El 20D ¿adelanto del 2018 mexicano?


Liébano Sáenz

Mañana, España vivirá un proceso histórico: celebrará las elecciones más importantes desde su transición democrática. Es momento crucial para redefinir su sistema de partidos y los términos de la unidad territorial hispana. La inercia independentista actual no viene del País Vasco sino de Cataluña, donde la convergencia de la extrema izquierda y la derecha nacionalista gobernante impulsan un accidentado proceso soberanista. Algo diferente habrá de surgir de los comicios de mañana. Por fortuna, serán las urnas el espacio de la lucha política y el Parlamento, el centro del poder político.

Al igual que ocurre en México, en España los grandes partidos políticos históricos han perdido peso y ascendiente en la sociedad. El gobernante PP y el PSOE serán los perdedores, tanto en votos como en escaños. Los partidos emergentes Ciudadanos y Podemos se configuran como los nuevos actores de esta redefinición. Se trata de una crisis estructural, no coyuntural. En el escenario que se vislumbra, el PP o el PSOE quedan muy lejos de alcanzar por sí mismos mayoría parlamentaria. En realidad es reflejo del desencuentro entre la oferta de la política tradicional y las expectativas de los ciudadanos. Lo que está en crisis es el realismo  -económico o político- propio de la forma convencional de gobernar. Una analogía de ambos países.

Este domingo, los votantes confirmarán una nueva forma de pluralismo y acercarán a la mesa del poder a dos nuevas organizaciones: Ciudadanos, de centro derecha y Podemos, de izquierda. Cada una arrebata una parte importante a los partidos que han dominado el escenario electoral. La pérdida no es menor pues, según cifras de El Mundo, el PP pasaría de 186 escaños a un máximo de 119, mientras el PSOE se irá de 110 a 81. Podemos se perfila para obtener hasta 60 asientos y Ciudadanos 69, aunque éstos últimos números podrían elevarse por las tendencias de estos días.

Este año 2015 anticipó una nueva realidad partidaria para México. El PRI, PAN y PRD han perdido significativamente fuerza electoral y plazas importantes. Consecuentemente, Morena y los candidatos independientes surgen con renovado impulso. También crecen los llamados partidos pequeños que, en algunos casos, se vuelven alternativas de gobierno, como ocurrió en Jalisco con Movimiento Ciudadano o en Cuernavaca con el PSD que llevó al poder a Cuauhtémoc Blanco. Ni México ni España habían vivido un realineamiento electoral de tal magnitud.

Hay causas que se comparten y la expresión más evidente es el discurso contra la corrupción. Las nuevas formaciones políticas son contestatarias al sistema. Los partidos históricos y los gobiernos se vuelven sinónimos de venalidad; responden mal y su propia postura abre camino a las fuerzas antisistémicas. Así, por ejemplo, en España, durante el debate de los dirigentes del PP y PSOE el pasado lunes, Pedro Sánchez echó en cara al presidente Mariano Rajoy el hecho de no haber renunciado hace años por escándalos de corrupción. De todo se dicen y la acusación mutua es la descomposición de la vida pública. La conclusión del votante es obligada: ¿para qué votar por los mismos si ambos son iguales?

El tema viene al caso por la campaña del PAN que ha convertido el rechazo a la corrupción en eje de su posicionamiento. Sin embargo, a pesar de que el albiazul es el partido con menor rechazo, persiste la idea de que cuando ha estado en el gobierno ha sido tan corrupto como cualquiera. ¿Hasta dónde la campaña del PAN abre paso a las opciones políticas antisistémicas? Aquí, la conclusión del votante es equivalente: ¿para qué votar por los mismos si PRI, PAN y PRD son iguales? Este fue uno de los componentes del éxito de Jaime Rodríguez en Nuevo León. En la elección para  gobernador, el PAN se asumió opositor cuando el electorado lo percibía como parte del sistema. El oponente real fue Jaime Rodríguez por su rechazo a los partidos y al régimen electoral y los medios. Sus críticas al gobierno y a la corrupción valían por igual para el PRI que para el PAN, lo que explica el resultado histórico más bajo y la derrota de Acción Nacional en Monterrey.

La singularidad del caso mexicano es definida por los candidatos independientes, eficaces solo mientras se mantengan en la percepción colectiva como contrarios al sistema, al menos en lo que respecta al régimen político. España, como todo país democrático, traslada al terreno de los partidos la disputa por el poder. Hay caras y hay nombres: Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias, pero el  proyecto de todos ellos es partidario y, por lo mismo, el debate y el voto son definidos en función de programas y proyectos, no de personas.

A partir del día siguiente a la elección, el tema central en España será la conformación de una coalición gobernante. Se asume que el PP será el partido más votado pero también se anticipa que no obtendrá más de 25% de los votos; de ahí que si quiere integrar gobierno tendrá que recurrir a una de las otras tres opciones. Podemos está descartado y Ciudadanos se resiste a participar con el PP a menos que ellos presidan el proyecto. Lo que parece increíble es que en estos días Mariano Rajoy haya esbozado la posibilidad de una coalición con el PSOE, situación que polarizaría aún más a la sociedad hispana en lo que respecta al régimen tradicional de partidos. El presidente del Gobierno y del PP también ha lanzado un guiño a los soberanistas catalanes. No se excluyen nuevas elecciones.

El nuevo sistema español de partidos arranca mañana y ya mostrará que no es lo mismo gobernar que predicar como lo ha revelado la experiencia de Grecia. ¿Qué sucederá en México si gana una opción antisistémica? AMLO ha dicho que va a revertir las reformas estructurales, promesa imposible de cumplir a plenitud, y Jaime Rodríguez habla de desaparecer el sistema de partidos, aunque para ello requeriría lo que no tiene: legisladores. Ambos personajes han gobernado y en el poder han sido más moderados de lo que presumieron como opositores.

España nos ofrece una experiencia que deberíamos aprovechar. No está por demás observar las virtudes del régimen parlamentario para el caso de un voto fragmentado. Quizás ha llegado el momento de tomar en serio la política y de atender dos temas  centrales: el régimen de partidos y el sistema de gobierno.

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