La unidad y la disputa por el poder


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Liébano Sáenz

El momento del ciclo sexenal propicia que los objetivos electorales ganen terreno sobre el diseño y ejecución de decisiones políticas de trascendencia. En México no hay reelección presidencial, esto significa que el gobierno federal se mueve, progresivamente, hacia el objetivo de concretar las definiciones tomadas en el primer tramo de gobierno. Por su parte, los actores políticos y los mismos partidos, abren paso a la competencia por el poder. Conforme más distante se está de la meta electoral, mayor es la anticipación, y esto explica que los dos dirigentes de los partidos de oposición más relevantes hayan utilizado el espacio publicitario institucional para promoverse.

Los calendarios de la política no son los de la ley. La formalidad legal, sobre todo en estos menesteres, es más aspiración que realidad. Frente a normas que van a contrapelo de la realidad y de la naturaleza de la política, la respuesta invariable será la simulación y el fraude a la norma. Nuevamente, quienes menos medios institucionales tienen para posicionarse en su legítima aspiración, más activismo tendrán que mostrar: Jorge Castañeda y Margarita Zavala son dos buenos ejemplos. Nadie debiera llamarse a la indignación o al reclamo, en todo caso lo importante es el derecho político a ser votado y a competir en equidad, así como aportar a la calidad del debate.

La disputa por el poder se abre paso. El próximo año habrá elecciones en tres estados, por mucho, la más simbólica y relevante será la del Estado de México. A contrapelo del estado de ánimo que favorece al segmento opositor, el gobernador Eruviel Ávila tiene buena aceptación, más que su gobierno, y en un entorno de voto fragmentado favorece al partido con mayor proporción de electores leales, esto es, el PRI. Aún así, las condiciones del país y de la entidad propician la vehemencia en el debate y anticipan una elección polarizada, de incierto resultado.

También el próximo año se acentuará cada vez más la competencia al interior de los partidos para definir candidatos presidenciales, y no solo eso, la presencia de los independientes habrá de imprimirle mayor intensidad a la política. El entorno no invita a la moderación, sino a lo antisistémico, lo que significa que las autoridades y los partidos con presencia en gobierno estarán sujetos a un interesado y feroz escrutinio, además de un regateo creciente de la oposición para concertar acuerdos políticos y legislativos.

El gobierno tendrá que actuar cada vez más a contrapelo de este ambiente y del cambio que imprimen los tiempos políticos. Pero su responsabilidad no se limita a la administración cotidiana de los asuntos públicos, sino que debe hacer valer su autoridad y el liderazgo presidencial para persistir en los cambios que el país demanda y representar a todos para hacer frente a los desafíos del momento. Ello sin dejar de perder de vista que es el mismo liderazgo presidencial que estará convocando a la unidad, el factor acaso más relevante para que el partido en el gobierno mantenga competitividad, cohesión y su dirigencia esté en condiciones de procesar la selección del candidato presidencial.

La circunstancia del país demanda un mayor sentido de unidad. Así ocurre frente a los problemas sustantivos como la inseguridad y la legalidad, o ante los cambios en el escenario internacional, particularmente en relación a los efectos del debate y del desenlace de la elección presidencial norteamericana. El problema no solo es un partido o un candidato, sino que en la sociedad norteamericana la relación con México sea considerada un problema y no un activo, lo que significa el riesgo que cualquiera que sea el desenlace de la elección, se propicien desde las instituciones del país vecino, cambios que no se correspondan al equilibrio y equidad que ha dominado desde que se suscribió el TLCAN.

La rehabilitación del nacionalismo norteamericano no es un buen presagio para la relación futura. Mejorar el posicionamiento del país entraña una tarea interna que no debe eludirse y que convoca al gobierno y al conjunto de la pluralidad. El interés nacional obliga a avanzar en muchos temas como son los derechos humanos, el combate a la corrupción y el imperio de la legalidad. Acreditar al país y a su democracia significa que cada quien cumpla su parte: el Presidente al diferenciar los temas de gobierno y administración de aquellos que son asuntos de Estado y la oposición tener sentido de los límites para que el ejercicio de su función no abone al argumento de quienes desde el exterior hacen del país una caricatura, a modo de sus objetivos políticos y electorales.

Prudencia y corresponsabilidad son ideas que han caído en desuso si no es que en descrédito. Es explicable, los tiempos de reacomodo, crítica e inconformidad propician un ánimo público que lleva al escepticismo y en algunos a la indignación. La cuestión es que el país prosigue. El gobierno tiene su ciclo y lo que es común persiste. Si esto se deteriora, afecta a todos, incluso a quienes tengan la responsabilidad para el nuevo periodo de gobierno. La competencia y la incertidumbre sobre el partido gobernante debería mover a una mayor claridad sobre lo que es común y sobre ello asumir un sentido de unidad.

Es el momento de cuestionar si es necesario un ajuste al régimen electoral. Hay cambios a procesarse, aunque lo que existe da para organizar bien la elección de 2018. Puede ser una reforma de mayor calado, como introducir la segunda vuelta y la eliminación del fuero a los legisladores; también revisar el modelo comunicacional para conceder más espacio al debate y menos a la publicidad. También deben promoverse la libertad de expresión conculcada por la reforma de 2007 y matizar el centralismo implícito en los cambios recientes. La agenda debe contar con el consenso plural y mayoritario para no comprometer el objetivo de unidad y corresponsabilidad que el país demanda y la circunstancia exige.

Hay amplio espacio y libertad para el debate y la competencia por el poder. Partidos y actores políticos están en ello. Los tiempos políticos anticipan que cobre mayor intensidad. Pero también es imprescindible entender en todo lo que significa, la necesidad de un compromiso por la unidad nacional, a manera de cuidar y hacer valer lo que a todos importa: nuestra aspiración colectiva de un mejor futuro.

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