Lecciones de Grecia


Liébano Sáenz

La política, la economía y la democracia avanzan bajo su propia lógica pero siempre con el riesgo latente de un desencuentro que puede encender los focos de alarma. La economía se impone sobre la política que, a su vez, tiene como marco a la democracia; sin embargo, ésta no necesariamente es consecuente con las decisiones de un régimen económico cada vez más global y que limita la soberanía de las naciones. A México ya le tocó padecer tal discordancia. Ocurrió  en las últimas décadas del siglo pasado y su costo – social y económico – fue muy elevado. Aún hoy, aunque con mucho menor acento, persiste por ahí la confrontación del discurso nacionalista con la visión global de la economía.

Algo semejante ha ocurrido en algunos países de Europa, donde hoy destacan las acciones a cargo de la izquierda partidista Syriza, en el caso de Grecia, y del movimiento alternativo Podemos, la izquierda ciudadana en España. Lo que estos panoramas revelan es un radicalismo que cobra fuerza a través de las urnas y en la definición de representantes y autoridades. En especial, Grecia ofrece lecciones que deben aprenderse y asumirse ante el incierto futuro propio de toda democracia y, particularmente en México, frente a la crisis del sistema de partidos y de representación. En primer término, hay que considerar que en nuestro país las expresiones alternativas no sólo vienen de los candidatos independientes, también proceden de líderes políticos que se sobreponen a las organizaciones que los arropan, como Enrique Alfaro en Jalisco, con Movimiento Ciudadano y de Andrés Manuel López Obrador con Morena.

El hispano Rafael del Águila, en su obra La senda del Mal, Política y Razón de Estado, hace referencia a las principales debilidades de la democracia actual puntualizando la actitud irresponsable que propicia el momento comicial al presentar al ciudadano una oferta política inviable, complaciente o demagógica. El ciudadano votante opta por ventajas y no por responsabilidades, a pesar de que son éstas la base de todo sistema político eficaz y funcional.

La realidad es que la democracia no es inmune a sus enemigos. Basta recordar que la expresión política más totalitaria capaz de colapsar una democracia fue la de Adolf Hitler quien, recordemos, ganó por la vía electoral. Un entorno de descrédito de la situación prevaleciente, como ocurrió con la República de Weimar, aderezado por una crisis económica, orilla a las democracias más consolidadas hacia salidas falsas y, en algunos casos, contrarias a los principios y valores del régimen democrático.

En Grecia, es sintomática la forma en la que la izquierda radical se hizo del poder, capitalizando la inconformidad con el desempeño de los gobiernos de los partidos tradicionales y, especialmente, por las dificultades económicas. Ni la Unión Europea ni su moneda resuelven la crisis y, mientras tanto, las dificultades estructurales de la economía griega refuerzan la errada expectativa de una salida sin sacrificio o costo social.

Las negociaciones entre el gobierno griego y la llamada Troika, integrada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, se rompieron cuando el gobierno griego rechazó la propuesta de reformas internas que condicionaban el tercer plan de rescate financiero. De manera sorpresiva, Alexis Tsipras convocó a referéndum para someter a votación las propuestas de austeridad planteadas en el memorando de entendimiento, entre ellas el incremento de impuestos, la disminución de los beneficios en pensiones, la privatización, la reducción del gasto público y, de manera implícita, el programa de pagos a la deuda. El rechazo a la propuesta de la Troika fue abrumador, aunque hay que advertir que el proceso fue tramposo si consideramos que la opción fue planteada como “sacrificio” versus “no sacrificio” aunque el dilema que enfrenta Grecia es en realidad el de “sacrificio cierto” contra “sacrificio incierto”. Así se demostró unos días después cuando el gobierno encaró el riesgo del colapso total de la economía griega de proseguir con fallo del referéndum.

El realismo económico no va de la mano de la política pero tarde o temprano  impone sus efectos. En este caso concreto, lo que está de por medio no es propiamente la economía griega sino la de la Unión Europea y la del sistema financiero internacional. Esto significa que una concesión mayor a Grecia dejaría un precedente perverso por los efectos frente al resto del sistema económico. En el caso de la UE, en dificultades análogas, aunque menos graves, están  Irlanda, Portugal, Chipre y España, países sujetos a memorando de entendimiento por la Troika, además de Italia que también ha tenido que aplicar acciones de austeridad.

Frente al ultimátum de los líderes de la Unión Europea, el gobierno de Tsipras se vio obligado a presentar una propuesta detallada de las medidas para resolver la crisis y dar solvencia a la economía. Se completó así una vuelta en círculo pues al final la oferta resultó prácticamente igual a la que fue rechazada en el referéndum del pasado domingo. La política y la democracia plebiscitaria, que corren por cuerda aparte, deben someterse al dictado de la economía, ya no como imposición externa sino como propuesta del mismo gobierno de izquierda. En estas horas se debate en el Parlamento (sin voto vinculatorio) la postura del gobierno griego y es previsible la fractura de Syriza, en cuyo caso el gobierno deberá recurrir a la oposición para reunir los votos necesarios.

En el sentido económico, no en el político, México está lejos del escenario que ahora se plantea en Grecia. Las severas lecciones de realismo económico domaron al ogro filantrópico y a las reformas noventeras para dar paso a propuestas actuales que permiten a la economía nacional pasar de una actitud defensiva a la acción relevante en la economía global. Sin embargo, las reformas y los cambios institucionales aún están en proceso de implementación y demandan una participación social todavía por verse. Las asignaturas pendientes tienen que ver con legalidad, con el abatimiento de la desigualdad y con la vigencia eficaz de la competencia económica.

El sistema de representación política irremediablemente tendrá que someterse a un cambio. La crisis actual no es coyuntural, es estructural. Los partidos deben transformarse profundamente, abrirse a la sociedad y convertir a los autoridades que llevaron al poder, en eficaces gestores  ciudadanos.

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