Innovar para gobernar


Liébano Sáenz

La sociedad contemporánea vive una auténtica revolución en comunicación. El tema no solo es tecnológico, sino fundamentalmente social. El motor del cambio no son los gobiernos, partidos o las grandes empresas tradicionales, sino el ciudadano-consumidor y el poder de la tecnología. Es la época de organizaciones exponenciales claramente diferenciadas de las tradicionales: su referencia es la tecnología, entender al consumidor; casi siempre son empresas de pocos activos y empleados y en su génesis está el talento creativo de su grupo fundacional, en muchos casos jóvenes excedidos en visión y cortos de capital.

Lo relevante es que la persona o el consumidor es el eje del cambio. El mercado adquiere nuevos referentes, medios y contenidos. Trastoca los negocios y también los hábitos de las personas como es el cambio en curso con los medios de comunicación electrónicos y escritos, así como la manera como nos informamos o convivimos.

Gobernar es comunicar y es dialogar. Es un ejercicio complejo, difícil y no existen formas únicas para ello. La audiencia pública es una tradición que preserva vigencia, pero sus alcances son muy limitados para una sociedad de masas. Los medios “tradicionales” son interlocutores válidos que comunican lo que el gobernante hace y dice en función de sus propias agendas editoriales. También, en su conjunto y pluralidad, de manera imperfecta dan voz a la sociedad. Su papel crítico al poder es insustituible, aunque también es imperfecto e insuficiente.

Hoy un medio administrado y manejado editorialmente por el Estado es impensable. Un diario, televisora o radio gubernamental es reminiscencia de un pasado. Es iluso asumir la neutralidad de la prensa o de las organizaciones mediáticas. También son actores con intereses y posturas ideológicas, están en su derecho. Lo más valioso es cuando en su interior hay código de respeto, un entorno de pluralidad editorial y libertad irrestricta de colaboradores como el que tenemos quienes colaboramos en Milenio Diario y Milenio Tv.

La comunicación digital llegó para quedarse y evoluciona de manera continua. Hay que entenderla en sus alcances y límites. Cada vez son más las personas que las adoptan, por ello no debemos confundir “rápido crecimiento” con “cobertura universal”. En las próximas semanas GCE presentará un estudio a nivel estatal y en 80 municipios y delegaciones sobre la materia, incluyendo conectividad, internet y uso de redes sociales.

También en días pasados el futuro gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez, ha anunciado que dedicará tres horas diarias de su tiempo personal a dialogar a través de Facebook, una de las redes sociales con mayor cobertura en el mundo digital. La sociedad digital no es toda la sociedad. Tampoco la opinión de los usuarios de redes sociales es hoy la opinión de todos los ciudadanos. No es cuestión de representatividad, es un asunto de democracia. La apertura y libertad propias de lo digital no deben confundirse con su democratización. Precisamente ese es uno de los problemas que existen en la actualidad. Los que hacemos uso regular de las redes sociales y que a través de éstas participamos en los asuntos públicos somos el equivalente a una minoría vociferante de una manifestación sobre Paseo de la Reforma o frente al Palacio de gobierno de cualquier ciudad. Al igual que aquellos con frecuencia nos arrogamos la representatividad del todo, incluso el anonimato invita al exceso y a la imposición.

Gobernar para la minoría sin advertirlo es error grave, hacerlo consciente de ello es una grosera manipulación de un mandato inasible, en todo caso allí están expedientes más transparentes y verificables como es el plebiscito o referéndum. Se puede gobernar con las redes, pero no por las redes, mucho menos para las redes.

El ejercicio de derechos –consumo, información, educación, comunicación, entretenimiento, participación y otros- cada vez estará más presente el paradigma digital cuyo potencial es enorme y desafía la imaginación. El problema es que su acceso no es igualitario, no lo es por la diferenciación cultural tecnológica claramente manifiesta en los segmentos de edad, pero tampoco lo es, y es lo más significativo, por razones económicas. Acceder al mundo digital está condicionado, entre otras cosas, por el poder adquisitivo. Tanto por el costo del dispositivo móvil o fijo, como por el acceso a internet. Abrir espacios públicos a la red debe ser prioridad de Estado en la que deben participar no solo autoridades, sino empresas y grupos sociales. GCE en breve presentará una iniciativa al respecto a operar en el corredor Reforma de proceder autorización de las autoridades.

Es encomiable y positivo que los gobiernos mejoren la calidad de su desempeño mediante el uso regular de los instrumentos y medios que ofrece la comunicación digital. El Estado debe ser promotor y regulador para promover la competencia y evitar el uso delictivo de la red o la intrusión a la privacidad, objetivo cada vez más difícil de asegurar, evidente hasta en los sistemas más sofisticados de seguridad de los países tecnológicamente más avanzados.

Efectivamente, se puede gobernar con la red, pero no para la red. Las autoridades tienen enormes vías de participación, gestión y comunicación con segmentos de la sociedad mediante el empleo de la red, pero hay que socializar el uso para no correr el riesgo de privilegiar a unos o consultar a los mismos o a los más vociferantes. Al igual que la educación, su introducción pública en las zonas más deprimidas o para los sectores sociales menos favorecidos puede tener un efecto igualador para que las personas puedan desarrollar capacidades y ejercer derechos en los entornos más adversos. Una comunidad remota puede carecer de camino y servicio eléctrico, pero la combinación de escuela e internet pueden hacer la diferencia en términos de bienestar. En congruencia con lo anterior, para 2016 GCE presentará propuesta de enlace satelital internet para las comunidades más remotas del país.

Gobernar requiere un ejercicio permanente de innovación. Está en las formas, en los métodos, en las técnicas y también en el fondo. Lo importante es la proximidad con la sociedad: explicar lo que se hace y para qué se hace y, también, desde luego, dar curso a la participación social y la consulta fina y eficaz de qué se quiere y cómo hacer mejor las cosas.

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