Los nuevos términos de la política


Liébano Sáenz

En memoria de nuestra querida

Diana Laura Riojas de Colosio

La sociedad se ha transformado de manera más acelerada de lo que han podido hacerlo sus instituciones. Las causas son múltiples, entre otras, los efectos de la globalización; la revolución tecnológica que ha alterado los términos convencionales de información, comunicación y convivencia, y el éxito de un modelo económico sin aparentes alternativas. Lo disruptivo es lo de hoy día, se presenta en las empresas, en los medios de comunicación, en las organizaciones y, desde luego, en la política.

A muchos sorprenden los eventos. En materia electoral es recurrente que el desenlace sea lo inesperado: la manera convencional de hacer encuestas electorales ha sido rebasado por la sociedad. El problema no es coyuntural ni ocasional; hay que entender los nuevos términos de la realidad. Lo que antes funcionaba deja de tener eficacia. Las técnicas e instrumentos que en el pasado tuvieron éxito no son adecuados para identificar lo que ahora existe.

Ejemplo, según BloombergBusinessweek, http://nubr.co/Pgk3NT el equipo de Trump vio diferentes datos de la investigación social durante la campaña, no se fueron por la conclusiones convencionales, sino que advirtieron el cambio en el electorado, es decir, previeron la disposición de votar por Trump de un segmento estratégico: blancos, mayores, más rurales y populistas, entre otros rasgos, eran la clave para ganar los estados que podrían definir la balanza. A esto se debió el posicionamiento de Trump como el candidato antisistema y el contraste ante una contraparte a la que se ubicó como más de lo mismo y expresión de un sistema distante de los intereses y problemas de la gente.

Las encuestas convencionales en materia electoral han dejado de tener precisión y no hay explicación que las reivindique. La respuesta a las preguntas de intención de voto deben cotejarse con muchos otros elementos: el rechazo a ser encuestado, la inconsistencia entre esa respuesta y otras, las dificultades para ubicar al electorado que sí vota, medir con precisión la volatilidad en las opiniones y las intenciones. Por ello considero fundamental que la investigación aborde con mayor profundidad el ánimo social, esto es, la predisposición para el cambio a partir de la insatisfacción con lo que existe.

Así ha venido ocurriendo en los últimos años en México. En 2015 muy pocos anticiparon el desenlace de la elección de gobernador de Nuevo León, la mayoría de las casas encuestadoras remitía a un lejano tercer lugar al candidato que resultó ganador por más de 20 puntos. En 2016 esos mismos encuestadores, con métodos tradicionales, concluyeron pública o privadamente que el PRI ganaría nueve o diez de las gubernaturas en la disputa. Un estudio serio de ánimo social advertiría las dificultades serias del partido gobernante en casi todos los estados, y que la alternancia sería lo que dominaría casi todos los procesos, como ocurrió.

La política institucional está bajo severa presión. Esto ocurre no solo para el partido gobernante, sino que la insatisfacción de la sociedad frente a lo que existe abre puerta a opciones radicales de cambio. Insisto lo señalado hace algunos meses en este mismo espacio: para un sector creciente de votantes el miedo de que continúe lo que existe es mayor al miedo de un cambio profundo y de contraste, incluso aunque esto represente el riesgo de un salto al vacío.

La rebelión social ha cobrado curso a través de las urnas. Esto convalida a la democracia como modelo para canalizar el cambio, pero también la vuelve un vehículo disruptivo. Sucedió con el referéndum del Brexit o sobre la propuesta de paz en Colombia. Antes se presentó en Grecia y en España con expresiones populistas pero a la izquierda. En los países más avanzados el populismo es de derecha: nacionalista, xenófobo e intolerante, pero que también se alimenta de la indignación y rechazo de muchos al sistema.

Es inevitable que los políticos y la política tengan que cambiar. La presión es estructural. El tema es la liberalidad que ofrece el mandato democrático para desentenderse no solo de lo disfuncional u obsoleto, sino de las normas, valores e instituciones propias de la civilidad democrática como son la tolerancia, la mesura y prudencia del poderoso y la coexistencia con lo diferente.

Los cambios nos toman por sorpresa porque no los queremos anticipar, porque hay una natural tendencia a negar la realidad, pero también porque no entendemos su génesis y porque su expresión en términos de rompimiento con el estado actual de cosas plantea siempre un desafío al imaginario convencional para darles cauce. Lo fácil es permanecer en la zona de confort hasta que una y otra vez la realidad “nos vuelve a sorprender”.

En su contexto no estamos hablando de la mayoría, sino de un activismo minoritario que tiene el poder de definir y alterar los equilibrios existentes. El triunfo de Trump no es el aval de toda la sociedad norteamericana, tampoco los nuevos partidos de España son expresión mayoritaria. No lo son, pero el nivel de la inconformidad contra el stablishment y la intensidad de su protesta arrolla lo convencional. La mayoría o minoría silenciosa permite que estos procesos políticos ganen hegemonía en el sentido gramsciano de la expresión y es de lo que ahora somos testigos en Inglaterra y Estados Unidos.

En México la situación es sumamente compleja. La crisis de confianza no solo remite a un partido o gobierno, sino a todo el sistema político institucional. El deterioro de la imagen del político convencional es profunda y se convalida con muchos escándalos que llevan a la generalización. Esto afecta al sistema de representación y al funcionario electo, aunque no al poder del voto para alterar el estado de cosas. Ante esta situación preocupa la actitud de negación de parte de la clase política, quizá bajo la falsa tesis de que es solamente una crisis coyuntural.

A partir de la observación profunda de lo que ha acontecido en los dos últimos años, he insistido en la tesis de que estos son tiempos de los antisistémicos, a manera de aludir al potencial disruptivo que existe en la política. También son tiempos difíciles para los partidos gobernantes y desde luego para la moderación y el ejercicio responsable del poder.

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