La crisis que viene


Liébano Sáenz

La crisis que viene es diferente a las del pasado. No sólo es económica, también es política y en varios sentidos, social y global, con el agravante de que sus diversas expresiones tienden agudizarse en un mismo momento. Lo que queda de 2015 y el siguiente año serán un periodo que nos pondrá a prueba. La pregunta que importa es si el país está preparado para enfrentar las dificultades que se avecinan, si las instituciones y la misma sociedad tendrán la capacidad y fortaleza para encararla y salir airosos.

Los excesos verbales o discursivos, propios de la competencia democrática y de la vieja tradición estatista imperantes en el pasado, hacen pasar la factura al Gobierno y a quien lo encabeza con un dejo de esperanza frustrada. En lo que va de este siglo, la dinámica ha estado determinada por dos inercias contrarias: la que adscribe todas las soluciones y, por consiguiente, los problemas al poder presidencial, y la del paulatino proceso de desconcentración del poder por la vía institucional, legal y fáctica. El saldo hasta el momento es una democracia insuficiente, con una subyacente nostalgia por lo pasado, un déficit de ciudadanía y una inercia de poder centralizado si bien distribuido o fragmentado.

En breve, los procesos para enfrentar la crisis y presentar respuesta requieren del gobierno, pero también de toda la base institucional y del sector político. También se precisa la concurrencia de la sociedad (ciudadanos y organizaciones), de los medios, de las empresas, de las iglesias y de la universidad o escuela. La unidad y la cohesión social deben concentrarse en los asuntos fundamentales: preservación de libertades, régimen democrático y una economía que genere equidad y bienestar mínimo.

Insisto, el elemento económico es solo una de sus dimensiones; no sabemos todavía la profundidad y duración de lo que ahora acontece porque no todo depende de nosotros, lo que sí se conoce es que afectará el crecimiento y seguramente, tendrá un costo social. También es evidente, por los cambios que se han dado, que el país está mejor preparado para enfrentar un escenario económico adverso. Sin embargo, debe preocuparnos que esta circunstancia se haga patente en medio del mayor descrédito en las instituciones asociadas a la democracia, con efectos que lo mismo incluyen a autoridades que a poderes públicos, instituciones, partidos e incluso a organizaciones privadas o sociales. Los medios de comunicación tradicionales viven no solo la crisis compartida con el conjunto de instituciones, sino que además afrontan los efectos de la revolución tecnológica. La red es un nuevo universo de interacción social, debate público y generación de consenso.

La lucha del gobierno contra la inseguridad registra avances y retrocesos. Gobierno son todos, no una dependencia o funcionario. Existen zonas que registran un cambio significativo para bien y el balance nacional es positivo en delitos de alto impacto; se han logrado éxitos notables aunque en algunos puntos persiste la violencia y la amenaza del crimen, y hay instituciones del Estado desgastadas por una lucha originada por el ciclo económico del narcotráfico, aspecto que es global. Son muchos los municipios que muestran debilidad institucional para cumplir con esta empresa. El poder del dinero y de la intimidación continúa minando parte de la capacidad institucional y social para combatir al crimen. Ni el ciudadano ni la sociedad en su conjunto pueden sustraerse de esta lucha; por ello es necesaria una mayor colaboración social, sin descargo de la exigencia a las autoridades por mejores resultados. No hay coartadas contra el crimen, el apego a la ley y el respeto a los derechos humanos son imprescindibles.

Los desafíos que depara el frente externo van más allá de la caída de los precios del petróleo, la revalorización del dólar frente a todas las monedas o los efectos de la economía china, entre otros factores. Desde ahora, no solo el precandidato Donald Trump, sino el Partido Republicano han endurecido su postura con respecto a la migración y a los migrantes. Tendremos que prepararnos para una embestida contra el país y contra los mexicanos. El nacionalismo norteamericano puede dar lugar a una expresión regresiva y represiva de alcances inéditos. Donald Trump, cuyo estilo emula las formas y el método antisistema de El Bronco, también ha ganado ascendiente en la sociedad y en el electorado norteamericano. Por lo pronto, ya modificó las coordenadas del discurso político en materia de política exterior, proyectando a su partido hacia una postura mucho más antimexicana.

Un aspecto fundamental de estas responsabilidades corresponde al Gobierno federal y al Presidente Peña Nieto, Jefe de Estado. Para ser eficaz en el nuevo entorno será indispensable diferenciar las tareas de Estado, de las de gobierno y de la coalición política que representa. En ello también deben concurrir las Cámaras del Congreso y los agentes de la pluralidad política. La misión consiste en distinguir aquello que a todos toca defender y proteger de lo que entra en la perspectiva de gobierno y de lo que cada parte representa en función de su mandato o proyecto político.

Frente a los nuevos desafíos sería muy preocupante que el consenso nacional obstruyera los acuerdos y el entendimiento. Es natural, por el humor social existente, que los partidos y los legisladores busquen diferenciarse y se resistan a suscribir posturas comunes con la mayoría gobernante. Sin embargo, deben tener presente que la amenaza que se cierne, no es exclusivamente sobre el gobierno sino sobre todo el país, demanda visión y sentido de responsabilidad. Las querellas deben tomar su justa dimensión y nunca volverse recurso maniqueo para desgastar a las instituciones de la democracia.

La renovación de dirigencias de los partidos contribuye al objetivo de una política de Estado, lo mismo que la instalación de una nueva legislatura. Las mayorías políticas y legislativas deben participar en un compromiso con México para encarar con éxito las dificultades del país y defender sus libertades y su democracia. El problema convoca a mayores cuotas de responsabilidad y la necesidad de mantener en su justo espacio la dinámica que le es propia a la disputa por el poder. Será, sin duda, una prueba que habrá de revelar nuestro potencial y nuestra calidad como nación. Los desafíos, cualquiera que sea su dimensión, son manejables cuando hay una mayoría que, por encima de cualquier otra consideración, suscribe lealtad y patriotismo.

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