiva, llama la atención que China haya aumentado su presupuesto militar en los últimos años. Parecería que los asiáticos, además de competir con Estados Unidos en la mayoría de los procesos productivos, buscan posicionarse militarmente.

Con postura conciliadora, el ex secretario del Tesoro afirma que el conflicto bélico no es necesario; de hecho, para el autor es importante que las dos potencias hagan ajustes a su política exterior. Paulson critica a quienes creen que el conflicto siempre es inevitable cuando un nuevo y creciente poder empieza a chocar con un poder establecido.

El autor considera que nada es inevitable en la relación Estados Unidos-China, por el contrario, Paulson opina que la mejor forma de solucionar el conflicto es mediante una especie de alianzas estratégicas. La idea es que los dos países modifiquen su forma de hacer negocios internacionales de manera que ambos salgan victoriosos. La clave para evitar la hostilidad, nos dice Paulson, es tener una relación bilateral con preocupaciones comunes en las políticas y acciones complementarias.

El autor considera que Estados Unidos necesita ampliar y profundizar sus vínculos económicos con el dragón asiático y, a lo largo del libro, hace una serie de recomendaciones sobre una gama de temas, incluyendo la reforma económica, los mercados financieros, la urbanización y el medio ambiente, todo con el fin de mejorar la relación bilateral entre estas dos naciones. Su vasta experiencia en los mercados financieros asiáticos convierten a Paulson en una figura de autoridad. Quienes hoy tienen que “tratar” negocios con China, sin lugar a dudas, deben escuchar los consejos del ex secretario del Tesoro.

En una parte del libro, el autor es sumamente crítico del modelo económico chino. Considera que esta nación tiene un largo camino por recorrer, pues más de 100 millones de sus habitantes siguen sumidos en la pobreza; su PIB per cápita ocupa el número 80 en el mundo, y el ritmo de crecimiento prodigioso de China se está desacelerando. Por ello sostiene que aun cuando comparte el dominio mundial con Estados Unidos, China sigue siendo sólo potencia regional.

Afirma que si su intención es alzarse como la nueva hegemonía mundial, deberá comprobar que su modelo de desarrollo es sostenible. Además, los asiáticos deberán demostrar que, internacionalmente, pueden solucionar conflictos y coyunturas. Los chinos deberán comprobar que son capaces de acertar ahí donde los Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia han fallado.

La frase “hecho en china” es la metáfora enérgica de un fantasma que cada vez descubre más su cuerpo y recorre el mundo apropiándose no sólo del mercado internacional sino de sus valores culturales, sociales y políticos, contradiciendo a quienes apuestan por el enfrentamiento de las naciones como única salida e ignoran la posibilidad para que el sistema político y económico se aglutine.

Tratar con China es ineludible porque esta nación ya es parte fundamental del mundo que habitamos , por encima de cualquier perspectiva simplista de la geopolítica contemporánea.

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