Disenso y unidad


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Liébano Sáenz

Los resultados de las pasadas elecciones han abierto espacio a debates y justificaciones propias del desenlace. Por una parte, el castigo al PRI algunos lo trasladan a la iniciativa presidencial sobre los matrimonios del mismo sexo, otros se refieren al deterioro de la imagen del PRI como partido gobernante, algunos más como rechazo a las campañas negras contra algunos candidatos. La realidad es que no hay una causa única y cada elección local tiene su propia historia y su singular dinámica, aunque también hay circunstancias comunes que debieran llevar a la obligada reflexión sobre la política, el gobierno y sus efectos respecto a las elecciones de 2017 y, muy especialmente, las de 2018.

El deterioro del PRI se refiere a una realidad más amplia, que es el cuestionamiento al partido que gobierna, independientemente de siglas. Así, vemos que en 2015 se pierde por parte del PAN Sonora y del PRI Nuevo León, Querétaro y Michoacán. En 2016 la alternancia se presentó en Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Quintana Roo, Oaxaca, Sinaloa, Tamaulipas y Veracruz. La realidad del voto es que no solo son tiempos que favorecen a los opositores, sino a los opositores más extremos o radicales, aquellos que al menos en la retórica cuestionan al conjunto del sistema y con ello dan cauce al rechazo y a la indignación con la situación existente. Si se pudiese simplificar, el resultado es más un voto de castigo a quien gobierna que de premio o reconocimiento a quien se opone y gana.

Las elecciones de diputados en 2015 no permitieron clarificar el sentido y la magnitud del voto opositor por la forma con la que el PRI y sus aliados encararon la contienda al integrar las listas de candidatos plurinominales y de esta forma maximizar los beneficios de la fórmula de integración de la Cámara. Sin embargo, el PRI por sí mismo, en esa elección, obtuvo 27% de votos menos que en la de 2012. Estos beneficios impidieron dimensionar el tamaño de la pérdida para así haber concretado entonces las medidas correctivas correspondientes, especialmente al partido gobernante.

Es un efecto deseable de la competencia electoral y alternancia el balance y escrutinio al poder. Un resultado adverso es una convocatoria al cambio y a mejorar el desempeño, especialmente si es el voto opositor el protagonista de la contienda. También es un efecto positivo el debate, esto es, la revaloración de lo que existe y la necesidad de apuntalar con mayor acierto lo que se hace, cómo se hace y cómo se comunica.

Para el partido gobernante son tres temas que deben diferenciarse: las decisiones, el proceso para llevarlas a cabo y la manera de comunicarlas o legitimarlas. Así, por ejemplo, las realizaciones más relevantes de las últimas décadas en materia de reformas, acontecidas en los primeros años del gobierno del Presidente Peña Nieto, sus condiciones de éxito llevaron a reducir la discusión y las negociaciones a las cúpulas partidarias y legislativas. No hubo un debate abierto, precisamente para facilitar los acuerdos y el consenso legislativo. Tampoco el gobierno, por la razón que sea, pudo acreditar liderazgo en las transformaciones logradas. Finalmente las reformas se hicieron realidad, su contenido y procesamiento político y parlamentario son historias de éxito; sin embargo, hay un déficit respecto a su valoración por la sociedad y en algunas de ellas, por la natural resistencia al cambio y por la dificultad para comunicarlas, hay un sentimiento de rechazo.

En la circunstancia actual el gobierno nacional y los locales deben retomar estos tres planos del ejercicio del poder: las decisiones, los procesos para acometerlas y la comunicación. Asumir, que el desafío es exclusivamente de esto último es eludir el problema de fondo. Los procesos para acometer acciones exitosas necesariamente incorporan la organización e integración de gobierno y para ello es necesario considerar, además de los criterios propios de la administración como es legalidad, transparencia y control, también el de la eficacia.

Las elecciones de 2016 son punto de inflexión no solo sobre el debate nacional de lo que hace el gobierno y el Congreso, también se refiere a los procesos políticos internos de los partidos con mira a la renovación de poderes nacionales. Así, el calendario político, el real no el formal, impone sobre el gobierno y el Presidente una presión adicional derivado de la planeación de tiempos y decisiones estratégicas ante un proceso político que muestra el inicio del ciclo final.

Es común que en esta etapa de un mandato sexenal ocurra un sentimiento de fortaleza y poder en el ánimo del titular; y por otro lado, también se le presenta su cita con el tiempo, el mensaje es inequívoco: hay que cambiar, mucho y a fondo. Para el caso concreto, se llega al IV Informe de Gobierno, al proceso electoral de la entidad más poblada del país, el Edomex, y de allí el acento en los procesos internos de los partidos para la selección de sus candidatos hacia el 2018.

Las reglas han cambiado; esto ocurre en el tradicional ciclo sexenal de gobierno con sus momentos, etapas y procesos. La prioridad del Presidente debe conciliar lo cotidiano, el proyecto político propio y profundas medidas correctivas, así como las necesidades del conjunto del país y del Estado que él representa. Con independencia de los asuntos de la agenda interna, no se debe perder de vista que el país vecino al norte vivirá su elección presidencial, la que ocurre en un entorno donde hay mucho que cuidar porque es un riesgo serio e inédito. El país y los mexicanos estamos, como nunca en el centro de aquel debate con una carga demagógica nacionalista que merece la más elevada preocupación.

Así, debe tenerse sentido sobre los temas de debate, diferencia y oposición, pero también asuntos críticos que merecen la unidad de todos los mexicanos más allá de las diferencias propias de un país plural y diverso. La unidad nacional no es un ardid del poder para ahogar las diferencias y la crítica, sino un medio necesario, en esta circunstancia, para hacer valer el interés del país frente a las amenazas y desafíos que atañen no a un gobierno, tampoco a un partido, sino a todos y todo.

 

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