El nuevo Jim Crow


Liébano Sáenz

Michelle Alexander nos muestra, en la décima propuesta del reto de Mark Zuckerberg The new Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, que siguen siendo vigentes las grandes divisiones raciales, generando amplios costos sociales en las políticas de justicia de los Estados Unidos. La abogada y defensora de los derechos humanos expone el sinuoso camino por el cual la propaganda envuelve a la discriminación y las políticas racistas encubiertas trastocan el ideal de la justicia del sueño de vida americano.

El objetivo de este texto es explícito: demostrar que los Estados Unidos –ciudadanos y gobierno- se equivocan al creer que la discriminación racial o un daltonismo cómodo específicamente contra los negros, es cosa del pasado.

La discriminación racial sistémica en Estados Unidos es, en opinión de Alexander, una vuelta muy comparable con las leyes segregacionistas de Jim Crow, promovidas desde la segunda mitad del siglo XIX, que sistematizaban un número de desventajas económicas, educativas y sociales para la población afroamericana. Concretamente, el libro busca difundir información que permita eliminar la encarcelación masiva contra las comunidades de negros.

Este libro no es para todos. La autora expresa haberlo escrito para aquellos a quienes “les importa profundamente la justicia racial pero no tienen idea de la magnitud de la crisis enfrentada por las comunidades de color como resultado de la encarcelación masiva”.

La información que proporciona Alexander se da en dos direcciones: testimonial y estadística. Como muestra de la primera podemos ver que Jarvious Cotton no puede votar. Su historia se convertiría en el inicio mismo de la madeja de este libro. El árbol familiar de los Cotton cuenta la historia de varias generaciones de hombres negros que aunque nacieron en Estados Unidos les fue negada la más básica de las libertades que promete la democracia: la libertad para votar por aquellos que harán las reglas y leyes que gobernarán la vida de cada uno.

El tatarabuelo Cotton no pudo votar en tanto era esclavo; su nieto fue asesinado a golpes por el Ku Klux Klan por intentar votar, al padre de Jarvious le fue impedido votar por impuestos y por no cumplir con las pruebas de escolaridad. Hoy, Jarvious Cotton no puede votar porque, como tantos otros hombres negros en Estados Unidos, ha sido etiquetado como delincuente y, actualmente, está en libertad bajo palabra.

Casos como el anterior llevan a la autora a criticar la democracia estadunidense: indica que desde los mismos padres fundadores hasta el presente existe la intención de segregar a los negros de la ciudadanía.

La joven profesora de la Universidad Estatal de Ohio defiende el punto de que el racismo ha mudado de modalidad: en la actualidad no se segrega por el color de piel en general, sino que el sistema judicial estadunidense se encarga de producir estereotipos donde el negro es un criminal y, por lo tanto, la segregación queda validada por la justicia.

Como resultado, el negro que es etiquetado como criminal, a su vez, es discriminado de las mismas formas en que antes se discriminaba a un negro por el simple hecho de serlo: discriminación laboral, hogareña, prohibición de votar, exclusión de servir como jurado, impedimento de conseguir ciertos alimentos o bienes, entre otras muchas restricciones como ciudadanos.

Hay estadunidenses que dicen que la guerra contra las drogas (War on Drugs) en Estados Unidos es una justificación para poner a los negros “en su lugar”, es decir, en prisión. A pesar de que esta idea suena exagerada, la autora hace las siguientes anotaciones:

La versión oficial dice que la guerra contra las drogas inició a raíz de la difusión mediática de la crisis “crack-cocaine” en los 80. El entonces presidente Ronald Reagan decretó esta guerra contra las drogas en 1982. El gabinete de Reagan contrató publicistas que se concentraron en popularizar este tema para ganar simpatías por la causa de esta guerra. Así, los medios fueron inundados de los estereotipos de la prostituta, el desempleado e incluso del bebé adicto al crack, pero todos ellos eran invariablemente negros. Se llegó a decir que la misma Agencia Central de Inteligencia (CIA) distribuía la droga en los vecindarios pobres para exterminar a los negros.

En 1998, la CIA reconoció que bloqueó investigaciones sobre redes ilegales de venta de droga provenientes de Nicaragua, cuyos destinatarios eran comunidades negras de escasos recursos. Lo cual equivale a decir que la agencia colaboró en la destrucción de las comunidades negras al obviar el paso ilegal de las drogas. Sin embargo, la CIA no asume las responsabilidades derivadas de estas acciones.

Para nuestra autora el impacto de la guerra contra las drogas ha sido sobrecogedor, sobre todo porque, en menos de 30 años, la población de los penales de Estados Unidos aumentó de 300 mil a más de 2 millones, de los cuales la mayoría están en prisión por delitos contra la salud y tráfico de drogas. Como resultado, actualmente, Estados Unidos tiene el mayor índice de encarcelación en el mundo. Ningún otro país encarcela un porcentaje tan alto de su población negra, ni Sudáfrica en lo más álgido del apartheid.

La autora argumenta que este porcentaje de encarcelamiento de negros no puede ser explicado con relación al mercado de las drogas, pues se ha demostrado que personas de todos los orígenes raciales usan, consumen y venden drogas.

El resultado de semejante cantidad de negros con antecedentes penales es la discriminación que sufrirán una vez libres, pues el estigma de ser criminales difícilmente podrá ser superado.

Alexander considera que el hecho de que el presidente Obama haya llegado al poder no es algo positivo para resolver esta problemática, pues la población más afectada por el sistema de justicia –los negros- puede ser susceptible de un engaño poderoso; el que un negro habite la Casa Blanca no significa que el problema racial ha acabado.

En la gran mayoría de sus discursos, Obama pretende incluir negros, estudiantes, militares, migrantes, amas de casa, intelectuales, jóvenes y viejos en una estrategia con miras interraciales e intersociales y cuya apariencia de homogeneidad y proximidad minimiza los problemas estructurales del racismo y el clasismo.

En opinión de Alexander, se ha exagerado la importancia que tienen individuos exitosos dentro de las estructuras de poder y, por lo tanto, se ha demeritado el llamado a una completa restructuración de la sociedad estadunidense. Ahora, parece que el problema debe ser resuelto por los tribunales de justicia, en la casuística, o por el Presidente. Pero Obama, por sí sólo, no es suficiente. Entonces ¿Quién debe actuar en contra del sistema de justicia y del racismo actual? La comunidad negra, en tanto grupo, responde la autora.

Ahora, en Estados Unidos, hay una forma más eficiente de discriminación: el sistema penitenciario, que es una forma única de control social. La cárcel ha reemplazado a la esclavitud y a las leyes de Jim Crow. Así el libro El nuevo Jim Crow es un alerta decidida para el sueño insensible de los pobres, desposeídos y marginados.

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