Entre el desaliento y la esperanza


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Liébano Sáenz

Lectura imprescindible la reflexión de Enrique Krauze sobre nuestro tiempo, publicada en Letras Libres bajo el título Desaliento de México. Un texto sencillo y a la vez profundo; claro y agudo. La nación percibe que no está pasando por un buen momento. Se padece corrupción, impunidad y violencia; a estos factores habría que incorporarles la desmemoria y la falta de aprecio por lo alcanzado, particularmente entre las generaciones jóvenes y no tan jóvenes, pero que no vivieron el México de la crisis, el autoritarismo y el desencanto.

El mayor logro del pasado fue alcanzar la democracia y arribar a ésta sin el trauma de la ruptura institucional, haberlo hecho por la vía del acuerdo y por aproximaciones sucesivas. Este modelo de transición implicó que no hubo relevo generacional en la política, se entreveraron las viejas prácticas no democráticas con las de renovación. Con la transición no arribó al poder una clase política liberal y visionaria. El México de la tradición patrimonialista nunca se fue; por ello la venalidad subsistió más allá de lo pensable. No hubo nuevos demócratas, sino beneficiarios de la apertura. La transición no creó ciudadanía, más bien un modelo de negociación y de reparto del poder y privilegios.

Lo que dice Krauze es válido; pero también hay que señalar el extravío ético del proyecto nacional. No hay lugar para la nostalgia, pero al menos en el pasado había un sentido de destino, quizá con carga de utopía y no ausente de excesos, pero prevalecía la pretensión por hacer realidad una idea de nación libre, justa e independiente. La modernización que llegó en la economía y en la política careció de ese piso ético o destino deseable. La privatización no siempre fue virtuosa, incluso en ocasiones, fue regresiva ya que se transitó del monopolio público al privado, con todas las consecuencias que eso implicó, además de la persistente corrupción.

La mística social o nacionalista se remitió al cajón de la demagogia. Lo mismo ocurrió con el sentido de Estado, el que se extravió con la alternancia en la Presidencia de la República; después, por el embate de la criminalidad se intentó rescatar el sentido de gobierno, pero el Estado como tal casi desapareció del diccionario de la responsabilidad pública. Por eso se cedió en exceso al gobierno del país vecino en temas de seguridad nacional; por eso el interés gremial se impuso en el proyecto educativo; por eso la concentración productiva y los monopolios; por eso, también, ganó terreno la delincuencia y el crimen organizado.

Krauze destaca la corrupción, impunidad y la violencia como causas del desaliento. Quizás esto valga más para nuestra generación que para la de la mayoría que, ciertamente, es de jóvenes. Tenemos derecho al aprecio de nuestra transición y de nuestros logros; pero no ayuda que la generación joven los ignore o menosprecie. Lo preocupante es la falta de horizonte y sentido de destino de nuestros jóvenes y que las oportunidades que a algunos les ofrece el servicio público o la iniciativa privada sean desperdiciadas y se vuelvan mal ejemplo por la magnitud del fracaso al que conducen, precisamente por la falta de valores y sentido de compromiso.

Hay que decir que la esperanza y el aliento se construyen de manera diferente, especialmente en los jóvenes. Krauze nos advierte sobre las salidas falsas, particularmente la reedición del caudillismo. El desprecio de lo mucho bueno que hay y la frustración o enojo por lo que se experimenta o percibe hace fácil abrazar la aventura populista. No es un líder carismático lo que el país requiere, es una generación de dirigentes en muchas áreas que sirvan de modelo por su sentido de responsabilidad, por su visión y, especialmente, por su apego a las reglas de un sistema que debe ser garantía de derechos, certeza y esperanza.

El desaliento de nuestros tiempos preocupa, no la crítica al gobernante o al partido o partidos empoderados; tampoco el escrutinio a toda forma de poder, sea económico, religioso o mediático. El riesgo mayor deviene no solo de la incapacidad para dar respuesta a los desafíos que el presente depara, sino de la convicción de muchos mexicanos de que todo está mal y nada hay por recuperar, cuidar o proteger y, como tal, la ruptura es la única vía hacia delante.

La reflexión de Krauze es indispensable para este momento del país. En 1947, en Cuadernos Americanos, don Daniel Cosío Villegas hizo un examen igualmente crítico de la situación del país y del régimen político, bajo el título La Crisis de México, texto trascendente para la época y para lo que vendría. Hoy tenemos que ampliar el horizonte porque la crisis de confianza y credibilidad a todos alcanza, no solo a las instituciones públicas, también a las privadas y a las de carácter social. Esto ocurre en medio de una revolución tecnológica que potencia las libertades y modifica los hábitos informativos, de convivencia e interacción social. Es útil repensarnos y reinventarnos en nuestra actualidad y todavía más en nuestro porvenir mediato e inmediato. Ideas no faltan, tampoco muchos buenos y valiosos mexicanos para aportar su talento y entrega al bien del país. Están ocurriendo cosas diferentes y por lo mismo, tenemos que pensar diferente para entenderlas.

Los tiempos por delante son desafiantes. El mundo cambió y México también. Pero persisten problemas de siempre como la desigualdad, pobreza y venalidad. Ahora se suman los del deterioro institucional y la violencia derivada de la impunidad. La falta de sentido ético de muchos y de una cultura básica de la legalidad ha significado que la democracia y sus prácticas no ganen aprecio y arraigo a pesar de sus aciertos y no pocos logros.

En las élites hay una preocupante actitud de negación sobre la crisis presente; para algunos circunstancial, para otros irrelevante. Los más, distraídos en el día a día o en temas menores. Las ideas de Krauze son una útil y necesaria invitación a entendernos en nuestra realidad y en el proceso histórico que define nuestro momento. Frente a lo que viene y se perfila es necesario recuperar la vitalidad como nación, hacer valer lo mejor de nuestro pasado, acreditar lo mucho alcanzado como libertades y democracia y así abrir espacio a un México de esperanza por el que habrán de transitar los mexicanos de mañana.

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