La política y sus tiempos


Liébano Sáenz

La transición democrática gradualista, fundada en la desconfianza ha hecho del sistema electoral un régimen sobreregulado, burocrático y elevadamente costoso. México es modelo en lo que a eso se refiere; la democracia electoral es realidad y eso es lo que importa, pero ésta se acompaña de una normatividad excedida y de principios válidos en el papel, pero ajenos a la realidad y al sentido común. Con la ilusa pretensión de equidad se han resuelto muchas cosas indebidas, una de  las lecciones del triunfo de los independientes es que se puede ganar sin tener que recurrir a las ofensivas prerrogativas.

En estos tiempos, varias figuras relevantes de la vida política han expresado interés y determinación de alcanzar la candidatura presidencial para 2018. Margarita Zavala, Miguel Ángel Mancera, Rodolfo Neri Vela, Andrés Manuel López Obrador, e implícitamente Enrique Alfaro y Jaime Rodríguez son prospectos adelantados. Como es de esperarse, surge la polémica porque marca un inicio de la competencia. Algo semejante ocurre en el Distrito Federal: Ricardo Monreal dice buscará la jefatura de gobierno como candidato de Morena y hay quien ha señalado que Xóchitl Gálvez hará lo propio por el PAN.

Porque implica competencia el anuncio de Margarita Zavala ha sido tomado con hostilidad por algunos panistas relevantes. Se invoca que es prematuro el aviso, aunque las reacciones adversas se deben a las preferencias encontradas. Las candidaturas son un terreno de disputa; las circunstancias son las que determinan que esto ocurra. A menor institucionalidad y cohesión partidaria, mayor la libertad y liberalidad de los miembros de una organización para expresar su pretensión. Ahora la amenaza que subyace es que existe la opción de las candidaturas independientes. En este supuesto no hay restricción organizacional que guardar, sólo administrar los tiempos y las responsabilidades con la legítima aspiración.

El Presidente Peña Nieto en su carácter de Jefe de Estado ha dado la bienvenida a lo acontecido y con acierto lo deriva a los nuevos tiempos de la democracia; por su parte el Presidente del INE, Lorenzo Córdova se ha escapado de la inercia legalista y anticipa que no son actos anticipados de campaña sino expresiones propias de la política. Ricardo Anaya, quien de manera concurrente anunció su pretensión por la dirigencia nacional del PAN y quien también podría contender por la candidatura, con destreza dijo que en caso de ser el dirigente, le aseguraría a Margarita Zavala, como a cualquier otro que así lo pretendiera, piso parejo en la competencia interna.

Efectivamente, los tiempos de la política los definen las circunstancias. El partido gobernante, el que sea, tiene mayores responsabilidades y posibilidades  de institucionalidad derivado del liderazgo del Presidente. Basta recordar que la acción anticipada por la candidatura presidencial de Felipe Calderón, entonces Secretario de Energía del gobierno de Vicente Fox, le costaría el cargo y una ola de censura de y desde la cúpula, infructuosa porque habría de ganar la candidatura frente a la competencia de Santiago Creel, quien tenía el apoyo del Presidente y que contaba con adhesiones importantes.

Por lo mismo, en el PRI es natural la espera y será ya muy entrado 2017 cuando se perfilen nombres y el procedimiento para la designación. Las acciones de Peña Nieto muestran pragmatismo y apertura en procesos de tal naturaleza, no anticipa tiempos; además, no se excluye una recomposición de parte del gobierno, independientemente, de que habrá un nuevo dirigente nacional y nuevos gobernadores del tricolor. Así, el PRI mantendrá su unidad, elemento fundamental para que el gobierno federal, el Congreso y los gobiernos locales afines cumplan su responsabilidad al margen de las vicisitudes propias de la política electoral.

Morena tiene resuelta la candidatura presidencial y la del DF oscila entre Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal. Sólo una cuestión de fuerza mayor impediría que Andrés Manuel López Obrador sea candidato presidencial por tercera ocasión.

En el PAN persisten como prospectos Gustavo Madero, Rafael Moreno Valle y Margarita Zavala. No debe perderse de vista a Ricardo Anaya quien es uno de los valores jóvenes más destacados en la política. En el contexto de la competencia sería un error del PAN excluirlo por razones de ortodoxia, como también lo sería en el PRI excluir a quien fuera dirigente. En todo caso, los partidos deben asegurar a los candidatos más competitivos y representativos de sus respectivas organizaciones y que puedan concitar apoyo al exterior, además de unidad interna.

Precisamente la unidad en la coalición gobernante PRI, PVEM y Nueva Alianza permite al Presidente mantener el liderazgo de su gobierno y en su partido. En la democracia la unidad permite sobrellevar los nuevos tiempos de la política. En 2016 habrá elecciones de gobernador en 12 estados y en 2017 comicios de gobernador en el Estado de México. Esto es, mientras que para los demás partidos los tiempos se les vienen encima, en el caso del PRI todavía hay mucho por procesar y resolver.

En dos temas fundamentales, seguridad y economía, el gobierno del Presidente Peña Nieto tendrá logros crecientes en la segunda mitad de la gestión, esto y la unidad política en torno al mandatario le da un margen de maniobra en la sucesión mayor al de sus dos inmediatos antecesores. Para el presidente, no solo es un tema de prospectos, sino una circunstancia que permite manejar la sucesión al margen del arrinconamiento que se advierte en el PAN y el PRD o de definiciones como ocurre en Morena o Movimiento Ciudadano.

Por una mala ley electoral persiste el problema de los actos anticipados de campaña. Una aplicación rigorista de la norma excluiría todo anuncio y actividad con miras a obtener un cargo. La opinión del Presidente del INE importa, pero no tiene valor legal. Será tema de que el mismo órgano electoral o el Tribunal Electoral determinen los criterios bajo los cuales, quienes busquen ser candidatos puedan ejercer derechos sin riesgo de sanción judicial. Los tiempos de la política muestran que la ley y la realidad deben ir de la mano y no, como con frecuenta ocurre, que la ley se imponga a la realidad y al sentido básico de la política.

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