“Energía: Una guía para principiantes”


Liébano Sáenz

La desigualdad es uno de los grandes temas actuales de la agenda mundial. Así como en la primera década del siglo XXI los estudios en ciencias sociales se centraron en la transparencia, la rendición de cuentas y los llamados gobiernos abiertos, parecería que ahora la tendencia en el análisis es hablar sobre la desigualdad. El texto de Thomas Piketty, titulado El capital y la desigualdad en el siglo XXI, ha ayudado a que este debate se intensifique.

En su multicitado trabajo, Piketty nos confirma, una vez más, que la desigualdad es uno de los mayores problemas que enfrenta la humanidad. La tragedia se explica por sí sola: El 1 por ciento de la población mundial controlará, para 2016, más de la mitad de la riqueza existente. Está de más recordar que es una situación de inequidad, lamentable y caótica.

En este sentido, como humanidad, debemos preguntarnos cómo se debe solucionar la desigualdad. De manera errónea, hay quienes han sostenido que todo se resume a un problema de redistribución fiscal. Desde esta perspectiva, la solución consistiría en que el Estado, después de cobrarle impuestos a los más ricos, repartiera el dinero entre toda la población mediante gasto público y programas sociales. Sin embargo, no es tan sencillo.

Quienes afirman que todo se resuelve mediante una buena redistribución fiscal cometen un grave error, pues presuponen que la desigualdad es sólo un problema de concentración de la riqueza. En realidad, la desigualdad en el siglo XXI no sólo es económica. También hay desigualdad educativa, jurídica, tecnológica y de acceso a la salud. El Estado no sólo debe redistribuir de mejor manera el ingreso. Además, tiene que brindar las facilidades necesarias para cerrar la brecha educativa, garantizar la igualdad de todos ante la ley, proveer de servicios médicos de calidad y satisfacer las necesidades tecnológicas de su población.

En esta ocasión, en la décimocuarta entrega del reto “Un año de libros”, propuesto por el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, a principios de este año, hablaremos sobre un texto que, entre otras cosas, toca el tema de la desigualdad. Lo interesante es que aborda la problemática desde una perspectiva diferente, pues plantea que el mundo es desigual también en materia de energía.

El experto en temas energéticos Vaclav Smil, en su libro titulado Energía: Una guía para principiantes, nos revela que en el siglo XXI no todas las personas tienen acceso a la electricidad. Muchos países de África Subsahariana e Indochina, además de Nepal y la India, consumen muy poca energía. Por ejemplo, en países como Liberia, Chad y Burundi solamente el 5 por ciento de la población puede acceder a la electricidad.

En un mundo basado en el desarrollo tecnológico que se sustenta en la energía, resulta desproporcionado pensar en que hay personas que ni siquiera pueden tener un foco. Entiendo perfectamente que antes de dotar a las personas de cables y bombillas es necesario proveerles de alimento, vivienda, agua potable y salud.

Sin embargo, el texto de Smil nos muestra que el problema de la desigualdad es todavía mayor de lo que pensamos. No bastará con alimentar a la gente o con darles una casa. Además, si es que buscamos un mundo más igualitario, necesitamos garantizar el acceso a la energía. Un mundo donde no todos pueden tener electricidad es un mundo desigual, pues coloca a muchas personas en desventaja.

El texto de Smil sostiene que el tema del acceso a la electricidad no sólo es injusto porque limita a las personas. También lo es porque durante muchos años se nos ha dicho que los problemas ambientales, derivados del aprovechamiento de combustibles fósiles, es un asunto que atañe a “toda la humanidad”.

Vaclav Smil, en Energía, nos demuestra que, en realidad, las grandes potencias como Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia y Alemania son las que más energía consumen. Es un vicio político decir que es un problema de todos los países cuando sólo unos cuantos son los verdaderos responsables.

Tal vez lo más rescatable de Energía es, precisamente, que Smil responsabiliza a unos cuantos países de los problemas ambientales que enfrenta el mundo entero. El autor se pregunta: ¿Cómo podemos satisfacer la demanda energética del mundo y, al mismo tiempo, minimizar el cambio climático? Afirma, en este sentido, que la humanidad tiene dos opciones: Por un lado, debe regresar al proyecto nuclear. Los seres humanos necesitamos volver a producir energía eléctrica mediante plantas nucleares. Por otro, tenemos que invertir más dinero en el desarrollo y la comercialización de fuentes renovables de energía.

Vaclav Smil dice que durante los últimos años los proyectos nucleares en todo el mundo se han detenido. Según el autor, la paralización de la industria nuclear responde al miedo que genera esta fuente de energía. Los seres humanos quedamos con una gran incertidumbre después de los sucesos en Hiroshima, Nagasaki y Chernóbil. Nos angustian los proyectos nucleares. Sin embargo, Smil defiende a esta industria, pues nos recuerda que llevamos más de cien años de desarrollo tecnológico en materia nuclear y para él es un grave error tirar a la basura todos estos años de investigación científica.

Smil advierte que la industria nuclear se ha estancado por motivos de seguridad del Estado, ya que a varios países les inquieta la idea de que sus plantas nucleares sean objetivos terroristas. Para Smil, el desarrollo de la industria eléctrica y la solución de los problemas ambientales no pueden depender del pánico ante el terrorismo. Más bien, requerimos continuar con el avance de la industria nuclear y dejar en el pasado episodios traumáticos como el 11 de septiembre de 2001, por ejemplo.

El experto en energía sostiene que requerimos invertir más dinero en el desarrollo de energías renovables. Actualmente, es políticamente correcto decir que todo se debe generar con este tipo de energías. Sin embargo, científicamente es ingenuo este argumento. El mundo todavía no está preparado para satisfacer la demanda energética mediante fuentes renovables de energía. Requerimos años de investigación para lograrlo. Por ello, dice Smil, es necesario comenzar a destinar grandes cantidades de dinero a proyectos sustentables de energía. De lo contrario, el proceso será muy lento y difícilmente podremos sustituir con eficacia a los combustibles fósiles.

Además de contener una fuerte crítica a los problemas ambientales que enfrenta el mundo en el siglo XXI, Energía: Una guía para principiantes es un texto de divulgación científica, un libro que sirve como introducción al complejo mundo de la energía. El trabajo de Smil es un viaje insospechado a través de la vida y obra de grandes personajes como James Watt, James Prescott Joule y Thomas Alba Edison.

Desde una perspectiva interdisciplinaria, Smil nos enseña lo importante que es la energía en nuestra vida cotidiana. Con un lenguaje sencillo, el autor logra explicar complejos procesos geológicos, astronómicos y termodinámicos.

Desde mi perspectiva, Energía es un libro que todo aquel interesado en temas energéticos debería leer. La propuesta de Smil permite acercar las decisiones políticas a la ciencia. Cualquier político tiene como obligación principal tomar decisiones basándose en la ciencia, en los datos empíricos. La política energética no puede estar subordinada a los vaivenes de la demagogia y la discursividad política. Por el contrario, necesita construirse a través de argumentos científicos, realistas, pero también con base en claras decisiones culturales y éticas.

Aun así queda como una veta de análisis si de verdad no estamos preparados para satisfacer la demanda energética mediante fuentes renovables de energía o si intereses propios de la economía actual interfieren para lograr un auténtico desarrollo de las energías sustentables.

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