Tiempos distintos, nuevas realidades


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Liébano Sáenz

En memoria de Fernando Solana Morales

 

La discreta y velada ruta que siguen los cambios impide percibir su entera trascendencia y profundidad. Hoy, la sociedad es claramente distinta a la que conocimos hace apenas unos años. Todas las comunidades, todas las naciones, se han transformado de manera abismal. Con mucha más firmeza que lo observado en las últimas dos décadas, aunque por su gradualidad, el proceso no pueda ser advertido plenamente. Lejos de desconocer los problemas de vieja o nueva factura, soy de los que creen que ahora nuestras circunstancias son considerablemente mejores. Sin embargo, también advierto una creciente indignación con respecto al estado de cosas, lo mismo que una pérdida de expectativas y, en algunos casos, de esperanza. Hay una crisis de ideales y, de paso, de mística. Mi generación padeció mucho más pero el anhelo de mejorar favoreció muchas cosas positivas en ese tránsito.

El año 1994 fue punto de quiebre por sus eventos históricos: el levantamiento zapatista, el asesinato de Luis Donaldo, la ejecución de Francisco Ruiz Massieu, la severa crisis financiera y su secuela, a lo que hay que añadir el asesinato del Cardenal Posadas en el año previo a ese año horrible. En este sentido, el 2000, más que señal de partida dio testimonio de un régimen agotado, si bien tuvo la virtud de sentar bases para una transición sin traumas ni rupturas. La expectativa de cambio impulsó la alternancia en la Presidencia pero el complejo equilibrio político expresado en la resistencia de los que perdieron y la inexperiencia de quienes ganaron, no permitió abrir cauce virtuoso al cambio. De hecho, las reformas institucionales que marcaron la década anterior se detuvieron. En 2006, el PRI presentó la opción tradicional y fue remitido al tercer sitio de las preferencias, mientras López Obrador quedaba muy próximo al triunfo. El miedo conspiró contra una segunda alternancia.

Es singular que los cambios de hoy, pese a ocurrir en este sexenio, no llevan su sello. Las reformas, trascendentes por sus contenidos y efectos, no calan en la sociedad. Se dieron con el consenso de quienes dominaban el proceso político. Quizás la inclusión y el acuerdo común habrían complicado su aprobación. Paralelamente, tuvo lugar el cambio social derivado de la revolución tecnológica en información. Afortunadamente, una de las reformas se ocupó de ella, al abrir las posibilidades para su impulso y socialización en el marco de la competencia.

La violencia recurrente es el signo de nuestros tiempos. Las sociedades se han vuelto más temerosas y eso nunca ayuda a pensar en grande. La obsesión por la seguridad y el miedo al terrorismo en los países desarrollados ha alterado las coordenadas políticas internas y externas. La lucha contra el narcotráfico en esas regiones ha dejado de ser prioritaria aunque las premisas históricas de la prohibición no se han modificado, lo que ha tenido dolorosas y dramáticas consecuencias en México. La criminalidad más violenta se asocia al tráfico de drogas. El mundo debe revisar y discutir con mayor empeño el modelo restrictivo en esta materia.

El terrorismo es una preocupación genuina y válida. En México algunos lo ven como algo ajeno y hasta exótico; y en ciertos sentidos así es, pero la realidad es que, en muchas formas, el fenómeno nos incluye, sobre todo por la vecindad con un país que además de ser el más poderoso, es objetivo del fundamentalismo islámico. Tanto en la sociedad como en la política norteamericana persiste el temor a lo que proviene del  exterior, pero con evidentes modificaciones. La guerra fría terminó, pero el miedo se acrecentó. Así lo demuestran las actitudes y reacciones en el Partido Republicano y sus elecciones primarias. No es solo el caso de Donald Trump, sino el sentir de un sector importante de la sociedad norteamericana que advierte la necesidad de una ofensiva hacia todo lo que para ellos parece extraño. Su disposición para incursionar en los caminos de la intolerancia y el prejuicio es lo que inquieta y lo que hace que las mismas élites norteamericanas vean con preocupación los desplantes nacionalistas y xenófobos en la disputa por la candidatura presidencial del Partido Republicano.

En muy mala hora ocurre entonces el ataque terrorista islámico en Bruselas. Los hechos acreditan a los duros. Las autoridades belgas afirman que no pudieron aprehender a los presuntos responsables por no tener elementos suficientes para su detención. Un argumento propio de la civilidad que choca con el voluntarismo autoritario de quienes asumen que en la lucha contra el terrorismo todo se vale, incluso el sacrificio de premisas básicas de la sociedad contemporánea como los derechos fundamentales. Algo parecido ha ocurrido en el debate nacional contra la inseguridad. Hay quienes consideran que se puede luchar contra el crimen pasando por alto la ley y del debido proceso. Son tiempos distintos en los que el miedo se asocia a la ineficacia de las instituciones de justicia para abatir el oprobio de la impunidad.

Han pasado más de dos décadas desde aquel trágico 1994, el periodo de la pérdida irrecuperable agravada por explicaciones insatisfactorias o insuficientes. No es el error de diciembre, sino el 23 de marzo lo que debe aclararse y desvelarse. Ya es tiempo de abrir públicamente el expediente y mostrar los elementos que cada quien incorporó a la investigación. Se puede avanzar al futuro con esa herida pero siempre será una limitación para entender y comprender aquella circunstancia y nuestro tiempo, así como para poner en balanza a los personajes de ese momento, a fin de dignificar la memoria de quienes perecieron.

Hoy el país se encamina hacia nuevos derroteros con una sociedad transformada. El cambio ha sido contradictorio. Sí, es necesario plantear nuestro devenir con generosidad, optimismo y altura de miras. El miedo solo funciona a quienes se aventuran en el populismo, rechazan todo y están muy dispuestos a dar su aval moral a sectores radicales como el grupúsculo que ha secuestrado al proyecto educativo en Oaxaca. Es discutible que sea la mejor vía para ganar votos pero es claro que funciona para polarizar a la sociedad.

Tiempos diferentes para nuevas realidades. El cercano 2018 anuncia un momento crucial para el país y para su democracia.

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