“Por qué fracasan los países”


Liébano Sáenz

Parece que la política ha perdido su valor esencial. Hoy las teorías económicas neoclásicas más radicales propugnan por la reducción del Estado, por la ínfima participación de éste en el mercado. Desde hace años, la humanidad ha sido testigo de un movimiento en oposición a la política. La narrativa,  en contra se puede observar en las instituciones académicas, los medios de comunicación y, sobre todo, en la vida cotidiana. El desprestigio de la política es global. Todos los países se han enfrentado a la disyuntiva de recortar el papel de la política, de reducir su importancia, de vislumbrar un horizonte sin un Estado fuerte.

Hispanoamérica, como los Estados Unidos de América o Bangladesh, también se ha visto en la necesidad de replantear el protagonismo de la política en el siglo XXI. Hasta ahora, la batalla ha sido ganada por quienes se oponen a un Estado fuerte con instituciones sólidas. Y lo vemos todos los días. Los habitantes del mundo en general, no confían en sus organizaciones políticas. Casi nadie respeta ni valora el trabajo de los legisladores. Además, tampoco hay gran prestigio en los partidos políticos. Constantemente en los medios masivos de comunicación y en las redes vemos críticas a los legisladores, los políticos, los maestros, la Iglesia, los sindicatos y la policía.

Pero ¿El mundo se puede entender sin la política? ¿Las respuestas a la desigualdad, la pobreza, el analfabetismo y la miseria están fuera del campo de la política? ¿En verdad el Estado, como lo conocemos hasta ahora, debe desaparecer? Hoy hablaremos sobre un texto que, precisamente, puede ayudar a afinar este debate. Se trata de Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, una publicación de los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson que constituye la décimo octava entrega del reto ‘Un año de libros’, propuesto por Mark Zuckerberg, a principios de este año.

Por qué fracasan los países es un texto que se publicó en 2012. Desde esa fecha, se ha convertido en una de las investigaciones más relevantes en ciencias sociales de la última década. No está demás señalar que el libro que nos ocupa ha sido reseñado por varios premios Nobel de economía como Kenneth J. Arrow (1972), Robert Solow (1987), Gary S. Becker (1992), Michael Spence y George Akerlof (2001), Peter Diamond (2010), y por ello, realizar esta reseña se vuelve una tarea sumamente complicada pero, a su vez, interesante y retadora. Si bien la mayoría de los tópicos del libro ya han sido analizados con maestría y profundidad por decenas de académicos e intelectuales todavía hay muchos aprendizajes y reflexiones que se pueden desprender.

¿De qué nos habla el texto de Acemoglu y Robinson? ¿Cuál es esa propuesta teórica que ha causado tanto revuelo en las ciencias sociales? ¿Cuál es la relación entre Por qué fracasan los países y el desprestigio de la política a nivel mundial?  El libro nos habla sobre las razones por las que hay países ricos y países pobres. El debate siempre ha estado presente en las ciencias sociales. De hecho, desde la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith, el tema ha sido recurrente tanto en economía cuanto en política. Y, es natural que sea una de las aristas principales de investigación, pues es algo que todos nos hemos preguntado alguna vez.

Durante muchos años se creyó que había países pobres y países ricos por una cuestión geográfica. Por ejemplo, se decía que los países más pobres eran los que tenían tierras infértiles, escasos recursos naturales y temperaturas extremas. Así, países ubicados en el desierto o sin salida al mar serían pobres, pues sus recursos eran limitados. Sin embargo, el argumento geográfico es sumamente sencillo de rebatir. Nadie puede negar que México posee una mayor cantidad de recursos naturales que Finlandia, por ejemplo, pero las diferencias en el desarrollo económico son abismales. De igual forma, si la teoría geográfica hiciera algún sentido, varios países africanos deberían ser ricos, pues poseen minas de diamantes.

Posteriormente, desde la sociología, hubo quien afirmó que las distinciones entre países pobres y ricos se debían a cuestiones religiosas. Según este enfoque teórico, los países protestantes serían más ricos que los países católicos por la distinta serie de valores que promueven estas religiones. Se afirmaba que el protestantismo pregonaba una ética del trabajo y el esfuerzo mientras que el catolicismo justificaba la autocomplacencia y la ley del menor esfuerzo. Sin embargo, este argumento también ha sido ampliamente criticado, pues hay países católicos, como Italia, con un desarrollo económico importante.

De igual forma, desde la historia, mediante argumentos relacionados con la colonización o la cultura, se trató de explicar el desarrollo económico sin mucho éxito. Si ninguna teoría ha logrado explicarlo hasta ahora, la pregunta sigue latente: ¿Qué hace que existan países pobres y ricos? ¿Por qué si los EUA también fueron una colonia ahora, en 2015, están más desarrollados que América Latina? ¿Por qué si Argentina tiene más recursos naturales que Noruega, este último posee los mejores estándares de vida?

Acemoglu y Robinson, con un estudio exhaustivo, en Por qué fracasan los países, nos dan la tan esperada respuesta: la diferencia tiene que ver con la política. Las instituciones del Estado son la variable que explica el desarrollo económico. Según Acemoglu y Robinson, los países ricos cuentan con instituciones políticas democráticas que evitan que ciertas élites se aprovechen y enriquezcan a costa de los demás. En los países ricos, como Reino Unido, Alemania, Francia, los EUA, Finlandia o Noruega, existen mecanismos que evitan el surgimiento de monopolios de poder. A la inversa, en América Latina, África Subsahariana y el sur de Asia los países son pobres porque poseen un Estado ineficaz, corrupto y antidemocrático.

En síntesis, Acemoglu y Robinson concluyen que las deficientes instituciones políticas conllevarán, inevitablemente, a un desarrollo económico mediocre. Si bien, al principio, la teoría de Robinson y Acemoglu puede generar cierto escepticismo, a lo largo del texto los autores proveen de una cantidad suficiente de ejemplos históricos para comprobar su teoría. Así, estudiamos el desarrollo político de México, Estados Unidos de América, Gran Bretaña, China, Corea del Norte, entre muchos otros. La riqueza histórica de Por qué fracasan los países es impresionante.

Como se puede observar, estamos ante un libro que viene a reivindicar el papel de la política en el siglo XXI. Actualmente, nos encontramos en una realidad que menosprecia el papel de los políticos, que se muestra beligerante ante la intromisión del Estado en ciertas actividades y que propugna por el libre mercado. Acemoglu y Robinson ponen un freno a la “retórica” en contra de la política. Nos demuestran que, una vez más, la política, como decía Aristóteles, es el único mecanismo con el que contamos para lograr el bien común. Los autores nos recuerdan lo virtuoso e imprescindible de la política. Como humanidad, empezamos bien el siglo XXI, pues, otra vez, nos dimos cuenta que la política es virtud y la virtud es política.

Por último, el libro que hoy reseñamos, sobre todo, nos trae esperanza. Si el desarrollo económico de un país dependiera de factores geográficos, culturales o históricos, no habría mucho qué hacer. Si todo dependiera de la cantidad de oro, petróleo, diamantes o granos que hay en una nación, entonces los países pobres seguirían siendo pobres. Acemoglu y Robinson vienen a romper con esta falsa idea del desarrollo económico. Si todo se resume a la política, entonces sí hay solución. Si reformulamos el pacto social, cambiamos nuestras instituciones y modificamos nuestros valores políticos, tal vez, en un futuro, la situación será mejor. Por lo menos, Acemoglu y Robinson nos traen esperanza y, como diría Samuel Johnson, la esperanza es en sí una especie de felicidad y, tal vez, es la máxima felicidad que se puede obtener en este mundo.

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