Alianzas y coaliciones


Liébano Sáenz

Las alianzas y las coaliciones han seguido un largo trayecto en la historia política del país. Los partidos buscan la asociación empujados por la necesidad, particularmente la electoral. Atrás quedó la idea de la competencia aislada, aunque los candidatos con inclinaciones caudillistas insisten en sobreponerse a las organizaciones que los postulan e incluso, ahora con las candidaturas independientes, buscan confrontar a todo el sistema partidista.

Los partidos no solo han disminuido dramáticamente en prestigio y representatividad, también han visto debilitar su condición de articuladores de la representación política. Una revisión a la reforma fundacional, la de 1977 promovida por el Presidente López Portillo y coordinada por Jesús Reyes Heroles, es suficiente para apreciar la magnitud del cambio y el carácter visionario de sus gestores. La política electoral se centró en los partidos. Las organizaciones políticas de izquierda y de derecha transitaron hacia la democracia y la representación proporcional transformó al Poder Legislativo. Once años después, en 1988, habría de disputarse la Presidencia en condiciones de inédita competencia con un candidato postulado conjuntamente por partidos políticos de centro y de izquierda.

En aquel entonces las alianzas partidistas se expresaban a través de la figura del candidato común. Cuauhtémoc Cárdenas apareció en la boleta tantas veces como el número de partidos que lo postularon. En perspectiva, tales comicios se aprecian como punto de inflexión, no solo del sistema electoral, sino de la democracia mexicana. Con los votos parlamentarios del PRI, el Presidente Salinas y el PAN concretaron una reforma con múltiples virtudes y un defecto derivado del interés compartido de frenar al candidato de la izquierda: la eliminación de las candidaturas comunes y la creación de coaliciones. Así, un candidato postulado por varios partidos debe concebir un emblema y actuar como si los partidos asociados fueran una sola fuerza política.

La alternancia en la Presidencia ocurre en el año 2000 mediante la coalición del PAN con el PVEM, aunque ésta fue trascendida por la expresión de cambio del candidato Vicente Fox. Sin embargo, los partidos sí fueron actores relevantes del proceso, tanto que el PRI pudo convertirse, en sus propios términos, en el partido con mayor presencia legislativa. En 2006, Felipe Calderón retuvo el poder presidencial sin coalición pero con una diferencia muy estrecha de votos. De hecho, la reforma de 2007 eliminó las coaliciones y restableció las candidaturas comunes en aras de que los partidos asociados acreditaran su auténtica fuerza electoral.

El año 2006 marcó el inicio de una realidad inédita, la de las victorias con porcentaje bajo de sufragios. En adelante la tendencia sería determinada por la fragmentación del voto como quedó demostrado en la elección presidencial de 2012 y en casi todos los comicios de gobernador de 2015. La irrupción exitosa de candidatos independientes acentuaría aún más esta nueva expresión electoral. Los llamados partidos mayoritarios difícilmente concentrarán más de la tercera parte de los votos, al menos en procesos presidenciales.

Las entidades y regiones del país también están en proceso de cambio. Lo más significativo de los comicios más recientes tuvo lugar en Nuevo León, en Jalisco y en el Distrito Federal. Aunque diferentes en su contenido y carácter, las propuestas antisistémicas cobraron fuerza: Jaime Rodríguez como candidato independiente, Movimiento Ciudadano y Morena. En el primer caso, el acendrado bipartidismo fue desplazado por el candidato independiente a gobernador, pero logró prevalecer en la elección de legisladores y alcaldes. En Jalisco, Movimiento Ciudadano se revela como la fuerza ascendente capaz de disputar poder al PRI y de desplazar al PAN a un sitio lejano. En el DF, el PRD vio severamente minado su dominio por la incursión de la organización política de Andrés Manuel López Obrador.

Desde hace tiempo el PRI ve claramente las ventajas que le significan sus alianzas con el PVEM y, en cierta forma, con Nueva Alianza; ambos partidos afines política y programáticamente. Así era la situación en la izquierda entre el PRD, el PT y Convergencia; sin embargo, lo revelador en términos de resultados ocurrió hace seis años con las coaliciones del PRD con el PAN en Oaxaca, Puebla y Sinaloa.

La alianza entre izquierda y derecha es complicada pero suele facilitarse cuando hay un objetivo compartido como es la búsqueda de la derrota del partido gobernante que además solo es posible con la suma de las oposiciones. También hay casos donde la intención no es ganar el poder sino no perderlo. Así, en la elección de Baja California de 2013, la actuación del PRD fue crucial para que el PAN continuara gobernando la entidad.

Ahora, el PRD, en medio de su mayor crisis y con una dirigencia renovada en un intento de control de daños, plantea la construcción de un acuerdo necesario con el PAN para ir juntos en varios estados. Su principal interés se concentra en la definición de candidatos en Oaxaca, Tlaxcala y Zacatecas, objetivo que seguramente no se verá favorecido por la fuerza del PAN en las dos últimas entidades. Por su parte, el PAN asume que el PRD le puede ser útil en Colima, Sinaloa, Aguascalientes, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Veracruz, Quintana Roo y, especialmente, en Puebla.

El balance de las coaliciones que resulta conveniente para ganar el poder no es el mismo que se requiere para ejercerlo. Difícilmente hoy el PAN avalaría el gobierno local de Oaxaca o el PRD al de Puebla o Baja California. Es claro que en esta coalición, la ventaja la lleva Acción Nacional por tener mayores posibilidades de éxito, mientras que las del PRD son magras, incluso en Oaxaca, donde en estos momentos Morena ya lo aventaja como está ocurriendo en varias entidades del país.

Al PRD, la coalición le representará una crisis de identidad política e ideológica. El dilema no es simple: ganar votos o recuperar el sentido del proyecto político de izquierda democrática, especialmente frente a la amenaza que le plantea Morena y la estrategia seductora de López Obrador con miras a los comicios de 2018. La situación es muy compleja y, no obstante los esfuerzos lineales de la recién llegada dirigencia, se advierten ya los resultados: una caída inevitable y un desenlace inconveniente al favorecer posibles victorias para su verdadero adversario ideológico, el PAN, a cambio de pocos o nulos triunfos propios.

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