La rebelión de los electores


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Liébano Sáenz

El triunfo del candidato republicano Donald Trump no ha tenido un impacto positivo en la economía mundial. Su primer mensaje luego de conocerse el resultado de la elección fue conciliador, pero no previó respuesta hacia una economía convulsa y en la incertidumbre. Su omisión es mensaje: no entiende lo que significa para el mundo la Presidencia de EU. No es lo mismo movilizar electores que gobernar. Las expresiones para ganar votos comprometen y no pueden verse con desdén; llega a la Presidencia norteamericana un mandatario con una retórica nacionalista, conservadora, crítica al orden establecido y hostil a mucho del exterior.

Gana Trump porque en la mayoría de la sociedad hay un desencanto con el sistema y sus políticos. Por eso se impuso en la elección primaria con cómoda ventaja; por eso venció a la candidata demócrata Hillary Clinton, quien fue apreciada como más de lo mismo. Trump y su retórica representan la visión, anhelos y preocupaciones de una mayoría blanca que se siente amenazada por la globalidad y los cambios que ésta impone en la economía y en la sociedad.

Desde su autopostulación como aspirante, que los políticos profesionales desdeñaron, Trump fue un candidato antisistémico en toda la expresión de la palabra. En eso descansó su credibilidad y su capacidad para ganar el voto mayoritario. Su rechazo abierto al sistema político, no guarda precedente en un candidato norteamericano. Sus fragilidades, como es su intolerancia en temas de género y raza, no cobraron mella, tampoco sus insuficiencias de carácter. Alejó a los electores hispanos y afroamericanos, también a las mujeres, pero fue más lo que sumó con su confrontación al orden de cosas. Su triunfo dependía de llevar a las urnas a los blancos abstencionistas con bajo nivel socioeconómico o educativo. Lo logró y eso explica su victoria.

La fuerza de Trump es real por la capacidad de movilizar a la mayoría en torno a su causa. Gana con el rechazo de la élite de su propio partido. También prevalece a pesar del rechazo abierto y ostensible de lo más representativo de la buena prensa norteamericana. Ganar la elección en esas circunstancias le ofrece liderazgo, independencia y fuerza. Esto es significativo ante el triunfo en la Cámara de Senadores y en la de representantes. Donald Trump contará con una mayoría legislativa, lo que le permitirá avanzar en su agenda. Estas no son buenas noticias para el mundo, tampoco para México. Sobre todo cuando migración y comercio son dos de los objetivos de la ola antimexicana que generó en campaña.

La rebelión de los electores no es para descalificarse, sobre todo, porque ocurre en el país más poderoso del mundo si se considera para base de esa apreciación el tamaño de su economía, su desarrollo tecnológico y su gasto militar; y es un proceso presente en muchas democracias. Las sociedades de muchos otros países en Europa se han ido movilizando contra el orden de cosas. Estamos siendo testigos de la crisis de consenso del sistema económico y político global. La mayor embestida no viene, como hace décadas, de los países pobres, sino del malestar más profundo de las sociedades de los países más desarrollados. Los pobres de los países ricos, desplazados por los nuevos términos de la economía, son la fuerza que se moviliza hoy, con hartazgo,  contra la globalización y sus instituciones. Dramáticamente, las clases gobernantes no están viendo esta realidad y responden en función de un paradigma que ya no existe. A ello se debe que la realidad los sorprende cada vez que hay un escrutinio popular sobre lo existente.

Esto ocurre también, porque los beneficiarios del orden de cosas, especialmente las élites económicas se han sustraído de la responsabilidad de legitimar el sistema que les da sustento. Para estas sociedades que hoy se rebelan, los niveles de empobrecimiento en los países que han servido desde siempre como proveedores del alimento y la riqueza de los países desarrollados, es tolerable; el problema empieza cuando Joe El Plomero se da cuenta de las dificultades de la integración interracial y además, cuando la competencia abarata su salario, sino es que amenaza su empleo. El mundo se sorprende de esta realidad que las elites no han querido reconocer y es evidente que muchos ahora se preguntan qué hacer ante una realidad irreversible. Lo cierto es que el sistema ha perdido legitimidad no solo por sus efectos, sino por la indolencia y pasividad de sus beneficiarios en la cúspide.

El tema fundamental es la economía, incluso el tema migratorio tiene una expresión económica en el sentido del desplazamiento de la fuerza de trabajo local. Lo acontecido no solo es mala noticia para el peso mexicano, sino para el equilibrio y orden existente en el sistema económico global. El proteccionismo se asumía derrotado hace décadas y lo que ahora se entrevera es el rechazo de los nuevos gobernantes al libre tránsito de mercancías y personas. La cuestión es si la política podrá prevalecer sobre la economía o si ésta habrá de imponer su racional sobre la política. No es un tema menor y es posible que estemos en al inicio de una crisis más amplia y profunda que tiene como fundamento la crisis de consenso sobre las instituciones nacionales e internacionales, así como el orden económico existente.

Por lo que hace a México, es inevitable que la relación bilateral habrá de revisarse. No es un tema de gobierno, sino de Estado, por esta razón la unidad nacional se vuelve materia vital. La lógica económica es lo que ha prevalecido en las definiciones de apertura comercial. Las inversiones en manufacturas atienden a un cálculo económico. Atacar la migración y el proteccionismo van a contrapelo del racional que le ofrece competitividad a la economía norteamericana, pero al parecer eso no importa a quienes llegan al poder con el mandato de revertir el marco “desigual” en los acuerdos bilaterales y multilaterales. Por eso los políticos en México deben reaccionar con responsabilidad y prudencia frente a la situación. No se trata de sacar provecho de la incertidumbre y del miedo en amplios sectores de la población, sino de participar de una voluntad colectiva para hacer valer el interés nacional.

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