“Las variedades de la experiencia religiosa”


Liébano Sáenz

“¡Dios no existe! Las personas religiosas sufren de trastornos emocionales, son delirantes, psicópatas. ¿Quién, en su sano juicio, podría suponer que existe un mundo paralelo, un Dios o un ente sagrado? Lo único real en esta vida es lo que nos dice la ciencia. Si el método científico no ha logrado demostrar la existencia de Dios, es porque no existe.” Lo anterior es una síntesis de la manera en la que se concebía a la religión dentro de los teóricos sociales de principios del siglo XX. De hecho, hasta nuestros días, es posible encontrar no sólo en el pensamiento científico, sino también en el cotidiano a personas que muestran una gran intolerancia hacia la religión por que no cabe dentro de la racionalidad.

¿Cómo podemos conciliar la ciencia y la religión si se muestran tan antagónicas? ¿Es posible estudiar científicamente a Dios? ¿Qué sucede en la mente de quienes afirman haber tenido una revelación o una conversación con Dios? ¿Las visiones de objetos o entes sagrados pueden encasillarse como alucinaciones o como productos de fallas neurológicas? ¿En verdad están alucinando las personas religiosas? Estas preguntas fueron las que motivaron a William James a publicar Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana en 1902, que para nosotros constituye la décimo sexta entrega del reto ‘Un año de libros’, propuesto por Mark Zuckerberg, a principios de este año.

El mundo del misticismo, el espiritismo, las visiones y las alucinaciones fue explorado por William James de manera asombrosa. William James, un psicólogo prefruediano, es uno de los mayores representantes del funcionalismo; corriente psicológica que tuvo mucha trascendencia en el desarrollo de la disciplina de la conducta y los procesos mentales. Además, es famoso por desarrollar uno de los primeros estudios psicológicos sobre la religión.

El su texto, James sostiene que, en realidad, hay dos tipos de religión: por un lado, está la religión institucional, esa que aglomera todas las prácticas y normas religiosas de una sociedad. Ahí podríamos incluir a las iglesias, el derecho canónico, las fiestas y la liturgia. Por otro lado, dice James, tenemos a la religión personal, esa relación que se da entre el hombre y Dios.

William James considera que la religión personal es la primera que debe ser estudiada, pues la segunda sólo representa su socialización. Según el autor, la mayoría de las personas no tienen experiencias religiosas y se limitan a creer lo que les cuentan quienes sí han experimentado una relación religiosa personal. Solamente separando a la religión de su connotación social es posible estudiar las visiones, alucinaciones, conversaciones o cualquier otra forma de experiencia religiosa y la ulterior conversión del individuo. Entonces ¿cómo estudiar la experiencia religiosa? Recordemos que James era psicólogo y, por ende, sus investigaciones debían tener un cierto rigor científico. Habría sido un grave error metodológico que James aceptara cualquier relato de experiencia religiosa sin poner en duda su veracidad.

James como representante del pragmatismo muestra los instantes de la experiencia religiosa. Pero ¿cómo se transmite una experiencia religiosa? Coloquémonos por un momento su lugar. Supongamos que una persona llega a contarnos que mantuvo una conversación con Dios. Según este sujeto, Dios lo llevó al paraíso a través de una larga escalera. El personaje nos relata que observó un gran arcoíris y, al final, un lago sumamente tranquilo. Después, elevado por la grandeza del Señor, el individuo se sintió pequeño, indefenso, temeroso. Ante la excitación del momento comenzó a derramar lágrimas y le agradeció a Dios por haberlo invitado al Paraíso. Después, un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo y despertó en la misma banca donde se había sentado a leer hacía más de tres horas.

James no cree este relato y siguiendo un método empírico supondría que el personaje tuvo un sueño, o, tal vez, una baja en los niveles de insulina en la sangre podría haber provocado la alucinación. O, a lo mejor, se debe a un fuerte cuadro de depresión, pues el individuo había enviudado hacía sólo dos meses. También puede deberse al consumo de drogas o una ausencia epiléptica, entre muchas otras razones. Pero ¿qué pasa si después de intentar comprobar todas sus hipótesis se da cuenta de que, en realidad, ni la depresión ni la baja de insulina ni la ausencia epiléptica pueden explicar el fenómeno? Tal vez, en ese momento, debería cambiar de método y, por lo menos, suponer que hay un cierto grado de probabilidad de que la conversación con Dios haya sido verdadera. Y en este sentido, el pragmatismo de James vitaliza la comprensión de la experiencia religiosa.

A inicios del siglo XX, nos cuenta James, las personas que tenían experiencias religiosas eran tratadas como enfermas mentales. En la psicología más ortodoxa se creía que la depresión, la epilepsia, la histeria y los problemas congénitos eran los que explicaban las experiencias religiosas. Sin embargo, de manera brillante, William James cambió el enfoque: En vez de suponer que las personas religiosas tenían alguna enfermedad mental, consideró que aquellos que habían tenido una experiencia religiosa, eran, en realidad, una especie de genios.

Para James, los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. El autor comenta que invariablemente fueron presos de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior incompatible con la cotidianidad y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. No tenían medida y eran propensos en general a obsesiones e ideas fijas. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Es más, agrega el autor, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa. Sólo los genios, concluye James, pudieron haber tenido una experiencia religiosa. Pues la mística es un ritual que trasciende la razón y evoca al Otro.

Siguiendo al autor, podría decirse, entonces, que la historia de un elegido religioso tendría la misma validez que tuvieron, en su momento, las afirmaciones de científicos como Nicolás Copérnico, Isaac Newton o Charles Darwin, quienes sufrían de trastornos que hoy podrían ser clasificados como bipolaridad, esquizofrenia o psicosis, y que al margen de estos trastornos sus conclusiones o aseveraciones científicas no están en discusión. ¿Será que en 300 años la humanidad criticará nuestro prejuicioso rechazo a creer lo que nos dicen nuestros genios religiosos sobre sus experiencias místicas? ¿En mil años se contará la historia de Santa Teresa de Ávila como un ejemplo similar al “y sin embargo se mueve” de Galileo Galilei? Al final, parecería, como bien dijo Einstein, que el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir, o como decía Jorge Luis Borges: “La firme trama es de incesante hierro,/ pero en algún recodo de tu encierro/ puede haber una luz, una hendidura./ El camino es fatal como la flecha./ Pero en las grietas está Dios, que acecha.”

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