Henry Kissinger: “El orden mundial”


Liébano Sáenz

Henry Kissinger (1923), representa una de las más polémicas radiografías de las entrañas del pensamiento político del ser y el hacer de la diplomacia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Kissinger fue uno los grandes ideólogos del liberalismo en el siglo XX. Además, fue pieza clave de la llamada “política de distención” que consintió en el decrecimiento de la tensión entre los Estados Unidos  y la Unión Soviética. Fue un actor fundamental en el deshielo de la Guerra Fría. Es también, un hombre público de largo aliento y controvertido itinerante en la política. Ha escrito un reciente libro muy acorde al carácter de sus “buenos oficios” que datan de 1969 a 1977. El título de su nuevo texto es El orden mundial. Reflexiones del carácter de las naciones y el curso de la historia. Este libro es el vigésimo segundo título, y quizá el ultimo, del reto “un año de libros” de Mark Zuckerberg en este 2015.

Henry Kissinger quien  fuera secretario de Estado durante las presidencias de Richard Nixon y Gerald Ford y consejero de Seguridad Nacional, comienza su libro relatando la ocasión en que, como estudiante, preguntó al entonces presidente Henry S. Truman de qué estaba más orgulloso de su mandato. La respuesta fue: “Que hemos vencido totalmente a nuestros enemigos y después los hemos hecho regresar a la comunidad de las naciones”. Para Kissinger, todos los presidentes posteriores a él se han apegado, de una manera u otra, a esta idea según la cual, Estados Unidos está llamado a organizar a su alrededor a la “comunidad de las naciones”.Esta idea implica, según el autor, un orden cooperativo de estados en expansión que observan normas y leyes comunes al adoptar por igual el sistema económico liberal, defender sus territorios, respetar la soberanía nacional e implementar sistemas de gobierno participativos y democráticos. Para el Premio Nobel de la Paz de 1973, el proyecto de la “comunidad de las naciones” lleva largo tiempo en marcha y, sin embargo, no está consolidado plenamente.

Kissinger sostiene que el “orden mundial” que ha impulsado los EUA se ve, actualmente, amenazado por factores como la difusión de armas de destrucción masiva, la desintegración de los estados, el impacto de la depredación ambiental, la persistencia de políticas genocidas y la expansión de nuevas tecnologías cuyas consecuencias podrían salirse del control humano.

El orden mundial es un sólido examen de la geopolítica del siglo pasado, que viene de uno de sus topógrafos privilegiados, que proyecta la traza y el mapa del nuevo mundo capitalista. Kissinger, desde esta perspectiva sostiene que, actualmente, el mundo puede dividirse en dos partes: el norte y el sur. En el hemisferio norte el paisaje se vislumbra plano. Los países desarrollados del norte tienen un camino pavimentado para alcanzar el desarrollo económico y la democracia plena. Por el contrario, los países del hemisferio sur se enfrentan a un paisaje montañoso, elevado. El camino, para ellos, es más complicado, más difícil. Es tiempo de deshacer los “males sistémicos” e implantar igualdad de condiciones para todas las regiones del mundo. Sólo un orden mundial con esas características podrá garantizar su supervivencia y. además, ser democrático.

Pero ¿Cuáles son los antecedentes del orden mundial? Kissinger remite el fenómeno del orden mundial contemporáneo hasta la Paz de Westfalia de 1648. Esta serie de tratados firmados entre varios actores europeos pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años (1618–1648). Según Kissinger, la Paz de Westfalia fue el primer encuentro diplomático de gran escala en Europa central. Ahí comenzó el orden mundial.

Las circunstancias de aquel periodo lo llevan a notar el paralelismo con nuestro tiempo, también convulso y ampliamente dividido en regiones políticas. En el siglo XVII, un cuarto de la población europea había muerto a causa de la guerra. Asimismo, la multiplicidad de unidades políticas no era lo suficientemente fuerte para vencer y subyugar al resto del mundo.

También, la carencia de unidad religiosa -el protestantismo se repartía parte de la otrora Europa católica- imposibilitaba apelar a una unión de carácter necesario y divino. Hoy, en el mismo sentido, cada nación adopta su propia ideología, los balances están en constante tensión, la religión se ha desplazado de la esfera pública a la privada más que nunca, la población dismunuyó por causa de las dos guerras mundiales y los ataques terroristas tienen un carácter y alcance internacional.

La teoría de orden mundial de Kissinger comparte los mismos objetivos desde que escribió La Diplomacia en 1994: Kissinger busca aplicar su particular noción de justicia, a través del poder, a todo el mundo. Naturalmente, esto implica modificar los valores del resto de las sociedades, todo con el fin de “evitar conflictos insostenibles y guerras catastróficas”.

Kissinger piensa en los problemas que tan duramente para su país ha planteado el Islam en las décadas recientes y también en la Guerra Fría con la Unión Soviética, cuya ideología, en un principio opuesta, fue rápidamente integrándose al mercado liberal y al modo de producción capitalista hasta hacer de Rusia, hoy por hoy, una potencia política y económica que desafía a los Estados Unidos en sus propios términos. Ve aquí el autor un desarrollo positivo de asimilación de valores, pero también un reto por cuanto implica sostener la balanza del poder mediante alianzas.

El estadista sostiene que Estados Unidos debe continuar con un papel protagónico en este orden mundial. El autor nos recuerda que el liderazgo estadounidense ha prevalecido a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Kissinger insta a sus compatriotas a reforzar la convicción de que Estados Unidos es,  y deberá ser, el organizador del “mundo libre”, sin negar con ello, la necesidad evidente de colaboración con el resto de las naciones.

A lo largo del libro, Kissinger argumenta que, llegado el caso, Estados Unidos tendría el deber de actuar contra el resto del mundo si los principios que encarna la pimera potencia del mundo se ven atacados por la mayoría. Así, pregunta: ¿Qué es lo que tratamos de evitar como líderes?, y si es necesario, evitarlo sólo por nuestra cuenta? La respuesta define la condición humana mínima de la supervivencia de la colectividad.

Como ha demostrado el libro de Kissinger en su recorrido histórico por la Paz de Westfalia, la idea misma de soberanía nacional ha estado siempre ligada a la de alianza y compromiso multinacional: el equilibrio entre ambas es por naturaleza conflictivo y a cada país corresponde buscar lo que más acomode a sus aspiraciones.

Nos dice Henry Kissinger que “el poder es el último afrodisíaco”. Aceptemos su idea, pero sepamos que, como cualquier afrodisiaco, éste depende primordialmente del instante preciso del momento de la seducción en el juego de los dominios. Como cantara Frank Sinatra en 1966, quien por cierto acaba de celebrar su centenario: “And the world will be better for this/ That one man, scorned and covered with scars/ Still strove with his last ounce of courage/ To reach the unreachable star”.

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