El verdadero DNA de Jaime Rodríguez “El Bronco”


Liébano Sáenz

En estos tiempos de pragmatismo y de lucha del poder como objetivo en sí mismo, es difícil que la política se acompañe de causa. Sucede para quien tiene el poder y también para quien lo disputa, aunque la circunstancia opositora ofrece mejores condiciones para argumentar sobre el cambio y su necesidad; la alternancia y la coexistencia en el poder ha significado que la convocatoria opositora de mejoría se venga al piso cuando el opositor arriba al poder y no ocurre ese anhelado cambio. El desencanto popular con la alternancia lleva a un juicio generalizado de que poco hay qué hacer porque todos son iguales, que el daño es generalizado y que su fuente de origen son los partidos políticos.

Por eso la irrupción de celebridades en la elección ha tenido una muy buena  recepción. Hay un entorno que favorece a quien expresa independencia y ciudadanía respecto de quien reconoce pertenencia partidaria. Un caso singular se presenta en Nuevo León con el candidato Jaime Rodríguez, registrado como independiente, pero con una trayectoria de más de tres décadas de pertenencia priísta.

La mesa estaba puesta: el desprestigio de los dos partidos que han dominado la escena política en Nuevo León es abrumador; los supuestos escándalos públicos, una sociedad exigente con sus políticos y autoridades, y medios de comunicación locales con amplia capacidad de escrutinio cotidiano de los gobiernos.  La súbita epifanía de Jaime Rodríguez, aunada a su carisma y habilidad, lo convirtieron en un poderoso símbolo para dar curso a la inconformidad y a la indignación. De pronto, al renunciar al PRI, el exdirigente de la CNC se transformó en renovado ciudadano independiente y enraizó su base social de simpatizantes fundamentalmente entre los panistas lastimados por los malos gobiernos municipales albiazules y algunos priístas que se sintieron excluidos tras la definición de la candidatura de su partido. Con un lenguaje muy básico, casi religioso, y sin mayor sofisticación ideológica, Rodríguez logró muy rápido lo que no pudo hacer el disidente panista Fernando Elizondo y pronto llegó al segundo sitio de las intenciones de voto. La desmemoria social y la sorprendente reconvención del ahora expriísta, aunadas a un persuasivo mensaje y a un extraordinario manejo de redes sociales, blindaron al recién converso ciudadano.

Pero la realidad ha cambiado para el candidato independiente; finalmente se encontró con su pasado. Los golpes autoinfligidos hicieron que la máscara sucumbiera ante la verdadera persona. El primero, fue haber presentado una declaración patrimonial con inexcusables omisiones que mostraba un acrecentamiento inmobiliario asociado a sus responsabilidades públicas; el segundo, se lo dio al negar públicamente un pasado de violencia familiar sobre la que fue cuestionado en el debate convocado por El Norte. Su intento de exculparse lo ha llevado al enfrentamiento con los medios de comunicación que reportan la realidad y no se le someten.

Para la candidata del PRI, la decisión de presentar un tema tan delicado ante una audiencia integrada por el Consejo de ese diario, fue muy difícil. El dilema: silencio complaciente – como muchas veces sucede – frente a la evidencia de antecedentes de golpeador de mujeres o encarar los hechos con el riesgo de incomprensión por la absurda creencia de que la violencia familiar debe quedarse en la profundidad del clóset, a pesar del daño, del horror y dolor que la acompañan. La candidata hizo lo correcto. Entendió que callar era  una forma de complicidad. Como mujer, estaba obligada a denunciarlo en cuanto lo supo.

El candidato tuvo oportunidad de reconocer lo ocurrido, de explicarlo y, ¿por qué no?, hasta de pedir perdón; pero resolvió  invocar una conspiración. Optó por el fácil expediente de la negación que siempre le había funcionado durante su larga etapa de militante priísta, hasta aquella inesperada pregunta de la joven antagonista, excorreligionaria, ahora en competencia electoral. Ahora la campaña del aspirante independiente transitará por difíciles semanas, a contrapelo de lo que ocurría antes de ser exhibida su incongruencia y su inocultable rechazo hacia todo lo que no se doblega a su paso, ya sea una líder de mercado, una competidora que lo exhibe o un medio de comunicación que le critica. La ágil seducción opositora devino en llana vulgaridad.

La supuesta independencia concede un generoso bono de aprobación, como se ha visto en Nuevo León hasta hace unos días, sin embargo, por lo divulgado recientemente en los medios acerca del patrimonio de Jaime Rodríguez  y por su poco convincente respuesta,  apareció el verdadero DNA priista del supuesto ciudadano independiente y es probable que algunos de sus seguidores empiecen a dudar de su probidad y autenticidad. El mismo día del debate, al término de éste, la exesposa del candidato se presentó a la televisora de Multimedios y durante una desgarradora entrevista aseguró que la razón de su divorcio fue la violencia y los golpes que le propinó su entonces marido frente a la hija de ambos. Declaró que su denuncia pública es una reacción ante la mentirosa respuesta que Jaime Rodríguez dio a los miembros del Consejo editorial de El Norte.

La violencia intrafamiliar es uno de los problemas más graves de la sociedad moderna y afecta por igual a ricos, pobres, iletrados o ilustrados. La agresión a la pareja, casi siempre contra la mujer, no es una falta, es un delito, pero por ser bochornoso, el tema no es abierto. Muchas mujeres la soportan por su situación de dependencia o por el temor de encarar rechazo social o señalamiento, lo que propicia que este tipo de conductas se reiteren y lleguen a excesos que pueden poner en riesgo la vida.

La violencia intrafamiliar debe ser reconocida como un gran problema social y todos debemos exigir acciones para erradicarla. Lo más importante es abatir la impunidad; que las agresiones queden al descubierto y que el cobarde sea expuesto. En tal sentido, lo que acontece en Nuevo León es un caso ejemplar de didáctica social; una lección desgarradora que finalmente poco tiene que ver con la circunstancia política o con la disputa por un elevado cargo. Lo realmente relevante es provocar que la herida moral que deja este delito quede en evidencia y signifique una severa sanción social frente a la recurrente e inexplicable impunidad del actual régimen de procuración de justicia.

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