Incertidumbre, lo único cierto


Liébano Sáenz

 “La política es el arte de lo incierto, lo que nos lleva a un principio de incertidumbre política generalizada”   Edgar Morin

La incertidumbre es un rasgo de la política. En el pasado, en la época del poder no competido, su aparición se limitaba al momento de la selección del candidato del PRI. Y hasta ahí llegaba porque el resto, la elección, era la crónica de un resultado anunciado. En la actualidad es diferente. Como en toda democracia, la definición de candidatos marca el inicio de la contienda pero la incertidumbre ante el desenlace se prolonga durante toda la disputa por el voto.

Lo que ahora acontece es aún más incierto. Desde el plano del análisis, no del de la política, es difícil anticipar un pronóstico para las elecciones de gobernador en puerta. Desde luego, según las peculiaridades de cada entidad es posible anticipar un perfil de contienda y, eventualmente, pronosticar un resultado, pero la incertidumbre es la figura dominante en casi todas las contiendas.

Así ocurre por una razón especial: los partidos han perdido densidad en la representación social. Solamente una minoría muy estrecha respecto del conjunto del electorado suscribe afinidad o pertenencia a un partido. Tampoco se percibe ese voto inercial o duro de los partidos que asegure un mínimo significativo de votación y, desde allí, permita proyectar un resultado. La sociedad mexicana se ha ido alejando de los partidos, más ahora que se ha abierto la puerta a los candidatos independientes.

El PRI persiste con la base electoral más numerosa y la mayor horizontalidad, aunque en algunas entidades, como el Distrito Federal, ha perdido representación desde hace tiempo. El PAN no vive su mejor momento; su fuerza depende de la presencia que logre en gobiernos locales. Así, por ejemplo, las derrotas en Morelos y Jalisco lo han remitido a un lugar muy bajo en la intención de voto. En el caso del PRD, la crisis es más profunda y acelerada, y la competencia que le plantean Morena y Movimiento Ciudadano significa una merma en su base electoral histórica.

Los partidos históricos se muestran crecientemente débiles ante los nuevos tiempos; de hecho, esta situación sugiere que son fuertes donde gobiernan no que gobiernan donde son fuertes. Aun así, no se puede desdeñar la base electoral estable que caracteriza al PRI en casi toda la República y la del PAN en la zona centro y norte del país. Sin embargo, como se ha señalado, el voto estable de los partidos, con algunas excepciones, no da para mitigar la incertidumbre propia de la competencia democrática por el poder.

De cara a los 12 comicios de este año, el reto es entender la manera en la que los partidos contendientes van construyendo sus posibilidades de triunfo. El primer paso es seleccionar candidatos competitivos y mantener la cohesión partidaria; es decir, evitar que la competencia interna provoque alguna fractura en la contienda. En este contexto, es la misma incertidumbre la que abre paso a los desafectos en un partido, a la posibilidad de que los no favorecidos en la selección del candidato busquen la postulación de otro partido o, incluso, una candidatura independiente.

Precisamente por los términos de la competencia, las coaliciones adquieren importancia. Es una paradoja que con todo y la opción de alianzas que tienen los partidos, los candidatos independientes sean competitivos; sin embargo, así es, gracias a la debilidad de los mismos partidos y al desprestigio social del conjunto del sistema de representación. Esa es su fuente de fuerza y de viabilidad. Por eso en determinados entornos, la competitividad de los independientes se sustenta en su carácter antisistémico, no en su biografía ni en la solidez de su proyecto político. Un candidato independiente fuerte debe estar en contra de los partidos, además de ser un buen comunicador para dar credibilidad a su postura.

La coalición PAN – PRD hace seis años fue crucial para inaugurar la alternancia en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, pero hoy las condiciones no son las mismas. El PAN puede ganar solo en Puebla, mientras que el PRI recuperaría Sinaloa y también se perfila como ganador en Oaxaca, especialmente si el PRD se divide en la selección de candidatos. El PAN y el PRD irían juntos en Quintana Roo, apoyados en la fuerza del candidato Carlos Joaquín, no tanto de la coalición; y en Veracruz el efecto de la unión entre PRD y PAN puede abrir espacio a Morena, partido que ha obtenido buenos resultados en el pasado reciente. En Zacatecas, al igual que en Oaxaca, las oportunidades del PRD pueden verse afectadas por la dificultad para hacer una postulación de unidad. En tanto, en Chihuahua, Aguascalientes y Oaxaca se perfilan candidatos independientes competitivos.

El PRI ha aprendido a construir alianzas electoralmente exitosas. No habría ganado la elección de Colima sin la aportación de votos del PT, Nueva Alianza y PVEM. Estos dos últimos partidos lo acompañarán en las próximas elecciones a gobernador, con la probable excepción de Puebla. Al final, en casi todos los casos, la contienda estará  centrada en candidatos, no en partidos o coaliciones.

La incertidumbre se decanta conforme avanzan la contienda y las campañas. Casi siempre el escenario ha sido dominado por dos competidores, excepcionalmente tres. Es probable que varios de los estados con perfil bipartidista, como Chihuahua y Aguascalientes, planteen contiendas de triple opción, y lo mismo podría presentarse en Tlaxcala, Zacatecas y Veracruz. La diferencia la marcaría Oaxaca donde podría haber cuatro candidatos competitivos.

El tema que debe ocupar a los partidos es la definición de campañas a la luz del nuevo paradigma que hoy ya es evidente y que habrá de acentuarse con el tiempo. El segmento de población menor de 30 años, que representa una parte significativa del electorado, está muy distante del modelo de comunicación de los partidos fundado en los medios electrónicos. Su ámbito es la comunicación digital. Hacer campaña en este terreno es un desafío mayor que exige asumir  los principios y modos propios de ese mundo; para entendrlo, hay que desaprender lo aprendido hasta ahora.

En efecto, la incertidumbre es el rasgo distintivo de los tiempos de la competencia. Así se presenta en 2016 y así se anticipa para la contienda presidencial de 2018.

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