La dolorosa lección de Ajalpan


Liébano Sáenz

El país ha cambiado profundamente en las décadas recientes. La inseguridad a todos nos afecta. En muchos sentidos, la búsqueda de  protección conduce a la modificación de las condiciones de vida y de las formas de  trabajar y relacionarnos. Las personas y sus familias sufren las consecuencias. Las autoridades más próximas a los ciudadanos también son objeto de intimidación, extorsión y coacción por parte del crimen. Por ello, la instauración del mando único policial es una de las muchas acciones que deben emprenderse para encarar  la nueva realidad con mejores resultados. El miedo nos ha robado la tranquilidad y el sosiego al que todos tenemos derecho. Hay que exigir, pero también hay que exigirnos. La denuncia es obligada; de otra manera, la impunidad hará que los hechos no trasciendan ni siquiera a las estadísticas criminales.

La noticia de dos jóvenes encuestadores linchados  hasta la muerte en Ajalpan, Puebla, es un hito más de esta historia trágica. Las poblaciones son rehenes del temor y de la desconfianza. Un acto común, como es el trabajo del encuestador, un rumor y un azuzador pueden detonar un implacable tumulto contra jóvenes inocentes y sin oportunidad para acreditar su auténtica condición. Los “secuestradores roba-niños” no fueron objeto de juicio; su ejecución inmediata y pública es un estúpido y contraproducente acto de venganza social. La justicia por propia mano constituye un hecho criminal de autodefensa fundado en la ausencia de ley, de Estado y de autoridad.

Las autoridades tienen su responsabilidad, pero también la sociedad misma. En el caso concreto es evidente que también queda implicado quien contrató y mandó a los jóvenes a una circunstancia de riesgo sin deparar las consecuencias. Quienes estamos en la industria de la opinión pública tenemos un catálogo múltiple de experiencias que exhiben el cambio: encuestadores amenazados, retenidos, golpeados, encarcelados, secuestrados, etcétera. Hacer  encuestas de campo es una actividad de riesgo, no solo por los traslados y los peligros propios del proceso de entrevista, sino por las circunstancias especiales que prevalecen en ciertas regiones del país, urbanas y rurales, ricas o pobres.

Nos cambió el mundo y las cosas no volverán a ser las mismas. Ignorar este trance puede implicar riesgos mayores. Para muchos, los términos de la convivencia y del esparcimiento cambiaron, como lo muestran los estudios sobre la materia. Ante la pérdida de paz, el hogar se volvió refugio. Es cierto que se han ganado importantes batallas, como las libradas en La Laguna, Nuevo León, Nayarit, Ciudad Juárez y muchas otras más, pero el miedo persiste, como se hizo patente en Puebla.

Las empresas de estudios de opinión también han sido sacudidas por estos efectos del crimen; sin embargo, la mayoría no atendió la alerta que se activó en 2008 con el secuestro de encuestadores en Michoacán. Tampoco se tomó nota del por qué las encuestas cada vez eran más erráticas a causa de las deficiencias del trabajo de campo. Y es que el modelo de subcontratar requería de revisión profunda. Ser encuestador es una actividad profesional, especializada y que debe desarrollarse con estricto apego al método para así obtener resultados confiables y evitar situaciones críticas o de riesgo.

La inseguridad pegó directo al punto de partida de los estudios demoscópicos: la entrevista con el encuestado. El rechazo a ser entrevistado aumentó, también las respuestas no veraces. Llegar a los domicilios se volvió más difícil y en algunas zonas riesgoso. Por razones estrictamente de costos se continuó subcontratando el campo, aunque se sabía que había bajado la calidad y el perfil de los encuestadores. En lugar de los ex empleados del INEGI de hace décadas, los llamados camperos contrataban parientes, estudiantes o personas a quienes se les pagaba poco por un trabajo difícil, complejo y ahora riesgoso. El mercado no castigó y la autocomplacencia ganó terreno.

Es bueno que las empresas dedicadas a los estudios de opinión y sus asociaciones exijan a las autoridades garantías y, para el caso en cuestión, acciones ejemplares. Pero hay que ir más allá, debe haber un poco de honestidad y gran dosis de autocrítica para reconocer que el trabajo no puede continuar de la misma forma y que las nuevas circunstancias llevan al agotamiento del modelo de la subcontratación de servicios sin resolver el tema de la profesionalización.

Esto significa que el trabajo del encuestador, como cualquier profesión y más si se trata de una actividad de riesgo, requiere adiestramiento y capacitación adecuada para ganar la confianza del encuestado y detectar situaciones de potencial amenaza. Entre los recursos esenciales destacan: uniformes, capacitación especializada, identificación, monitoreo y, de ser posible, dispositivo móvil con aplicación especializada para asegurar cobertura de rutas, control de entrevistas y un esquema general de seguridad y control. Los agentes que realizan la encuesta tienen derecho al seguro social y a la protección laboral que corresponde a su actividad.

Considero que la amarga y aterradora experiencia de días pasados es una llamada de atención para todos, incluidos quienes nos dedicamos a esta tarea. Tenemos que entender que la violencia demanda una visión preventiva ante situaciones de riesgo por parte de las autoridades, pero también de la sociedad. La complacencia es inaceptable porque literalmente puede llevar al infierno a los eslabones más débiles de la cadena social: menores y adolescentes, mujeres jóvenes, nuestros adultos mayores y, para el caso que nos ocupa, a aquellos que buscan ganar unos cuantos pesos sin advertir que están optando por una actividad especializada e insegura.

Si bien este ejercicio didáctico no resuelve el problema, sí ofrece un espacio de defensa frente al horror que acompaña este momento trágico de violencia y crimen. Para todos es deseable dejar atrás, de manera pronta y contundente, la percepción y el sentimiento que ahora invade a casi todos, en muchas partes. No podemos ser rehenes de nuestros miedos ni debemos ser indiferentes o ingenuos ante la realidad, especialmente cuando nuestras acciones u omisiones afectan a los más frágiles del espectro social.

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