Pensar en lo impensable


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Liébano Sáenz

La realidad sorprende porque no se han cambiado las formas, modos e instrumentos para conocerla. Las decisiones de organizaciones privadas o de poder con frecuencia minimizan lo que viene y les lleva a decisiones erróneas. Un ejemplo fue la determinación de David Cameron, primer ministro de Inglaterra de dar paso al referéndum para continuar o salir de la Unión Europea, con la certeza de que ganaría la postura de continuar; su mal cálculo llevó a su país, a Europa y al mundo a un curso indeseable e inesperado.

La sociedad contemporánea es mucho más compleja de lo que parece y uno de los instrumentos más tradicionales para conocer a la opinión pública, las encuestas, han caído en descrédito porque han perdido en temas fundamentales su carácter preventivo o predictivo, según se quiera entender.

Lo errático de los resultados son evidencia de una parte de la sociedad que no está dispuesta a decir y compartir su opinión a través de la forma convencional con la que se hacen los estudios. Es explicable el enojo y la frustración cuando el instrumento no ofrece el resultado prometido, mucho más cuando hay resistencia del técnico a reconocer el error y por lo mismo se inhibe de hacer un esfuerzo para revisar y mejorar la manera como se trabaja.

Es muy elevado el costo de decidir bajo premisas falsas o sin considerar escenarios probables. La prospectiva ha dejado de estar en el centro de la atención y eso ha llevado a costosos errores.

Las grandes empresas evolucionan o quiebran. En cambio, el problema con los países, sus instituciones y gobiernos, que enfrentan transformaciones que cimbran sus estructuras es mucho más complejo. Allí las crisis se manifiestan de manera diferente y la presión social, por su disfuncionalidad, cobra cauce con el déficit de consenso, conducta antisocial y hasta violencia. También la democracia se ve alterada y es una virtud que dé curso al disenso y a la insatisfacción, aunque esto conlleve el crecimiento de las opciones antisistémicas, auténticas u oportunistas.

Canalizar el problema del consenso a una institución o instancia de poder es una opción equivocada. El Presidente Peña Nieto y el PRI enfrentan una fuerte presión hostil de la opinión pública. No hace mucho tiempo lo mismo ocurría con el PAN y el Presidente Calderón. Quizá ahora es más evidente porque que hay mayor acento y más ingredientes para el rechazo; sin embargo las analogías expresan una realidad: el descontento es hacia el conjunto del sistema político y de representación, más allá del partido o de la persona que gobierne.

La realidad es que todas las instituciones son objeto de cuestionamiento o descrédito. Las iglesias, las empresas, los medios de comunicación, los gobiernos, los órganos autónomos y las fuerzas del orden están en dicha circunstancia. No debe preocupar el debate, la crítica y hasta el rechazo a lo existente en la medida en que se mantenga en los márgenes de la legalidad y urbanidad social y política. Incluso esto mismo puede ser fuente de cambio y transformación. Lo que sí debe alertar es que el país y el poder social, público o privado no considere y actúe de manera responsable frente a escenarios y cambios que plantea la realidad.

Hay dos casos que debieran ocupar nuestra atención: los efectos del pluralismo en el sistema electoral mexicano y la elección en EEUU. México es cada vez más plural y esto se traduce en un voto fragmentado. Ya hemos visto sus efectos en los órganos legislativos, con una fuerte inercia a la inmovilidad por las dificultades del consenso y las formas no virtuosas para el acuerdo.

En 2018 el candidato presidencial triunfador podría ganar con menos de la tercera parte de los votos y con una exigua fuerza parlamentaria. Héctor Aguilar Camín ha atendido el asunto aquí en Milenio. La segunda vuelta resuelve, pero solo una parte. El gobierno de coalición (ya legislado en la Constitución) no es solución estructural por dos consideraciones, la primera, destacada por Héctor, es una decisión discrecional del Presidente no obligada y, la segunda, porque no hay disolución de gobierno o del Congreso cuando se pierde la mayoría parlamentaria negociada, como sucedió recientemente en España.

La realidad llama a un cambio, mucho más allá de lo previsto, de sistema de gobierno. Lamentablemente el tiempo es escaso y es difícil que quienes están en el poder adviertan esta necesidad, que se animen a proponerla y que muevan  a que el conjunto actúe de manera responsable ante la situación. De no hacerlo a tiempo, transitaremos después de 2018 a una reforma correctiva y no a una preventiva, con todo lo que eso implica.

En el caso de EEUU, al día de hoy no se excluye que el candidato republicano Donald Trump pueda llegar a la Presidencia de nuestro principal socio comercial y vecino estratégico. La relación bilateral puede cambiar de manera dramática en contra de nuestro país, especialmente en dos temas fundamentales: migratorio y comercial.

No me cuento entre quienes pretenden incidir en la opinión pública norteamericana para influenciar las intenciones de voto; lo veo infructuoso y quizás contraproducente, sobre todo si la acción proviene del sector gubernamental o político. Sí, hay que acreditar en EU la aportación de México y de los mexicanos a ese país y las bondades de una relación bilateral justa y armónica, pero la tarea corresponde a quienes están allá.

Es imprescindible actuar para reducir la vulnerabilidad del país frente a un nuevo escenario internacional. No es tarea solo del gobierno, es de todos. El imaginario antimexicano se corresponde con la percepción negativa de muchos mexicanos de su propio país y de sus instituciones. Ante esta postura, no debemos ignorar los problemas como la desigualdad, venalidad, impunidad y violencia, pero esto no convalida la maniquea caricatura sobre México y sus habitantes. Hay que actuar decididamente frente a nuestras debilidades y también exaltar nuestro legítimo orgullo por lo que somos, tenemos y anhelamos.

Lo impensable está a la vuelta de la esquina. La incertidumbre que le acompaña debe servir para actuar y mejorar; se trata, en el fondo, de hacer de esto virtud para identificarnos en nuestro potencial y capacidad para acometer con éxito los desafíos del mañana, tema que a todos compromete, a todos nos convoca. La tarea urgente es que en nuestra diversidad e inevitables desencuentros tengamos claridad de lo que nos une y que a todos corresponde proteger y promover.

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