Efemérides y fortaleza nacional


Liébano Sáenz

El 2 de octubre es día importante en el calendario político nacional. Para algunos, la fuerza de esta fecha es menguante, representa un recuerdo lejano que remite al brío de la juventud y a los orígenes de un cambio en la forma de ejercer ciudadanía. Indudablemente nos referimos a un trágico acontecimiento que cimbró al país y generó un cambio para bien. Marcó principio del fin de una época y aniquiló la visión imperante del poder. Sin embargo, lo que se escribió no fue un punto y aparte sino una serie de suspensivos. Con certeza, el mejor desenlace de estos sucesos fue la reforma de Jesús Reyes Heroles que abrió cauce democrático al Partido Comunista Mexicano y a otras fuerzas políticas. También habría que conceder mérito a la izquierda que supo entender que su futuro estaba en las urnas y en la representación parlamentaria.

Los desaciertos han eclipsado la capacidad del país por apreciar los aciertos. La democracia electoral, con todos sus defectos y limitaciones, ha sido uno de los grandes logros de varias generaciones. Fue alcanzada, no por la vía de la ruptura, sino como resultado de avances continuos, y, por momentos, accidentados. Hablamos de cambios reveladores y correctivos que respondían a lo ocurrido y exigían ajustes institucionales.

La tragedia retornó. El asesinato de Luis Donaldo Colosio fue el colofón de un largo régimen que había perdido virtud y legitimidad y cuyo comienzo se remonta al asesinato de otro sonorense en camino a la Presidencia, Álvaro Obregón. La alternancia en la Presidencia no fue arreglo obsequioso o perverso de alguno sino un logro de la sociedad mexicana, al igual que, años antes, fue mérito de la pluralidad – incluidos gobierno y PRI -, la reforma que otorgó piso de equidad, confiabilidad a los órganos electorales y derechos políticos a los habitantes del Distrito Federal.

La democracia no se conmemora, ni tiene efeméride. No hay héroe, no hay evento emblemático ni fecha fundacional. Eso es bueno, mas no lo es la pérdida de aprecio por ese logro. Remitirnos al pasado y, particularmente al 2 de octubre de hace 47 años tendría que   servirnos para clarificar el horizonte, para valorar logros como el arribo de la democracia y para agilizar la agenda de atención a problemas graves y persistentes como la pobreza y desigualdad, heridas ambas que nos recuerdan la insuficiencia del cambio y que ahora se vuelven más profundas con la irrupción de la violencia y la inseguridad.

La memoria es fundamental para la conciencia nacional y también valioso recurso para apuntalar un proyecto nacional compartido. Frente a una tragedia que prevalece, con o sin efeméride, requerimos procurar más, mucho más, el orgullo por los episodios buenos y ejemplares del pasado, como en su momento lo intentaron don Daniel Cosío Villegas en su historiografía, al focalizar en la república restaurada la mejor generación de la política, o don Jesús Reyes Heroles cuando vio en el legado liberal mexicano el mejor camino para andar al futuro. Es la historia como didáctica para mejorar, transformar y edificar un porvenir digno y promisorio.

Insisto, 1994 simboliza el fin de la transición de un régimen y además cuenta el levantamiento zapatista en la zona más pobre de México. En perspectiva, virtuosa fue la corrección del gobierno al pasar de la iniciativa militar a la política. Sin embargo, es justo advertir que la erosión del régimen no solo obedeció al levantamiento indígena, también habría que considerar la violencia que se hizo evidente con la muerte del cardenal Posadas Ocampo y, poco después, la de José Francisco Ruiz Massieu, el hombre fuerte del gobierno por iniciar. El año 1994 cierra, asimismo, con la crisis financiera más severa de los últimos años, perniciosa para la economía de la gran mayoría de los mexicanos. La lección fue aprendida, cambiaron las reglas y, a partir de entonces, los mexicanos hemos vivido dos décadas de estabilidad económica, ajena a la crisis aunque con insuficiente crecimiento.

Debe preocupar -y mucho- el descrédito de la democracia y de sus instituciones fundamentales como el Congreso y los partidos, así como del proceso comicial, es contra natura. Es un problema de eficacia. Si la democracia no ofrece legitimidad y fortaleza es porque requiere demócratas y un piso de legalidad que no se desfonde, como ahora ocurre, desde la misma base social. Hoy, la contienda electoral no resuelve el conflicto; al contrario, es moneda de cambio, lo inicia y retroalimenta para que cada estación comicial, en lugar de ser una oportunidad para definir quién gobierna, sea ocasión para el cobro de afrentas.

En esta perspectiva adquiere relieve y dimensión la primera alternancia en la Presidencia de la República, inédita hasta hoy día, en el sentido de una normalidad en la que ganadores y perdedores reconocen el resultado. Fue un momento histórico relevante pero malogrado por la inexperiencia y la falta de visión de muchos, no solo en el gobierno, también en la oposición de entonces. La alternancia ingresó por la puerta grande y muy pronto salió por la ventana. El resultado fue el desencanto y su herencia: la pérdida del impulso reformador del régimen previo

Ni el gobierno dividido ni el poder competido dieron los resultados esperados. Todo se reduce, aún hoy, a un problema de gobernantes y opositores empoderados. En este sentido, es relevante que en los años recientes la pluralidad haya avanzado en transformaciones trascendentales; un proceso que se gestó con el acuerdo de los políticos, no a través del consenso social, de allí la distancia que media entre las reformas y el ascendiente ciudadano. Sin embargo, las reformas son genuinas y toca a autoridades y legisladores llevarlas al taller de la realidad. En esta etapa el ciudadano es espectador.

Un nuevo régimen se perfila en el futuro. Será una transición del gobierno dividido al poder compartido, donde la competencia se resolverá por la vía de la coalición, la oposición fragmentada y las candidaturas de independientes. La fragmentación se reflejará, muy probablemente, en gobiernos electos con escasa votación y, eventualmente, en déficit de legitimidad. Como en el pasado, será el ejercicio del poder, y no el voto, la fuente de legitimidad. La polarización preocupa, mucho más cuando en lugar de ser expresión de las diferencias propias de una sociedad diversa y plural, se convierte en calculada estrategia para ganar el poder.

Casi medio siglo después del 68, el país se encamina, eso espero, hacia una etapa culminante en los procesos de construcción de democracia y de lucha civilizada por el poder a través del voto.

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