Revisitando a los independientes


Liébano Sáenz

Sin vacilación ni adorno, Jorge Castañeda advirtió que de no haber opción única de candidato independiente en la elección de 2018, será imposible cumplir el objetivo que él y muchos otros asignan a esta figura: la derrota del sistema de partidos. El expresidente Vicente Fox había lanzado antes una dura crítica a los independientes, a quienes definió como un posible riesgo o un salto al vacío, muy lejano a una panacea.

La realidad es que estos jugadores sin partido llegaron para quedarse. Serán una alternativa en el futuro y su éxito electoral dependerá, por una parte, del agotamiento del régimen político actual y, por la otra, de su desempeño en el cargo. Los independientes tienen la virtud de canalizar, a través del voto, la indignación propia de estos tiempos, pero esto solo se consigue en la medida en que se plantean como vehículo para rechazar el arreglo político vigente fundado en partidos. No cualquier independiente es exitoso ni lo será en todo lugar o momento. La eficacia es condición ineludible.

Coincido con muchos en la necesidad de que los candidatos independientes se hagan presentes. Hay una razón de estricta justicia y dogma democrático: el derecho a ser votado. En ello Jorge Castañeda fue pionero y hoy la existencia de candidaturas independientes al amparo de la Constitución y del código básico de los derechos fundamentales que él promovió, no está en tela de juicio. Reconozco su éxito electoral y su poder para mejorar el sistema de representación; sin embargo, soy mucho menos optimista en lo que toca a su funcionalidad democrática.

Los independientes ya demostraron que pueden ganar elecciones pero aún está por verse si son capaces de mejorar la calidad del gobierno. Hay que considerar un problema que no es menor y que tiene que ver con la democracia representativa: un gobierno, el que sea, sin el apoyo parlamentario se ve disminuido en su capacidad de hacer y de resolver. La falta de respaldo legislativo es una amenaza que puede derivar en el enfrentamiento entre poderes y, eventualmente, en una crisis mayor de gobernabilidad. La democracia moderna requiere forzosamente de pesos y contrapesos, y un presidente o gobernador confrontado con el poder legislativo plantea un peligro más grave.

Muchos ven en el expediente de los independientes una fórmula para desplazar al sistema de partidos. La crisis de los partidos históricos alienta esta percepción y favorece la construcción de nuevas alternativas partidarias como ha sucedido en España con Podemos y Ciudadanos. En México han surgido dos opciones, Encuentro Social y Morena, más exitosa la segunda por el peso de Andrés Manuel López Obrador, quien ha podido construir una amplia base de simpatizantes en su entorno, con la limitación de que un partido cuya fuerza descansa en una persona corre el riesgo de extraviarse en el tiempo.

López Obrador compite en el mismo mercado de los independientes: un electorado indignado que representa aproximadamente un tercio del total. Este personaje de agudo instinto político ha tenido la claridad de no hacer concesión alguna a los independientes. Al menos en el caso de Jaime Rodríguez, su descalificación ha sido frontal. A su vez, “El Bronco”,  ha sabido defender la esencia de su proyecto con el argumento de que López Obrador es igual a los demás, “vive del presupuesto que la sociedad da a los partidos y, por ende, no es vía genuina para el cambio”. Tanto Castañeda como AMLO y “El Bronco”, coinciden en su deseo de contender sin competencia entre sí, en la búsqueda del mercado electoral que se disputarían en el 2018.

Así, la mejor estrategia de los candidatos independientes es presentarse como la opción para desplazar al sistema de partidos existente, una bandera social nada desdeñable en virtud de la baja votación recibida por los tres partidos históricos en las elecciones intermedias de 2015. Es un objetivo difícil pero posible, incluso aún cuando el candidato tenga un claro perfil político y una militancia partidaria reciente, como ocurrió con Jaime Rodríguez en Nuevo León.

Sin embargo, en la esencia misma de la institución -el derecho a ser votado- no hay terreno para exigir que solo exista un candidato independiente para las elecciones de 2018, como lo sugiere Jorge Castañeda. De hecho una de las tareas a resolver para fortalecer a la institución es reducir los requisitos desproporcionados o excesivos para obtener el registro oficial de candidato y al tiempo evitar se desnaturalice como una opción principalmente ciudadana y no como un recurso de políticos tradicionales tránsfugas. Lo que realmente estaría planteando Castañeda, sin querer, es la idea de un caudillo.

También es necesario, como lo alerta el ex presidente Vicente Fox, cuidar las reglas aplicables al financiamiento para que la equidad corte parejo: que tengan prerrogativas y topes de campaña competitivos, pero también que rindan cuenta sobre el origen y destino de los recursos de campaña. Las reglas deben evitar que las candidaturas independientes se vuelvan medio para que los poderes fácticos, incluso criminales, accedan a la representación política o al gobierno. En este sentido, con todas las limitaciones y malas experiencias a la vista, el sistema de partidos es filtro, si se quiere deficiente, para atenuar los riesgos de la penetración del crimen a la política.

En realidad, en el sentido más estricto, los candidatos independientes no existen. Decir que no dependen de un partido sino de la sociedad o de la ciudadanía, es una abstracción, un juicio que distorsiona el sentido del mandato y lo convierte en cheque en blanco. Quiérase o no, los partidos plantean proyectos y programas políticos que sirven de brújula al sufragio, confiriéndole sentido y propósito. De hecho, si el sistema de gobierno y el de  representación parlamentaria se han desgastado no ha sido por su subordinación al partido, sino justamente por la razón opuesta, porque ya en el gobierno, llevado a extremos por el pragmatismo, desvirtúa la propuesta electoral que le dio sentido al voto mayoritario.

Este año, los candidatos independientes ganarán terreno. En buena parte, su éxito no descansará en el perfil o en la propuesta del candidato, sino en el hastío ciudadano ante la desgastada oferta partidista. Es muy probable que en 2018, por primera vez en la historia reciente, tengamos candidaturas presidenciales independientes. Significarán, sin la menor duda, una reivindicación del derecho a ser votado pero también una oportunidad cuya  magnitud solo será equiparable al tamaño del riesgo.

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