“La fábrica de ideas: Los Laboratorios Bell y la gran era de la innovación norteamericana”


Liébano Sáenz

“La Fábrica de Ideas” de Jon Gertner, que es el vigésimo primer título del reto de Mark Zuckerberg, nos presenta la historia de una compañía modélica entre finales de 1930 y mediados de 1970, que puede cifrar, por sus especiales características, una gran variedad de tendencias, logros, contradicciones y yerros de nuestro tiempo sobre los que es preciso reflexionar: innovación, desarrollo tecnológico, conectividad y comunicación ilimitadas, espíritu emprendedor, monopolios, grandes capitales, plusvalías excesivas y sistemas masivos de acopio de datos de usuarios con fines mercantiles y de inteligencia, todo esto explicado de una manera ágil y dinámica.

El 1 de enero de 1925, AT&T (American Telephone Company) creó los Laboratorios Bell, que pertenecían por partes iguales a AT&T y a Western Electric. En un inicio contaban con un presupuesto de doce millones de dólares, mismos que se multiplicaron exponencialmente, evidenciando con ello el nuevo cariz que las comunicaciones imprimieron en la sociedad contemporánea. A lo largo de los años, las principales personalidades científicas y administrativas de la empresa fueron Mervin Kelly, Jim Fisk, William Shockley, Claude Shannon, John Pierce y William Baker: a través de estas biografías, Gertner homologa las cualidades de la empresa a las de sus miembros más importantes, haciendo un relato sugestivo del impacto de los individuos en las sociedades.

A pocos años de su creación, los Laboratorios Bell se conformaron como un espacio transdisciplinario de investigación donde se cultivaron las aplicaciones de grandes campos del conocimiento: la metalurgia, el magnetismo, la conducción eléctrica, la radiación, la electrónica, la acústica, la fonética, la óptica, las matemáticas, la fisiología e incluso la psicología y la meteorología. El común denominador era un único objetivo: innovar decididamente en las comunicaciones. A mediados de los sesenta, los Laboratorios Bell empleaba a 15 mil personas y 120 investigadores: era la utopía intelectual de Estados Unidos antes de Mackintosh, Google y las redes sociales. Los avances generados por los Laboratorios Bell entre 1925 y 1980 registraron 17 mil patentes; teléfono, transistor, semiconductor, radar, lenguaje C de programación, telefonía celular, comunicación global satelital, son algunos inventos que pueden contarse entre las innovaciones, por lo que algunos han llegado a plantear que los Laboratorios Bell lograron el hito revolucionario de las comunicaciones cambiando la vida de la sociedad, para siempre, desde la aldea global hasta los espacios íntimos. Incluso, se llegó a decir que ha producido más premios Nobel que cualquier universidad en el mundo.

En 1930 hubo una investigación federal contra AT&T por cobrar de más a sus clientes. La empresa se había consolidado como una proveedora preponderante de servicios telefónicos, mientras que su socio, Western Electric, había hecho lo propio como proveedor de infraestructura. Los Laboratorios Bell trabajaban como la división de investigación de ambas. Con su centro de negocios afianzado, el corporativo aprovechó su liderazgo para pensar a largo plazo cómo debería lucir el sistema de telefonía en una, dos o incluso tres décadas: aprovechó su posición para innovar en un campo donde poseía, a través de la creación de la necesidad y la explotación del deseo social de comunicación, al mismo tiempo la autoría a través de patentes, la tecnología y su usufructo. Con este doble monopolio se vio en posibilidad de imponer rentas que excedieron por mucho lo necesario para brindar sus servicios y avanzar en sus investigaciones.

El gobierno de Estados Unidos demostró semejantes abusos,  pero al mismo tiempo, entendió las posibilidades de la empresa líder en comunicación. Así durante la Guerra Fría, los Laboratorios Bell pusieron a disposición del gobierno estadounidense toda su capacidad de infiltración y espionaje. El libro sugiere que estos “costos” no deben opacar las innumerables aportaciones de los Laboratorios Bell, pero el autor invita a reflexionar sobre las vías de progreso tecnológico y científico alternas al modelo monopólico que, como es natural, impide la competencia de tecnología y la innovación alterna. La pregunta debe ocupar a la sociedad: ¿de qué manera se debe incentivar la innovación? Ante la opción monopólica, asoma la idea de incentivar a las universidades, centros de investigación independientes y a las pequeñas y medianas empresas.

“La Fábrica de Ideas” no es sólo un libro anecdótico o incluso documental. Propone que reflexionemos sobre el fenómeno creativo. ¿Qué causa la innovación? ¿Cómo ocurre? ¿Cómo se la puede nutrir?

Solemos imaginar que un descubrimiento ocurre en un instante, con un eureka que lleva al inventor solitario hacia una epifanía deslumbrante. A decir verdad, los grandes saltos en la tecnología rara vez tienen un punto de origen preciso. En un principio, las fuerzas que preceden el descubrimiento comienzan apenas a alinearse, a veces imperceptiblemente, a manera de un grupo de personas o ideas que convergen, hasta que durante el transcurso de meses o años (o décadas) obtienen claridad y oportunidad, y la ayuda de ideas y actores adicionales. Parece que la suerte importa lo mismo que la sincronización, pues sucede que las soluciones, la gente y el lugar propicio –tal vez los tres a un tiempo- requieren un encuentro fortuito con el problema adecuado. Y entonces –a veces– hay un salto. Sólo en retrospectiva dichos saltos parecen obvios, por ejemplo cuenta la leyenda que cuando Bohr y Einstein, fundadores de la teoría cuántica,  en 1938, escucharon que romper el átomo de uranio podía desatar una apabullante cantidad de energía, se dieron una palmada en la cabeza y Bohr dijo: “Oh, qué idiotas hemos sido todos”.  Einstein continuo buscando la precisión: “Dios no juega a los dados” a lo que Bohr le contesto: “Deje de decirle a Dios lo que debe hacer con sus dados”, en síntesis, la creatividad y la exactitud jugaban sus suertes.

El mundo contemporáneo se desarrolló en gran parte dentro de esta especie de instituto de tecnología creativa, como les gusta llamarlo a sus directivos. Aquí se hizo posible, en última instancia, la conectividad total: el hecho de cualquier persona en el globo puede virtualmente comunicarse con otra en cualquier momento. La famosa “era de la información”, invisible y sin peso, se creó tras décadas de desarrollo en los Laboratorios Bell. Hoy la globalización es un hecho, pero ¿se detuvieron alguna vez a pensar en las implicaciones? Sin duda eran en cierto grado imprevisibles, pero ¿por ello los técnicos y científicos debieron obviar la reflexión ética que les atañía? En cualquier caso, la consigna no era la responsabilidad sino la innovación.

Gracias a Jon Gertner conocemos la historia de los Laboratorios Bell y de lo que él llama “la gran era de la innovación norteamericana”. Podemos dimensionar su importancia como un caso de estudio, ponderar sus repercusiones, pero finalmente es claro que los “significados” de esta historia dependerán, en última instancia, de la posición ideológica o conceptual del lector. Hay quien encontrará en el libro un relato alentador e instructivo sobre el tipo de prácticas que una empresa debe tener para colocarse como líder en el mercado; sobre las cualidades de sus directivos y las líneas ideales de sus políticas internas; sobre las campañas promocionales que deben desarrollarse, como la “responsabilidad social”, la “empresa verde” y otros salvoconductos que refuerzan el “marketing”; sobre las relaciones redituable que pueden establecer con los gobiernos y las pautas para tratar a sus competidores. Habrá, por otra parte, el que dimensione esta historia como un ejemplo de progreso técnico, tecnológico y científico a cualquier precio, quien descubra en el discurso innovador un campo fértil para Estados de vigilancia y control, y para la imposición de prácticas que abusan de la mayoría. Habrá quien, por esto, esgrima críticas al presente. ¿Sarcasmo o síntoma de nuestra época? La comunicación nos muestra que los seres humanos antiguos vivieron en el Paleolítico, Mesolítico y el Neolítico, los actuales en el Ansiolítico de la información sobre el tiempo.

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