Aprendizaje, didáctica social


Liébano Sáenz

Las virtudes de una persona, comunidad o nación no vienen de raíz, no necesariamente forman parte de su esencia original; son, en su mayor parte, adquiridas. Representan el conjunto de experiencias gratas e ingratas, adversas o favorables, dolorosas o satisfactorias. Así ocurre con los individuos y también con las naciones. La grandeza es reflejo de una historia que resume el constante aprendizaje, de lo bueno y de lo malo. La mediocridad se asocia a la soberbia, a la falsa creencia de que todo ha sido escrito, de que nada queda por aprender.

Los ejemplos están a la vista y se presentan todos los días. Alemania, que en el siglo pasado vivió una de las experiencias más extremas de racismo y xenofobia, hoy es el país más abierto y dispuesto a acoger a cientos de miles de extranjeros en desgracia. Estos hechos dividen a las sociedades pero resulta trascendente que algunos gobiernos y sus élites se unan para dar pasos que desafían el tiempo y la estable comodidad. Las personas también enfrentamos el reto de aprender día a día, de entender los nuevos términos de la sociedad, y de actuar positiva y activamente.

México vivió una dura experiencia en el terremoto de 1985. El cuadro de eventos es complejo. La sociedad actuó, la ciudad de México salió adelante y sus habitantes mucho aprendieron. A partir de entonces la cultura de protección civil se ha interiorizado. La aplicación de normas en favor de la seguridad y la actuación frente a siniestros hoy son reacciones cotidianas.

En política hemos sido menos virtuosos para asimilar las lecciones. Una de nuestras principales insuficiencias es la precaria cultura de legalidad. La desconfianza y la incredibilidad adquieren expresiones muy preocupantes. Parte del problema tiene que ver con una serie de experiencias ingratas en materia de justicia y también con una resistencia para asimilar lo doloroso o inaceptable. Las investigaciones judiciales avanzan a contrapelo del prejuicio, de la maledicencia y del rechazo social. Sin duda, la investigación sobre los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala será un ícono de la relación difícil entre justicia, verdad y opinión. Muchos son y serán los temas discutibles o controvertidos, pero lo que se consolida es la versión que no quiere aceptarse: los estudiantes fueron ultimados por criminales coludidos con autoridades municipales.

En estos momentos hay escepticismo sobre el aprendizaje que puede ofrecer el caso. La aportación de los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha sido útil, pero también les ha faltado la mesura que requiere  un trabajo de esta naturaleza. Por momentos la actuación de algunos de los  integrantes de este organismo se asemeja más a la de un auditor del investigador que a la de un coadyuvante en un tema que ha polarizado en exceso a la sociedad y que exige prudencia. El criterio para lograr una valoración final sobre su intervención lo definirá el tiempo. De cualquier manera, la única justicia válida es la que se consigue a través de las instancias y procedimientos propios establecidos en la ley, a pesar de que voces interesadas conceden veracidad sin reservas al extraño, solo por esa razón. Casos judiciales traumáticos para el país, lamentablemente ha habido muchos. En conclusión, el aprendizaje para todos consiste en reconocer que finalmente somos los mexicanos y las instituciones respectivas los únicos a quienes corresponde proveer justicia y de ahí la importancia de construir credibilidad desde las instituciones mismas, aún por encima de los intereses que a veces se incrustan con perverso oportunismo en los procesos decisorios de la procuración de justicia.

En esta didáctica social resulta fundamental la tarea que realizan los medios de comunicación. Afortunadamente no escuchamos una voz única sino, como debe ser, un mensaje plural y diverso. Debe haber más reserva ante las unanimidades que frente a los desencuentros de opinión. Pero la información no puede ser desdeñada, el dato duro no puede quedar sometido al prejuicio o a la postura personal, por respetable que sea. La libertad de expresión no es licencia para la calumnia, la mentira o el insulto, sobre todo si de lo que se trata es de contener el abuso del poder formal. Para aportar y contribuir a este aprendizaje colectivo, el poder mediático debe tener un sentido de responsabilidad y de lealtad basado en la verdad.

Parte de las dificultades para una didáctica virtuosa tienen su origen en la actitud de muchos que, en posiciones de influencia y privilegio, priorizan lo suyo y lo inmediato. Esto significa que no hay oportunidad para entenderse más allá de la estrechez de la circunstancia. Grandes mexicanos como Lorenzo Zambrano, Octavio Paz y Cosío Villegas, solo por mencionar a algunos de entre los muchos, demostraron que su brillantez no devenía únicamente de su extraordinaria labor empresarial, obra poética o aportación a la historia, sino de su participación y contribución para mejorar su comunidad, su país, su tiempo.

A quienes les ha resultado más difícil aprender de la nueva realidad y de las exigencias del cambio es a los principales beneficiarios del proceso democrático: los partidos. Y eso que ellos son y deben ser, en toda democracia, los articuladores de la representación popular. Sin embargo, las dirigencias se han tardado en actuar, quizás porque asumen la adversa circunstancia como una crisis coyuntural. El repudio popular en su contra avanza y ha favorecido la opción de los candidatos independientes, convirtiendo una forma de hacer valer el derecho a ser votado en un medio para mostrar repudio hacia los partidos existentes, precisamente por su distanciamiento de la sociedad. Las candidaturas independientes deberían ser una opción ciudadana y no, como ahora acontece, una vía para políticos que salen de sus partidos de origen por malas prácticas democráticas internas.

Efectivamente, la virtud de una persona, de una  comunidad o de una nación radica en su capacidad de aprender, en la habilidad para convertir cada evento trascendente en fuente de mejora y en su aptitud para impedir la imposición del inmovilismo, bien sea por soberbia o por complacencia, que con frecuencia y por infortunio, resultan lo mismo.

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