El expresidente Calderón en Nuevo León


Liébano Sáenz

Para muchos no resulta fácil asimilar el activismo político de Felipe Calderón. Quizá se debe a que está estableciendo un nuevo precedente en el comportamiento de quienes han sido jefes de Estado. En realidad, el expresidente regresa a su origen, al trabajo partidario y a un sentido de lucha política enmarcado en  las elecciones.

Esta actitud tiene más aristas positivas que negativas. Lo primero es asimilar la plena e inalienable libertad de toda persona para ejercer sus derechos políticos. Si bien es cierto que en México es una tradición que quien ha llegado a la más elevada responsabilidad, mantenga después una presencia política de bajo perfil, ello no  cancela su derecho a seguir participando en los términos que considere más convenientes, sea en el ámbito de la academia o en el de los organismos internacionales, la empresa o la política.

El tránsito del poder presidencial a la vida ciudadana común es complicado. La intensidad y la adrenalina propias de aquella responsabilidad generan un vacío, pero también una oportunidad para realizar proyectos pospuestos o deseables. Hay quienes se hunden en la nostalgia o en la obsesión de reescribir la historia, otros plantean su reinvención. En el caso del expresidente Calderón, su actitud puede interpretarse como el regreso a los orígenes, a la promoción y defensa de la misma causa, aunque en otra circunstancia y ese derecho es irrefutable.

No es fácil. El agravio puede hacerse presente. No es el caso del ex presidente Calderón, de quien juzgo puede caminar con reconocimiento y respeto por todos los rincones de la tierra que gobernó. Los saldos de la gestión allí están, el balance a muchos nos parece favorable. En los momentos de contienda, su presencia y la de Margarita Zavala es un estímulo valioso a la moral en la lucha de los correligionarios para ganar el voto.

En el terreno de la contienda inevitablemente se ingresa a la controversia. Pese a los golpes que llegan, la autoridad moral, el conocimiento y la experiencia que acompañan al ex mandatario Calderón, pueden ser cruciales para la causa partidaria. Así se evidenció en la gira que realizó en días pasados por Monterrey, donde con toda claridad expuso lo que piensa del candidato, ahora independiente, Jaime Rodríguez, El Bronco, un político formado en las filas priístas, partido en el que militó desde tiempos de Carlos Salinas de Gortari hasta hace unos meses.  El ahora converso ciudadano ha expresado que ya independiente, simpatiza con propuestas tan controvertidas como la de armar a la población para resolver el problema de la inseguridad, posición presentada en el Primer Encuentro Nacional de Autodefensas del 28 de mayo de 2014.

Para Felipe Calderón debe resultar traumática la pasividad del PAN y la de su candidato Felipe de Jesús Cantú, frente a un planteamiento de tal naturaleza, de hecho, lo sería para cualquier mexicano de bien. Calderón sí alcanza a advertir la amenaza que se cierne sobre la zona más próspera de México, por cierto, la que supo en su gestión y con su apoyo al mandatario local y a todos los municipios de Nuevo León, dar la vuelta al horror de la barbarie que impuso el crimen organizado. El exhorto del expresidente es de alerta, precisamente porque la base electoral del expriísta Jaime Rodríguez es la misma que la del PAN, las clases medias indignadas con el PRI y su gobierno.

No fue trampa, pero Jaime Rodríguez actuó para volverla tal. La salida para el candidato era menos complicada: podría haber polemizado con los señalamientos del expresidente, quizá cuestionar su gestión presidencial e incluso hacer un llamado al comedimiento derivado de su investidura pasada. Pero no, la respuesta agresiva, majadera y provocadora de El Bronco definió el ataque e hizo evidente la falta de tolerancia y de sentido político del expriísta. La reacción de Jaime Rodríguez al ser comparado con Hugo Chávez por el expresidente, hizo que el calificativo le quedara corto. Además, el insulto proferido por el Bronco vulneró uno de sus mayores soportes: la base social proclive al PAN, la que tiene, por cierto, muy buena opinión del expresidente Calderón.

En algún sentido, el expresidente Calderón coincide con la postura del ahora candidato ciudadano en lo que se refiere al agotamiento o crisis del actual sistema de partidos y las candidaturas independientes. Sin embargo, para quien ha dirigido al partido opositor al PRI, debe ser difícil aceptar que, en el afán de ganar el cargo y con todo lo que ello implica, un político de larga trayectoria priísta usurpe el sitio privilegiado de la candidatura independiente diseñada, en teoría, para los políticos sin trayectoria partidista o, idealmente, para ciudadanos que aspiran al poder político.

La realidad es que el error ha tenido su costo. La sorprendente carrera ascendente de Jaime Rodríguez en las intenciones de voto no solo se ha frenado sino que, por primera vez, va a la baja. No es lo mismo ser vehículo para la indignación y la inconformidad que el ser evaluado por sus conciudadanos como posible futuro gobernador.

El sentido de misión del expresidente Calderón prosigue y por mucho trasciende la disputa a la gubernatura del estado norteño. No debe estar cómodo con la dirección de Gustavo Madero pero ha entendido que lo mejor para él es hacerse presente en un momento crucial para su partido y para muchos de sus candidatos.

Hay una idea de los motivos que inspiran la actuación partidista del expresidente. Sí, la lucha electoral le da el cobijo de los afines, pero para algunos, un ex presidente, por lo que es y por lo que representa, es mucho más que un activo partidario, es un actor relevante y el testimonio viviente de un periodo histórico de México; para El Bronco, el expresidente Calderón ha resultado ser su talón de Aquiles. La confianza y la soberbia le han complicado el camino. Al menos ahora habrá de quedarles claro a muchos en Nuevo León que la inconformidad no les puede llevar a una opción incompatible con lo que anhelan y aspiran.

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