Los partidos: desacreditados pero imprescindibles


Liébano Sáenz

Vivimos una época con escasez de credibilidad y confianza. Desde hace tiempo prevalece un humor social, singularmente negativo, que afecta por igual a instituciones, empresas y organizaciones sociales. Aunque la familia, la escuela, el Ejército y la Iglesia encabezan la lista de instituciones más confiables, todas han perdido espacio en la percepción pública y social. Preocupa que de todas las instituciones, las más afectadas sean las vinculadas a la democracia: el Congreso y los partidos.

Los estudios en la materia así lo demuestran. Recientemente, Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), conjuntamente con el INFONAVIT realizó una investigación sobre cohesión social en las zonas habitacionales del Valle de México. El estudio fue presentado en el pasado Congreso Mundial de la World Association for Public Opinion Research, celebrado el pasado mes de junio en Buenos Aires. Las conclusiones son alarmantes; las personas no creen ni en sus vecinos.

Otro estudio, específicamente sobre la confianza, realizado para la CANACINTRA, GCE evaluó 70 instituciones, roles sociales, actividades y empresas para indagar el grado de confianza. Con muestra nacional y en las zonas metropolitanas de Guadalajara y Monterrey presenta conclusiones igualmente preocupantes: la gente confía poco (la ocupación de bombero es la más confiable) y del largo listado, los partidos políticos se encuentran en el sótano, por debajo de las muy desacreditadas policías municipales. (http://gabinete.mx/index.php?option=com_k2&view=item&id=416:encuesta-confianza-2015)

El problema se agudiza si consideramos que no puede haber democracia sin partidos políticos. Las candidaturas independientes no son solución; son necesarias porque salvaguardan el derecho a ser votado, pero no operan como articuladoras de la voluntad popular para traducirla en política pública. Lo sugerente, e igualmente negativo, de la candidatura independiente es que canaliza la esperanza de cambio hacia la persona y no a la institución.

El descrédito de los partidos no es un fenómeno nuevo. Recuerdo que Luis Donaldo Colosio recomendaba la lectura del libro Democracias Diferentes de T. J. Pempel, texto que de manera didáctica e ilustrativa abordaba el tema de los partidos dominantes y sus crisis. La idea fundamental es que en los  partidos con larga tradición de gobierno, la corrupción y el déficit de representatividad se vuelven sinergia y conducen a una crisis profunda.

Para el caso de México, podemos decir que el descrédito inició con el PRI y alcanzó tal grado que en el imaginario de muchos su derrota se volvió objetivo en sí mismo y requisito para resolver los grandes problemas nacionales. La alternancia y la diversidad en el gobierno extendieron el descrédito hacia el PAN y el PRD. Actualmente no hay partido libre de sospecha, ni siquiera las organizaciones de creación reciente. El problema es grave y, en mi opinión, tiene que ver con el proceso de partidocracia que se ha impuesto. Los alientos de democracia interna de finales de siglo para la selección de candidatos perdieron impulso. Ahora prevalece, desatinadamente, la tesis de que la democracia interna divide y debilita a los partidos; pero habría que reconocer que  también, sin democracia interna, los aleja de la sociedad y aliena sus bases sociales.

Identificar la génesis de esta crisis es misión compleja porque hay razones de largo tiempo y también las hay recientes. Entre las primeras están las dificultades estructurales de los partidos para abrirse a la sociedad, mientras que en las segundas destacan los cambios en la misma sociedad, algunos disruptivos como la comunicación digital, otros antisistémicos como las adicciones y algunos más antisociales como la presencia del crimen organizado y sus secuelas de violencia y sangre.

Hace tiempo que las dirigencias de los partidos y sus voceros asociados, los legisladores entre ellos, hablan mucho de cambio. Sin embargo, en la forma y en el fondo persisten formas tradicionales y convencionales que poco dicen a los electores de hoy. La verdad es que también se ha impuesto una pesada cuota de cinismo que impide reconocer problemas, debilidades y crisis. Se asume, de manera invariable, que los problemas son del otro, cuando en realidad los números de votos dicen que lo que más crece es lo antisistémico o lo que está fuera de lo convencional. No es que la sociedad o la mayoría democrática tomen esta postura, sino que la ven como vehículo para oponerse a lo que existe. Esta circunstancia explica en buena parte el éxito de algunas de las candidaturas independientes en las pasadas elecciones. Así, no podemos propiamente hablar de un voto a favor de la opción ganadora, sino de uno en contra del orden vigente.

Como tarea, los partidos están llamados a recuperar su cohesión institucional. Al interior del PRI hay condiciones privilegiadas dada su fuerte tradición presidencialista y por el sentido de unidad que representa y concita. El problema actual del PRI se ubica al exterior: su imagen es muy negativa hacia los sectores más dinámicos y hay poco aprecio público de lo mucho que ha hecho en su pasado, así como de las importantes transformaciones alcanzadas en estos tres años. Con frecuencia al PRI se le advierte fuera del debate o de la discusión de los temas que verdaderamente importan a la sociedad.

El PAN y el PRD padecen crisis internas, siendo mucho más severa la que enfrenta este último sobre todo por la amenaza real y recurrente que el partido de López Obrador le plantea. La decisión plebiscitaria de dirigencia no necesariamente es un acierto. Lo que es novedad en el PAN es culto en el PRD pese a que prácticamente todas las elecciones de dirigencia han sido cuestionadas y cuestionables. Al parecer ambos partidos optarán por un dirigente joven. Pero la cuestión fundamental no es la edad del líder, sino la capacidad del partido para vincularse con la sociedad y su base social.

De una u otra forma, los demás partidos padecen sus propias dificultades. En el más prometedor de los registros recientes, MORENA, el empuje depende del prestigio y ascendiente de López Obrador, una fortaleza real que, sin embargo, por no derivar de la institucionalidad, en perspectiva se muestra muy frágil.

La realidad es que los partidos deben asumir con mayor lucidez la crisis del sistema de representación del que forman parte y actuar en consecuencia, con determinación genuina.

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