“Sapiens: una breve historia de la humanidad”


Liébano Sáenz

Era julio de 1969. El ser humano, por primera vez, había llegado a la Luna. El momento en que Neil Armstrong pisó la Luna siempre será recordado como una de las mayores conquistas de la humanidad. A la par, la invención de la rueda, la electricidad o el Internet pueden ser catalogadas como proezas inaugurales del ser humano. Sin embargo, no todo lo que hemos hecho como especie es digno de ser alabado. En ocasiones, hemos cometido errores o actos lamentables. La tortura, la bomba atómica, la quema de libros o el genocidio constituyen yerros graves en nuestra historia. Contraviniendo con ello una idea simplista de la evolución humana.

Desde mi perspectiva, la intolerancia es el punto clave para explicar los actos de barbarie. Como especie, en muchas ocasiones, nos ha costado trabajo aceptar el pensamiento de los demás. Así, podemos recordar los discursos discriminatorios e intolerantes del nazismo, en Alemania, o el Ku Klux Klan, en Estados Unidos que desembocaron en el exterminio de miles de personas por el por el simple hecho de practicar otra religión, tener un color distinto de piel o practicar costumbres o tradiciones distintas. Y penosamente este tipo de discursos no han quedado en el pasado, siguen vigentes y se reproducen cotidianamente en la cultura.

En la doceava entrega del reto de Mark Zuckerberg, el autor israelí Yuval Harari, en su libro Sapiens: una breve historia de la humanidad nos dice que el genocidio es una práctica muy antigua. El primer acto genocida, sostiene este autor, tuvo lugar hace miles de años cuando convivían juntos los Homo sapiens y los Neandertales.

El libro de Harari, publicado en 2014, afirma que la tolerancia no es una marca registrada del Homo sapiens. En el mundo moderno, se han perpetrado los peores actos de violencia por cuestiones irracionales como se ha señalado. Parecería que los sapiens habrían acabado con los Neandertales hace miles de años. Según Harari, los Neandertales eran demasiado similares a los sapiens para ignorarlos, pero, también, demasiado diferentes como para tolerarlos. Así, el fin de los Neandertales podría constituir la primera “limpieza étnica” perpetrada por los sapiens.

Pero Harari, siguiendo el método contrafactual de Max Weber, se pregunta: ¿Qué habría pasado si los Neandertales hubieran convivido de manera pacífica con los sapiens? ¿La Biblia habría dicho que Adán y Eva eran Neandertales? ¿Karl Marx habría llamado a todos los pueblos sapiens y Neandertales a unirse para combatir al Capital? ¿Un Neandertal habría sido el primero en pisar la Luna? ¿El Presidente de Estados Unidos sería sapiens o Neandertal? Tal vez, si estas dos especies hubieran convivido juntas, los sapiens habríamos aprendido, hace miles de años, a tolerar al prójimo, a respetar al diferente, al Otro.

Harari, al final del texto, basándose en diversas investigaciones científicas, asegura que los seres humanos, en un tiempo no muy lejano, conviviremos con otra especie diferente del Homo sapiens, es decir, tendremos que coexistir con otro tipo de humanos. La tolerancia, en ese momento, deberá ser el pilar de nuestro comportamiento, basada en la comprensión de que somos un animal más. Necesitamos extraer de nuestro pensamiento la idea antropocéntrica del mundo, pues al igual que los chimpancés, los leones y las jirafas, los seres humanos poseemos instintos, evolucionamos, nos reproducimos y, tal vez lo más importante, somos muy vulnerables a la naturaleza.

En Sapiens, el autor, en todo momento, sostiene que los seres humanos somos un animal más. Pero, a diferencia de otras especies, los Homo sapiens nos distinguimos por poseer un lenguaje especializado que nos ha permitido representar la realidad y explicar cuestiones abstractas. Por ello, los seres humanos, afirma Harari, hemos podido conceptualizar la existencia de dioses o establecer un sistema económico basado en la ficción del dinero. A diferencia de los gorilas, por ejemplo, los Homo sapiens somos capaces de creer en los derechos humanos o de estremecernos ante una obra de teatro.

El lenguaje, sostiene Harari, es lo que permitió a los Homo sapiens sobrevivir ya que los Neandertales, afirma el autor, no desarrollaron una forma de comunicación tan especializada y, tal vez, por esa razón se extinguieron. Así Harari enfoca sus esfuerzos de síntesis, dando como resultado la siguiente periodización histórica de lo que él llama las tres grandes revoluciones de la humanidad: 1) la Revolución cognitiva, hace 70 mil años; 2) Revolución agrícola, hace 12 mil años, y 3) Revolución científica, hace 500 años. En todas ellas el lenguaje nos ha permitido construir conocimiento y, por ende, desarrollar la ciencia y la tecnología. Harari afirma, en este sentido, que la última gran revolución importante en la historia de la humanidad fue la Revolución científica. En ella, se privilegió el papel de la razón y, posteriormente, se desarrolló la tecnología. Surgieron las grandes fábricas, los automóviles, las naves espaciales, el Internet y las redes sociales.

Ahora bien, ¿qué transformó preeminentemente a la industria moderna? El tiempo, responde el autor. La línea de producción inauguró una nueva temporalidad, la de la precisión. Las exigencias de la empresa, a diferencia de las del taller artesanal, implican medir la relación entre producción y tiempo para conocer la eficiencia, así como la división de las labores, que obliga a los ensambladores a no demorar el trabajo de los demás. Los trabajadores deben entonces llegar puntualmente, comer en un tiempo delimitado, así como dormir y trasladarse, todo en beneficio de la eficiencia. En efecto, el transporte público tuvo que modificarse de acuerdo a los nuevos requerimientos, y en 1784 se inauguró en Inglaterra el primer transporte con horarios precisos, ya ajeno a los tiempos veleidosos de la carreta. Como una avalancha, la nueva temporalidad de la fábrica llegó a las escuelas, al hospital, a las oficinas de gobierno y a las tiendas. Sin embargo, se carecía de un único criterio temporal, de modo que los trenes optaron por acomodarse a la hora que daba el observatorio de Greenwich. El resto es la historia moderna.

La gran pregunta es si después de la Revolución científica los seres humanos somos más felices. Al fin y al cabo, los grandes descubrimientos de los últimos siglos tuvieron la intención de hacer más práctica y feliz la vida de la humanidad. Harari concluye que los seres humanos no somos más felices que antes, la felicidad es sobre todo un estado bioquímico que heredamos de nuestros padres. La tecnología no está asociada con la felicidad. Los celulares, el Internet, las redes sociales o los automóviles no hacen más dichosa la vida. La tecnología sólo ha modificado nuestro estilo de vida, no nuestros instintos, ni satisfecho nuestros deseos.

Yuval Harari, con destreza, nos demuestra que seguimos siendo los mismos. En miles de años no hemos evolucionado. Estamos lejos de mejorar y, en ocasiones, con nuestras posiciones, parece que no avanzamos, permanecemos. Tal vez, un buen principio para cambiar puede ser aceptarnos como animales, como humanos falibles, con deficiencias y errores. Y recordar, en todo momento, como diría Nietzsche, que somos humanos, demasiado humanos. Una voz parsimoniosa lejana y distante sostiene, capítulo tras capítulo, la trama de este libro que como muestra palpable del discurrir de la humanidad, no como un proceso acabado, sino en permanente construcción y análisis.

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