Tiempos de turbulencias y esperanza


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Liébano Sáenz

Efectivamente, estos son tiempos de turbulencias, como lo señalara en Veracruz el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la ceremonia de graduación de los cadetes de la Heroica Escuela Naval Militar.  Las turbulencias no solo están en el frente económico o financiero, sino en todos los ámbitos del quehacer público. Al Presidente Peña Nieto le corresponde conducir al país en tiempos diferentes a los del pasado. Son complejos no solo por los problemas a enfrentar; el mundo cambia y también, aceleradamente, la sociedad mexicana.

Tiempos difíciles para el ejercicio del poder. Persistir en el rumbo es necesario, también hacer de la política un medio para el acuerdo, para evitar que la provocación y que quienes apuestan a la ruptura, tengan fundada su causa con la sangre de inocentes. Así deben entenderse los actos de Nochixtlán y su secuela. Sin duda un hecho planeado para provocar a las autoridades. Es una secuela al uso político de los trágicos eventos de Iguala, Guerrero. Al final son los inocentes y sus deudos los que aportan lo más para quienes hacen de la ruptura institucional objetivo.

Por eso era necesario abrir espacio al diálogo y así desarticular las demandas de un sector del gremio magisterial que veía en el conflicto la oportunidad de quebrar al Estado mexicano. No solo era un tema de política o de aplicación de una reforma, era cuestión de seguridad nacional. Abrir el espacio al diálogo en tales circunstancias implicaba costos y, especialmente, que un sector de los radicales complicara aún más la situación con bloqueos y acciones que afectaran al conjunto de la población en las zonas de resistencia a la reforma educativa.

También es explicable el enojo y hasta la indignación de los sectores afectados. Al menos en las cúpulas políticas ha habido responsabilidad y comprensión a la situación. Los representantes de los empresarios han hecho sentir su voz, es su derecho. No así extremar posturas e insinuar acciones de presión que convalidan a los rupturistas en el sentido de que la ilegalidad se vuelve vía legítima para resolver diferencias y conflictos.

Las turbulencias también están en el día a día. No debe preocupar mayormente la libertad de expresión y sus excesos. Se debe escuchar y actuar no tanto en el ánimo del control de daños, mucho menos de intimidar al que disiente, sino para dar lugar a ese diálogo difícil con quien hace escrutinio crítico al poder. Responder con claridad y, de ser el caso, recurrir a la norma y al juez para la protección de derechos.

Los problemas de la inseguridad persisten en la medida en que los avances institucionales para abatir la impunidad todavía están por venir. Pero también hay que atacar las causas que propician la delincuencia, las que son diversas y que comprometen no solo a las autoridades, sino al conjunto de la sociedad. Por su impacto y gravedad nadie puede recrearse con la violencia y la inseguridad. Van muchas décadas de intentos y resultados parciales. Más que utilizar el tema como argumento a favor o contra un partido o gobierno, es más sensato participar de una voluntad compartida para hacer frente a un problema complejo y pernicioso en extremo y que a todos por igual afecta.

Lo mismo es recomendable en el tema de la lucha contra la corrupción. Se ha vuelto común convocar votos a partir de la inconformidad o indignación por la percepción de venalidad de las autoridades, incluso se diseñan campañas partidistas publicitarias con el propósito explícito y abierto no solo de capitalizar el sentimiento de agravio, sino de promoverlo sin recato y, especialmente, sin memoria de las fallas propias. Soy de los que cree que partidizar la lucha contra la corrupción puede dar votos y cargos, pero no soluciones reales y duraderas. Como muchos de los problemas graves, debe ser una tarea común y se debe actuar con prudencia, responsabilidad y firmeza. Los justicieros a nombre del agravio del pueblo casi siempre fracasan, y es común que quedan en ridículo.

La turbulencia también viene del extranjero. En las sociedades de los países poderosos se están dando procesos que impactarán la manera como sus gobiernos se comporten respecto a los demás países. En Estados Unidos el escenario que preocupa no solo es un eventual triunfo de Donald Trump, sino la manera como el conjunto del electorado se ha ido moviendo hacia el nacionalismo y un sentimiento de que las relaciones hacia otros países, especialmente México, no ha sido en beneficio de la sociedad norteamericana. Solo como muestra: hasta la señora Hillary Clinton, quien, en este momento, lleva una ventaja de 6.3% en el promedio de los sondeos recientes de opinión, en estos días ha dicho que frenará los acuerdos comerciales que matan empleos norteamericanos.

Pero los tiempos de turbulencia e incertidumbre llaman también a la esperanza. Para eso es la política, y también el ejercicio del poder. El ciclo sexenal llegará a un punto de inflexión con el próximo informe de gobierno. Sin embargo, hay tareas por realizar y una agenda de cambios a procesar en el diálogo con la pluralidad. Aunque el próximo año, independientemente de los tiempos de la formalidad electoral, los partidos y los actores políticos centrarán su actividad en la pretensión de ganar espacio con miras a las elecciones presidenciales y legislativas de 2018, la misma dinámica electoral nos pondrá en condición de abrir espacio al necesario diálogo y al acuerdo. A nadie conviene la confrontación y la parálisis .

El miedo se ha diluido, y no tiene mucha fuerza quien lo invoque como recurso para ganar o hacer que otro pierda votos. El continuismo tampoco tiene posibilidad. El agravio está presente y ese sí puede ser medio para ganar adeptos y votos. Más que eso, el futuro del país y la mejor plataforma para andar hacia delante, es el proyecto que con razón y emoción ofrezca esperanza. México es una gran nación en todos los sentidos. No es aceptable que el temor, la frustración o el enojo anulen su potencial. Es necesario dar curso a la esperanza, a la convocatoria para que todos, cada quien desde su propio espacio, construyamos una decidida voluntad colectiva para mejorar sin importar las turbulencias.

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