La desobediencia


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Liébano Sáenz

La desobediencia es el signo de nuestro tiempo. Entre sus múltiples manifestaciones, la más primitiva es el desentendimiento de la ley y de los principios básicos de convivencia. Pero también hay algunas que, si bien parecen más sutiles, no dejan de ser impactantes. Me refiero a aquellas expresiones de desobediencia en las que el miedo al cambio es superado por el miedo a seguir igual; las mismas que explican el éxito de las propuestas antisistémicas y su potencial para configurar, en conjunto, una forma de insubordinación.

Una de las bajas del Brexit fue la rebelión de los miembros del partido laborista contra su dirigente Jeremy Corbyn. Perder por poco margen es más doloroso que una derrota franca. Lo es porque reafirma la idea de que cualquier cosa que se hubiera hecho diferente habría cambiado el resultado. En este caso concreto, el sentimiento de fracaso por el mandato mayoritario de salir de la Unión Europea le es cobrado al dirigente. Se asume que una postura más decidida y clara por parte de Corbyn hubiera  movilizado a los votantes laboristas a favor de la permanencia. Sin embargo, la interpretación es falaz y exhibe la ceguera de quienes no advirtieron la derrota.

En el caso mexicano, es evidente que lo ocurrido en las elecciones de 2015 y especialmente en 2016 prueba que la desobediencia conlleva el deterioro del voto tradicionalmente leal a los partidos. En el caso del PRI, el partido con mayor proporción de sufragios mínimos consistentes, los números indican que el voto duro se ha reducido a tal extremo que ya dejó de ser un referente de la fortaleza del pasado, incluso cuando fue oposición. Las derrotas confirman que el votante leal no es inmune al sentimiento de desobediencia de esta época.

La desobediencia va de la mano de la insatisfacción y de la indignación. Ciertamente, del lado de la sociedad, ocurre un proceso que conduce a muchos al desencuentro con el estado de cosas. Es una emoción profunda que trasciende las afinidades políticas, lo que explica su impacto en las lealtades institucionales o de grupo. No necesariamente estamos ante un movimiento progresista, incluso puede ser regresivo porque supone el retorno a hipotéticos e ilusorios orígenes o a un pasado de bienestar. De la misma forma, el argumento por el Brexit era alimentado por la idea de la Gran Bretaña imperial, independiente, otrora centro de las decisiones y modelo a seguir. Y lo mismo hace Donald Trump al postular la recuperación del poder con base en una idea de EU como centro autónomo y dominante con respecto a las demás naciones.

Sí, la desobediencia tiene un poder transformador pero también es un factor de riesgo por su propia emotividad y por el impulso manipulador de quienes alientan y se nutren del descontento social. Es un error creer que los inconformes son los más pobres o los más marginados. No, la desobediencia anida en los sectores medios, especialmente en los que tienen un nivel educativo alto no precisamente vinculado a un mayor ingreso. En 2012, los datos de la encuesta de salida mostraban la elevada correlación entre nivel de escolaridad y la tendencia de voto entre quienes dijeron haber votado por AMLO.

La desobediencia no solo refleja el cambio en la base social, también se vincula con el poder y con el orden de cosas. Nuevamente, el ejemplo del Brexit nos resulta útil. Tuvo que ocurrir una crisis de mayores proporciones para que los dirigentes de la Unión Europea entendieran el desencuentro del gobierno regional con las expectativas, percepciones e intereses de muchos ciudadanos, no solo en Inglaterra. El poder asume que muchos temas están resueltos y, por insensibilidad o soberbia, no se detiene a argumentar y mucho menos a convencer. Queda claro que no basta tener la razón; se requiere el examen crítico y la evaluación a partir de la opinión, valores y actitudes –no siempre progresistas- de la población. Esto es evidente en materia de migración; ámbito en el que las decisiones de las autoridades son considerablemente más progresistas de lo que una parte importante de la sociedad está dispuesta a aceptar, sobre todo, las personas de mayor edad.

La desobediencia implícita en los nacionalismos de los países desarrollados cobra relieve como efecto combinado del multilateralismo y de la creciente migración legal e ilegal de las últimas décadas. Buena parte de la población de las naciones poderosas asume que la pérdida de autonomía fruto de la concesión de autoridad a instancias supranacionales, merma la capacidad de decisión propia. Además, sus efectos son interpretados como  algo negativo, especialmente por la pérdida de identidad étnica y cultural asociada a la migración. En el ánimo social predomina la percepción de gobiernos débiles o complacientes.

Hay quien asume que en España se ha dado un proceso inverso y que el Brexit empujó a muchos españoles a optar por un partido conservador aun a costa del cambio. La evidencia muestra que, a contrapelo de lo que dice el líder de Podemos Unidos, el Brexit no fue factor relevante en el desenlace electoral.  Lo que demuestran los resultados y los errores de las encuestas es que el abstencionismo de los potenciales electores a favor del cambio fue considerablemente mayor al de los votantes del partido gobernante. Como frecuentemente ha sucedido en México, las encuestas españolas fallaron por la dificultad que implica medir las intenciones de voto, no de los electores en general, sino de aquellos que realmente van a las urnas. La desobediencia en España no dio para repetir los resultados que habían favorecido a las nuevas formaciones políticas; de ahí la continuidad del PSOE como principal partido opositor y la prevalencia del PP.

En México, el PAN y el PRD deben entender esta nueva dinámica social y sus efectos en las lealtades partidarias. Es preciso captar con mayor claridad lo que los votantes, incluidos los propios, esperan, demandan y exigen. Muy poco está garantizado y antes de la debacle, deben comprenderse las razones y las causas del descontento. Sobre todo, es fundamental reconocer que el comportamiento de los gobiernos y la forma en la que los partidos deciden acompañarlos, política y legislativamente, serán factores determinantes.

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