El tránsito de ciudadanos a usuarios


Liébano Sáenz

“Bajo la epidermis de la normalidad, somos parte de cambios aparentemente silenciosos”

Una de las expresiones de la política de estos tiempos es el desencanto de la sociedad con lo existente. Es como una ola que lo mismo ocurre en Europa, América y concretamente en México. Más que un humor social dominado por la insatisfacción, enojo y escepticismo, nos estamos aproximando a una nueva forma de ser de las personas, es decir, las exigencias que la sociedad impone hoy a la política, no son coyunturales, más bien presagian un cambio más profundo y trascendente del que apenas vemos algunos rasgos y que tiene un potencial transformador que sobrepasa las formas convencionales de la política como es la alternancia, el debate y el poder competido.

En mayor o menor grado, el orden de cosas existente se ha degradado en el aprecio público. No deja de ser una paradoja, al menos para México, pues ahora que la democracia ha adquirido carta de naturalización y se ha vivido ya por décadas estabilidad económica, curiosamente es mayor el rechazo y la exigencia a muchas de las instituciones que hacen funcional la democracia y la economía. En estos tiempos ser moderado u optimista se vuelve agravio y, para algunos, hasta insulto. El problema no es la disidencia, la oposición o, incluso, tampoco el radicalismo; la cuestión que debe importar es que no se puede transitar a un mejor porvenir en medio de la desconfianza y el encono razonado o imaginario. No solo se ha perdido aprecio por muchas cosas positivas presentes, también se ha diluido el espíritu de esperanza.

Lo antisistémico cobra fuerza, es lo de hoy. Así es pero no por las propuestas que plantea, sino por el sentimiento de venganza que le acompaña. En México los candidatos independientes y la irrupción de Morena son dos de sus expresiones. Y comentaba antes, esto no sólo está ocurriendo en nuestro país, en España allí están los dos nuevos agrupamientos Ciudadanos y Podemos que por los votos obtenidos han llevado al país a la indefinición de gobierno por la ausencia de mayoría parlamentaria. En muchas partes del mundo resurgen los nacionalismos, algunos de un hostil conservadurismo, como el que se erige en el Partido Republicano norteamericano. No está por demás señalar que la política del espectáculo en buena parte se alimenta de los escándalos de corrupción y se recrea en el ciberespacio donde no median estándares de veracidad, rigor de juicio o debido proceso. Allí, con arbitrariedad e impunidad y, en no pocos casos, hipocresía se erige un tribunal ávido de condenas sumarias.

Por la profundidad y trascendencia de la revolución tecnológica y su impacto en los hábitos informativos, de comunicación y entretenimiento, somos testigos del tránsito de ciudadanos a usuarios. También hay un desplazamiento de los medios de comunicación convencionales por los digitales. Lo tradicional ha tenido que convivir e interiorizar la tecnología. Lo mismo ocurre con el libro de papel respecto al digital. La categoría de ciudadano remite a derechos y obligaciones; en el caso del usuario, su identidad es el acceso al mundo digital, ejerce con intensidad su libertad y conscientemente es acechado por la multiplicidad de las posibilidades informativas e inconscientemente por las plataformas de Analytics y Big Data que terminan reduciendo a este referido usuario en un algoritmo a seleccionar o clasificar.

Soy de los que cree que las formas tradicionales de comunicar no perecerán, pero sí se verán obligadas a adaptarse y a convivir con el enemigo, sí, enemigo porque lo nuevo amenaza su existencia si no hay adaptación. La publicidad política todavía tiene una carga fuerte en medios convencionales, excesiva si se considera su impacto real y especialmente lo que se perfila al futuro; sin embargo, el mundo del ciberespacio cobra fuerza y ambos, medios convencionales y digitales, se potencian cuando interactúan. Pero son distintos, lo digital es horizontal, interactivo, discrecional y opera en la inmediatez, en tiempo real. El medio convencional como el libro o el diario tienen la fortaleza de dejar huella y trascender la existencia precaria de lo digital, incluso de la radio y Tv.

En México la crisis de confianza no es coyuntural. Tampoco remite a un personaje, a un cargo, a un partido o a un evento. El llamado humor social es punto de partida para la valoración de la autoridad y de las intenciones de voto. No es casual que en las elecciones de 2015 los tres grandes partidos hayan tenido un severo retroceso, menor en el caso del PRI porque anticipó alianzas y porque le favorece que el voto que le compite se fragmenta. Es lo mismo que ocurrió en España con el PP y PSOE. En Estados Unidos lo antisistémico se da al interior de los dos grandes partidos y sus expresiones más refinadas son Donald Trump y Bernie Sanders, con mayor claridad el primero que el segundo.

La valoración que se hace en esta sociedad de usuarios sobre el desempeño del gobierno está predefinida por el humor social; quien está a favor o en contra no lo determina por la calidad del ejercicio de gobernar, sea este eficaz o ineficaz, sino por el prejuicio que nace del estado de ánimo y la perspectiva del poder; no son los resultados los que definen la opinión sobre el gobernante, sino que esto los antecede, por ello ni las buenas noticias o los logros alcanzan a impactar las agujas que miden la evaluación púbica de lo que hace el gobierno.

La crisis de los medios no solo es en términos de audiencia, sino de credibilidad e influencia. Lo mismo ocurre con las instituciones de la democracia representativa como son los partidos políticos o las asambleas legislativas; por cierto, también ha mermado la confianza en instituciones como son la Iglesia, las fuerzas armadas o las grandes empresas.

El país vivirá este año la renovación de 12 ejecutivos locales. Cada Estado mantendrá su propia dinámica. Sin embargo, como denominador común los actores del proceso deberán considerar la crisis del paradigma existente que favorece a la fragmentación de las intenciones de voto. La irrupción de los candidatos independientes está asociada no a la credibilidad o fortaleza del personaje o propuesta, sino a la capacidad de concitar un proyecto alternativo no solo sobre el partido gobernante, sino del conjunto del sistema político y de representación. Esto es válido para las elecciones venideras, también para la comunicación de los gobiernos.

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