Peter Huber: “La venganza de Orwell”, 1984


Liébano Sáenz

Nuestra época, deudora de la especialización, ha privilegiado los moldes rígidos para la literatura: ficción y no-ficción; novela, cuento, poema o ensayo, y ya brotan nuevas clasificaciones en la delirante cultura de hoy, con lo cual tenemos finalmente, como resultado de tales ingredientes, la emergencia de un lector domesticado para el consumo.

El libro que nos ocupa, publicado en 1994 y que constituye el noveno título del reto que Mark Zuckerberg propusiera a principios de este año, provoca el escándalo de las formas bien definidas, pues todo él es un centauro que alterna géneros distintos de escritura. Pero la provocación no acaba en la forma, pues la idea central de este libro se resume básicamente así: Orwell estaba equivocado; su propuesta en 1984 está mal construida desde la raíz. ¿En qué se equivocó?: en sus temores respecto del progreso tecnológico como comparsa del totalitarismo, afirma Huber. Para demostrar este punto, el autor confecciona un texto que alterna la ficción y la no-ficción o, para decirlo con más precisión, la novela y el ensayo. Gran conocedor de Orwell, Huber se ha valido no sólo de una lectura metódica de su obra sino de técnicas computarizadas que la lingüística puso de moda hace unas décadas, tales como la estadística de la frecuencia de determinadas palabras. Así, el autor nos descubre que la palabra clave de más frecuencia en 1984 es “pantalla” (“telescreen” o “screen”) con 119 apariciones, incluso más que “Gran Hermano” con 74. Recordemos que en 1984 esta pantalla habita en todos los cuartos y talleres, permanece prendida todo el tiempo, transmitiendo y recibiendo imágenes a la vez: propaganda y espionaje se unifican en un aparato que cualquier miembro que no forman parte de la cúpula dirigente, no puede apagar y desde la cual el Gran Hermano observa.

Mucho le desagrada a Huber la idea de la pantalla de Orwell, dotada de ubicuidad y que materializa al espía tecnológico que hace posible el control absoluto del Gran Hermano.

Considera que esta idea se ha visto desmentida tras la muerte del también autor de La rebelión en la granja, quien carecía de conocimientos tecnológicos precisos y para quien toda tecnología, desde la radio hasta el cine, terminaría por convertir a los humanos en seres irracionales, para decir con Orwell mismo, “mentes embotelladas”. Huber lamenta que Orwell no sea claro respecto del funcionamiento puntual de su pantalla, ni de cómo se conecta o cómo se selecciona la vigilancia.

En mi opinión 1984 no pretendió ser una proyección científicamente avalada –empresa por demás imposible– de nuestras sociedades en el futuro. Es, ante todo, literatura: el arte contiene intuiciones, nunca explicaciones. ¿Qué significa, sin embargo, que desde su aparición se le haya considerado como profecía? Parece ante todo un fenómeno sintomático del nivel de reconocimiento que los lectores han podido experimentar en su entorno social como miembros del gran aparato moderno que es el Estado.

Huber apunta que logísticamente sería inverosímil un nivel de control semejante al del Gran Hermano en nuestras sociedades modernas, sencillamente por la cantidad de personas que habitan un país. A decir verdad, puede que tenga razón, pero no por eso hace desaparecer el problema de fondo: la tecnología como modulador de ideología o como abierta herramienta de espionaje, control y castigo.

En este sentido algunos críticos han señalado con preocupación la creación de cédulas de identidad ciudadana basadas en la recopilación de datos escaneados del iris de los ojos. De esta forma la recopilación de datos biométricos a gran escala es otra modalidad de dispositivos informáticos y de vigilancia tecnológica inteligentes en constante evolución, que están programados para la identificación, monitoreo y seguimiento de bancos de información. Sin embargo su funcionamiento se ha visto detenido en buena medida por la oposición ciudadana y es un caso que merecería mayor reflexión. En efecto, si la tecnología (o tecnociencia como quieren algunos) no se ha convertido aún en la injerencia abierta y brutal del poder, ha sido por los límites políticos, como lo reconoce el mismo Huber: “A medida que la maquinaria gubernamental crece, sus fines se tornan menos rígidos… Significa que en los países en los que ya existe una fuerte tradición liberal arraigada, la tiranía burocrática tal vez nunca pueda completarse.”

En el siglo XXI y en Occidente ya no tenemos la “tiranía burocrática” a la antigua, donde uno se encuentra constantemente vigilado y tiene que acatar al pie de la letra la orden superior; el poder ha devenido algo más sutil y engañoso: nos provee de un imaginario de la libertad de elección a la vez que delimita al deseo.

No pasemos por alto que Mark Zuckerberg recomendó el libro de Huber. La asociación es demasiado obvia como para ignorarla. La tesis de Huber es: tecnología no es igual a vigilancia. Facebook es discutiblemente el dispositivo tecnológico de mayor alcance y prestigio en la actualidad. Por lo tanto, Facebook no es igual a vigilancia. ¿Por qué entonces cinco países como Francia, Bélgica, Alemania, Holanda y España iniciaron a principios de 2015, bajo el auspicio de la Comisión Nacional de Informática y Libertades francesa, una investigación en su contra sobre irregularidades en el manejo y protección de datos personales? En una iniciativa similar, Google fue sancionado por “vulnerar gravemente los derechos de los ciudadanos” y se le impuso una multa de un millón 23 mil dólares. Y en Europa, desde 2014 los buscadores como Google tienen la obligación de eliminar de sus listas de resultados aquellos enlaces que violen ciertos derechos de un ciudadano, a petición de éste, debido a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Muchas veces le ha correspondido a la literatura develarnos aspectos de nosotros y la sociedad que habitamos y que permanecen como puntos ciegos para el análisis.

No busquemos en 1984 una radiografía de nuestros tiempos, pero sí una profunda intuición de la omnipresencia del poder con la que sueñan algunos Estados modernos. El subtítulo del libro de Huber es la palabra griega “palimpsesto”, de donde entendemos la invitación a borrar, deshacernos, sobreescribir la distopía orwelliana. Así, borrada la memoria de 1984, hemos de escuchar la propuesta de Huber que viene a ser algo como una denegación bastante elaborada. ¿Los palimpsestos no fueron siempre denegaciones?

La relectura de Huber sobre Orwell es una clara muestra del pensamiento posmoderno que se preocupa más por las formas que por el fondo, anclado más en el prejuicio que en el juicio, en lo inmediato que en lo trascendente. Las redes sociales tienen todavía mucho que demostrar sobre sus bondades. Finalmente entre orwelianos te veas la duda permanente del poder y el control sobre la sociedad de información o es una utopía o una espada de Damocles. He allí la verdadera venganza de Orwell.

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