La adversidad


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Liébano Sáenz

“Si no cambias de rumbo, puede que termines exactamente donde te diriges”

Lao Tzu

La peor manera de encarar un problema es ignorándolo; la otra es tergiversándolo. Los comicios del pasado domingo dejan inexorables lecciones a interiorizar para los ciudadanos, los partidos, los gobiernos y, también, los encuestadores, a quienes como anticipamos aquí, serían parte destacada del inventario de los perdedores.

Encuestas públicas que no interpretan con autenticidad la intención de voto; campañas de descrédito; el uso excesivo de los promocionales de radio y Tv; los operativos de tierra de las estructuras partidarias; los informativos sin apego a la realidad y a los temas que preocupan, no tienen el poder de desviar el sentido de la voluntad mayoritaria. El domingo pasado quedó acreditado que Los ciudadanos deben confiar en el poder del voto.

Desde hace tiempo el voto ciudadano castiga al partido gobernante. Así le sucedió al PAN cuando detentaba el gobierno nacional; también le ha acontecido en varias gubernaturas, destacadamente, Sonora. El PRI, al ser el partido con más gobiernos locales, es quien más expuesto está ante la ola de insatisfacción, que en no pocos casos lleva a la indignación. No es un fenómeno nuevo y concurren muchas causas para este humor social. Lo que es evidente es que la percepción de corrupción es la causal que más alimenta el rechazo a la continuidad. Recientemente Enrique Krauze se refirió a las razones del desaliento en México: corrupción, impunidad y violencia, a lo que agregaría la formación de una nueva subjetividad crítica con/por la modernidad digital y los efectos de una economía incapaz de proveer satisfacción o al menos esperanza.

El PRI y el gobierno nacional son quienes con mayor acento deben entender las causas del voto adverso. La percepción de corrupción es una causa importante, pero insuficiente. El PRI ha perdido cercanía con la sociedad; ante la adversidad el tricolor tiene la gran oportunidad de apurar su transformación profunda. Todavía es tiempo y el líder actual, Manlio Fabio Beltrones, tiene el talento, la visión y el liderazgo para conducir la cuarta transformación del partido que nació del régimen de la Revolución.

A grandes problemas, grandes remedios. La situación obliga al PRI a verse en el espejo de la difícil circunstancia y con ello a pensar la profundidad del cambio que requiere. El mensaje es inequívoco, de no actuar significaría no solo perder la próxima elección, sino como ya le ocurrió con Roberto Madrazo en el 2006 y al PAN en el 2012, que de ser la primera fuerza política pasaron al tercer sitio de las preferencias en la elección respectiva. Asumir el absurdo de que las elecciones se perdieron por la iniciativa presidencial en materia de matrimonio de parejas del mismo sexo es ridículo y elude la causa real de las dificultades presentes.

El gobierno del PRI ha llevado al país a la transformación más profunda y lo ha puesto al día en muchos sentidos. Pero hay problemas lacerantes que persisten y los ciudadanos no perciben acciones consecuentes. El gobierno debe actuar con más determinación y contundencia frente a la trilogía krauziana: corrupción, impunidad y violencia.

No es mi ánimo restarle mérito a las victorias del PAN, pero son cuatro de siete los gobernadores que llevó al poder que no comparten el proyecto político albiazul. Por otra parte, en esta elección los ciudadanos castigaron, no premiaron, mucho menos reconocieron. No es aconsejable festinar en exceso, especialmente, porque la ola antisistémica a la que hemos referido en este espacio (y que nos permitió anticipar que el signo de las elecciones sería la alternancia) afecta a quien más gobierna. Los ganadores de la reciente batalla, pueden ser los perdedores de la próxima, en especial, si no se mantienen a la altura de la elevada expectativa del voto que los llevó al poder.

El PRD tiene un desafío mayor. Su existencia está de por medio. Ampararse en los triunfos de las coaliciones no tiene sentido y es autoengañarse. Su mayor amenaza es López Obrador, quien desde ahora descarta cualquier acuerdo respecto a 2018. Para salir adelante son dos las opciones: Miguel Ángel Mancera o coalición con el PAN. Lo primero, depende de Mancera y de que a él se le asigne no solo la candidatura, sino la transformación del partido con una perspectiva más allá de 2018. Miguel Ángel Mancera puede ser el líder de la izquierda moderna, inteligente y propositiva. La alianza con el PAN les da tiempo y abre espacio para derrotar a AMLO. No están para poner condiciones y lo mismo será aceptable quien decida el PAN como su candidata o candidato.

A Morena se le acomodan las cosas de la mejor manera. Casi triplicó su votación en la suma de los estados con elección de gobernador y al no ganar gubernaturas lo mantiene como la fuerza antisistémica sin correr el riesgo del desgaste del gobierno. Los triunfos del PAN le ratifican como el polo opositor, visión que ha planteado AMLO como parte de su estrategia por el triunfo en 2018.

Los encuestadores no aprenden. Sabemos que las condiciones del país restan precisión a las encuestas y aun así deciden publicar sin complejo ni reserva. La situación ahora fue peor, porque fallaron las encuestas de salida, elemento fundamental para la certeza y la confianza en las elecciones. A todos confundieron la noche del domingo. No se puede ir en esas condiciones al 2018. Los encuestadores debemos darnos por notificados de la gravedad de esa situación. Los conteos rápidos probaron ser más acertados, precisamente porque no son encuestas, sino un cómputo parcial y representativo. Pero éstos no tienen la oportunidad de las encuestas de salida, ya que dependen de las actas de escrutinio. Si los encuestadores que erraron en las encuestas preelectorales y de salida no dan explicación, al menos sería útil que reconocieran el problema. No son todos, pero sí muchos.

A lo largo de varios meses en este espacio anticipé que las elecciones de 2016 serían un nuevo hito en la historia política del país. El cambio en curso es más profundo y trascendente de lo que la clase política está dispuesta a advertir. La adversidad es oportunidad de cambio, de otra forma se vuelve historia que habrá de repetirse.

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