Las horas (difíciles) del PRI


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Liébano Sáenz

El PRI es más que su dirigencia; sus fortalezas, virtudes, debilidades y defectos trascienden a quien lo dirige. De hecho, las circunstancias singularmente adversas de estas horas se han hecho presentes con uno de los políticos más completos y eficaces, Manlio Fabio Beltrones. Se ganan o se pierden elecciones por los candidatos y sus campañas, pero mucho más que eso, por el entorno en el que se desarrolla la contienda. Estos son tiempos difíciles para los partidos gobernantes; así ocurre en otros países, así le sucedió al PAN.

Sin embargo, la crisis del PRI es más profunda. Coincide esta circunstancia adversa con un deterioro que viene de tiempo atrás. El PRI con dificultad pudo transitar de una mediación eficaz para la administración del poder, a una que compitiera por los votos para ganar el poder. Luis Donaldo Colosio y muchos de su generación participaron en ese proceso después de 1988. El PRI se recuperó, pero más que todo, como impulso de lo que se lograba desde la Presidencia de la República. Las elecciones de 1994 se dieron en el marco de la tragedia y de la preocupación por el levantamiento zapatista en Chiapas.

El PRI aprendió, más que a competir, a aceptar los resultados adversos. También ocurrió con Luis Donaldo. La alternancia no se veía como un efecto propio de la democracia, sino como el fin de un régimen y, en cierta forma, así ocurrió, especialmente cuando el PRI perdió mayoría en la Cámara de Diputados en 1997. A partir de allí, de manera accidentada y poco virtuosa se inaugura el régimen de gobierno dividido. Una oposición –incluyendo en su momento la del PRI- poco habilitada para cumplir su responsabilidad. Un gobierno sin capacidad de convencer y negociar para superar el estado de sitio que le imponían sus competidores en el Congreso. Las salidas políticas al gobierno dividido, fueron acuerdos de caso por caso y donde los intereses de grupo o partido se sobreponían a los del país.

La reforma política de 1996 es trascendente: los derechos políticos a los habitantes de la ahora Ciudad de México, una justicia electoral confiable, una autoridad electoral autónoma e independiente. Todo esto es muy significativo, pero lo fue todavía más, dar paso a la equidad en materia de financiamiento y acceso a medios.

Cambió el país. La alternancia en la Presidencia fue la carta de legitimidad de las reformas, aunque el régimen presidencial no resolvió muchos de los temas propios de una situación de poder dividido. La democracia se acreditó, pero eso no ocurrió con el sistema político. Sobre todo, cuando los partidos aprovecharon el nuevo espacio político en función de sus intereses. La democracia se volvió tema de cúpulas no de ciudadanos, los partidos distantes de la sociedad transitaron por la democracia, pero la democracia no transitó en su interior. El financiamiento público tampoco cumplió el objetivo de equidad, de transparencia y de legalidad en el origen y destino del gasto. Las reformas subsecuentes no tuvieron la virtud de las anteriores, especialmente por la restricción a las libertades, el centralismo y las restricciones a la pluralidad.

El país dio un paso histórico en el pasado reciente con la suscripción del Pacto por México, ahora en injusto y explicable descrédito. Injusto porque ha sido la transformación institucional más relevante de décadas en muchos temas de la vida nacional. Su contenido no se corresponde al interés de un partido, sino del conjunto de la pluralidad. Se recogieron demandas históricas de la oposición al PRI y se lograron sentar las bases de un México más habilitado para enfrentar los desafíos de la modernidad, entre otras, evitar la concentración productiva y monopólica en todas sus expresiones. Igualmente, el marco legal para la democracia se vio actualizado.

En todo este transitar, el PRI no se ha dado la ocasión de entender su realidad y la necesidad de cambio. De hecho, ha involucionado. Hace cerca de dos décadas había voluntad de cambio para modernizar al partido a través de prácticas democráticas internas; hoy no solo han pasado al olvido, sino que la democracia interna, aunque usted no lo crea, es señalada por los priistas como causa de debilidad y derrota. El debate sobre una mejor manera de vincularse con la sociedad y de fortalecimiento de democracia interna se ha transfigurado en el artificioso argumento de la sana distancia del gobierno. El PRI requiere definir con mayor claridad su identidad, su relación con el poder público y con la sociedad que asume representar.

Se aproxima la Asamblea Nacional del PRI. Uno de los dirigentes más representativos ha resuelto renunciar a la dirección nacional a manera de asumir responsabilidad de una derrota que no le atañe. Se perfila a llegar un joven que en su carrera política y partidaria se ha caracterizado por impulsar un cambio de paradigma en el Revolucionario Institucional. Enrique Ochoa tiene un reto mayor. No solo es preparar al partido con vista a la sucesión presidencial, una de las tareas históricas del PRI en la administración del poder, también se requiere darle competitividad en un entorno singularmente adverso.

El liderazgo que demanda el partido es conciliar la unidad partidaria con una transformación profunda, convincente y útil para priístas y no priístas. Sin embargo, sus perspectivas electorales no solo están a la medida de lo que el PRI y los priístas hagan consigo mismos, también es preciso modificar el entorno negativo y hostil que permea al país y al debate político. Es una tarea más del gobierno y con la sociedad. Sí, efectivamente hay problemas y se han cometido errores en el poder que ofenden y lastiman a la confianza y confiabilidad del PRI en el poder, pero también hay logros y activos que se deben a los gobiernos del tricolor, entre otras, una indiscutible e indisputada capacidad para negociar y transformar. En otras palabras, el mayor reto y oportunidad del PRI es disputar de sus adversarios a la derecha e izquierda con seriedad, convicción y credibilidad, el derecho a la esperanza.

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